El miedo es cuestión de genética

El temor es una reacción natural del ser humano que nace como un mecanismo de superviviencia; según Quo, tiene efectos fisiológicos hasta que no se puede controlar, cuando surgen las patologías.
murciélago  (Foto: Especial)
Yolanda Ruiz

La pandemia de gripe H1N1 es el miedo colectivo más reciente que ha acechado a la humanidad. Le precedió el terrorismo, que gracias al atentado de las Torres Gemelas, se convirtió en un enemigo que derribar sin tener en cuenta los efectos colaterales emocionales. A ambos miedos precede el temor más congénito y ancestral: la muerte. Según el sociólogo español José Antonio Marina, autor de Anatomía del miedo, se trata de un sentimiento y una emoción individual. El psicoanalista Paulo Morfín explica su origen: "El miedo es una reacción natural del ser humano, porque nacemos siendo los seres más vulnerables del planeta. No podemos caminar ni alimentarnos", empieza.

Aunque es una emoción fuerte, sentir miedo es algo natural, positivo e inherente. Su función primigenia es alertarnos del peligro y las amenazas para asegurar la supervivencia, evolucionar y poder enfrentar distintos retos vitales. Es más, la memoria de las situaciones de riesgo actúa como un antídoto de prevención en contextos similares. Cuando un individuo se ve amenazado siente angustia, inseguridad, temor, impotencia y desconfianza. Incluso se manifiesta físicamente: se acelera el pulso, se dilatan las pupilas y se suda frío. Esta artillería fisiológica prepara para la huida o la lucha, pero cuando el miedo no se puede controlar, asoma entonces el miedo patológico o enfermo.

Adentro y afuera

La mayoría de los estudiosos establece dos tipos de miedo. Los endógenos o innatos, y los exógenos o adquiridos. Los primeros se heredan por especie, están inscritos en nuestros genes y se relacionan con el miedo a la oscuridad, a los fenómenos naturales, a la supervivencia y a la muerte.

Los segundos provienen del mundo exterior: desde los más comunes, como hablar en público, viajar en avión, etcétera, hasta las fobias más irracionales, como la agorafobia, la claustrofobia o la zoofobia -muchas veces estos miedos tienen que ver con otros trastornos emocionales, como la depresión o la falta de autoestima-. La Dra. Patricia Normand, profesora de Psiquiatría en Harvard (Estados Unidos), constató en un estudio que las reacciones físicas causadas por este tipo de temores incluyen sudor en las manos, voz temblorosa y agitación de piernas. Todo ello debido a una reacción provocada por la brusca secreción de adrenalina en la sangre por las glándulas suprarrenales, el aumento de la presión arterial, la aceleración de los latidos del corazón, el estrechamiento de las venas del tubo digestivo y el ensanchamiento de las venas que van a los músculos del tórax.

Los miedos exógenos son temporales y pueden cambiar según la época de desarrollo del ser humano, pero ni los miedos innatos ni los adquiridos conocen diferencias sociales, económicas, culturales o laborales.

Las fobias

El despliegue de terrores es variado. En muchas ocasiones nacen de situaciones dramáticas vividas o de otros temores no reconocidos que depositan en un objeto externo la inquietud interna. A veces, la reacción es evadir y aislarse del objeto externo para evitar la angustia y el estrés que la víctima padece con cierta regularidad.

Precisamente, los miedos exógenos más temidos son las fobias. Sarah Cross, psicoanalista miembro de la Sociedad Psicoanalítica de México, las define como el mecanismo de poner un miedo específico interno en un objeto que de inicio es neutro y por tanto hacemos un desplazamiento. Cross Lee cuenta un caso de Freud para explicar esto: "El pequeño Hans le tenía mucho miedo a los caballos. Un miedo paralizante. Tenía cuatro años. Su padre era amigo de Freud y le escribía. Y Freud lo ayudó a salir de la fobia. Lo que pasaba es que le tenía mucho miedo a su papá porque era fuerte, grande y algo autoritario. Pero lo quería. Al niño le causaba mucha confusión tener miedo a alguien que amaba y desplazaba su problema interno hacia los caballos".

Pavores extravagantes

Después del atentado del 11 de septiembre, el miedo a volar ha escalado en el top ten de las fobias en el mundo. Pero junto a terrores conocidos como las ratas, arañas o las alturas hay otros más estrambóticos. La electrofobia atemoriza a quienes tienen pavor a electrocutarse; quienes la sufren son capaces de quedarse a oscuras durante horas antes que accionar un interruptor, por ejemplo. Eisoptrofobia se define como un persistente, anormal e injustificado miedo a los espejos, o a verse reflejado en ellos. La enetofobia se traduce en miedo a los alfileres. La ereutrofobia implica pavor a ruborizarse. La realidad es que la mente humana es capaz de fabricar casi cualquier miedo. Por eso existe la coulrofobia o miedo irracional a los payasos, la katisofobia o miedo a sentarse, la leukofobia y la cromofobia, que son el terror al blanco, el amarillo y los colores en general; la apifobia, que no tolera los pollos ni las abejas; la alektorofobia, incapaz de ver nutrias. En total, según la página web http://www.phobialist.com/, hay más de 500 fobias catalogadas, un mundo casi inabarcable. Las más graves son la acrofobia o miedo a las alturas, la claustrofobia o pavor a los lugares cerrados, y la agorafobia, horror a los espacios abiertos.

