Hablar de responsabilidad social empresarial suele llevar a pensar en iniciativas ambientales, programas de impacto social, voluntariado o compromisos con distintos grupos de interés; sin embargo, detrás de todas estas acciones debe estar la ética empresarial como un fundamento que determina su verdadera consistencia, ya que una organización difícilmente puede considerarse socialmente responsable si sus decisiones y prácticas cotidianas no están guiadas por principios de integridad, respeto, justicia y transparencia que se incorporen de manera transversal en sus estrategias, políticas y procedimientos.
Desde una perspectiva práctica, la ética empresarial no debería entenderse únicamente como un conjunto de reglas contenidas en un código de conducta o como una función vinculada al cumplimiento normativo, ya que su verdadero alcance se manifiesta en las decisiones que las personas toman todos los días, es decir, en la manera en que se trata a un colaborador, en la información que se comparte con un cliente, en los criterios utilizados para seleccionar a un proveedor, en la forma de enfrentar un conflicto de interés o incluso en las decisiones que se toman cuando alcanzar un resultado implica poner en riesgo algún principio organizacional.