24 horas de terror

Las anteriores son fobias específicas, pero hay otras, como las sociales: un tipo de trastorno en el que la víctima siente un espanto paralizante ante el encuentro profesional o social. Se supone que de los 50 millones de estadounidenses que han padecido o padecerán al menos una fobia en su vida, alrededor de 35 millones sufrirán la de tipo social. Está también el trastorno de pánico, que provoca un miedo irracional sin causa aparente.

Otra clasificación divide las fobias en cuatro tipos: a insectos o animales, a ambientes naturales como las alturas o la oscuridad, a la sangre o heridas, y a las situaciones de peligro.

Las fobias más fáciles de tratar son las que mejor se entienden. Algunos psicólogos afirman que detrás de ellas no sólo hay un miedo irracional hacia algo, sino un trauma vivido en la infancia. Y así, por ejemplo, aseguran que detrás de la agorafobia está la falta de atención en la infancia por parte de los padres, y en la claustrofobia, los castigos de los que fue víctima por parte de papás y maestros.

El tratamiento general para los pacientes con fobias es la exposición. Primero se les enfrenta a fotos, que son estímulos inocuos que dan paso a especificaciones gráficas, y luego al contacto real. Así hasta que el aquejado tolere la visión y convivencia con el objeto o situación de angustia.

Lars Goran Ost, psicólogo en la Universidad de Estocolmo (Suecia) y especialista en tratamientos de un día, asegura que entre el 80 y el 95% de los pacientes controla sus fobias con este tipo de sesiones. Presume además de una escasísima reincidencia. Es más, ni siquiera trasladan a otro objeto su fobia concluida. Otra opción está en el software, pero no todo el mundo responde óptimamente a la realidad virtual; aunque es una buena solución para determinadas fobias, no lo es para las sociales y el trastorno de pánico, para los que tamoco sirven las terapias de un día. Para esto se recomienda una docena de sesiones de terapia cognitiva, en la que los pacientes se van exponiendo paulatinamente al objeto o situación de la fobia.

El único fármaco aprobado hasta ahora por la Oficina para Alimentos y Fármacos de Estados Unidos (FDA, por sus siglas en inglés), para el trastorno de ansiedad social o fobia, es Paxil (paroxetina), que bloquea la reabsorción de la serotonina, ayudando al paciente a producir sentimientos de satisfacción y la sensación de bienestar.

Los psicoanalistas son partidarios de terapias largas, en donde lo importante es poner en palabras la razón del miedo, asegura Cross. Se necesita tiempo y voluntad del paciente para avanzar y desterrar los temores, agrega. Lo positivo es que las fobias son miedos temporales y siempre tienen cura.

 Casi todos los expertos coinciden en que estos son los diez miedos más comunes (Foto: )

 La central del miedo

Pero, ¿qué sucede en el cerebro cuando no podemos controlar el miedo? Dos investigadores galardonados con el Premio Max Planck 2007 de Investigación tienen parte de la respuesta: Hans-Christian Pape, director del Instituto de Fisiología de Universidad Wilhelm de Münster (Alemania), y el irlandés Raymond Dolan, profesor de neuropsiquiatría del University College de Londres. Ambos analizan la diferencia entre el miedo congénito y el adquirido.

Mediante microscopios de alta resolución y tomografías computarizadas, pudieron observar que el miedo se genera en la amígdala cerebral, que cuando se activa produce la sensación miedosa. Las conclusiones son que el procesamiento del miedo es muy similar en todos los mamíferos.

Pape también indagó en la memoria del miedo y la razón por la que un mismo hecho traumático puede ser imborrable en unas personas y en otras no. Y después de entrenar ratones para que tuvieran miedo a ciertos estímulos y luego conseguir que no temieran estas situaciones, dedujo que existe una causa genética. El análisis de los procesos celulares y moleculares en este proceso puede abrir paso a la creación de nuevas terapias y fármacos contra el miedo patológico.

Otra investigación publicada en Proceedings of the National Academy of Sciences dice que el miedo a una agresión física nace en una pequeña área del hipotálamo. Científicos de las universidades de Sao Paulo (Brasil) y de Southern California (EU) han descubierto que el núcleo premamilar dorsal del hipotálamo es el encargado de los temores. Ellos estudiaron la actividad cerebral de ratas y ratones de laboratorio expuestos a gatos y roedores que defendían su territorio. En ambos casos se activó la mencionada región cerebral. Cuando los investigadores dañaron esta zona, los animales no se asustaron ante la presencia del atacante e invadieron el territorio de otros roedores. "Es increíble que estas lesiones desactiven las respuestas innatas del miedo", explicó el neurocientífico Larry Swanson, autor del estudio.

El gen del terror

Algunos van más allá e intentan detectar el gen del miedo. Un ejemplo es la labor de la Universidad de Bonn (Alemania), que ha descubierto por qué algunas personas que viven una experiencia traumática guardan sólo un mal recuerdo y otras sufren de estrés postraumático. La respuesta está en un gen llamado COMT, que regula un neurotransmisor vinculado con la ansiedad. Los investigadores han descubierto que existen dos versiones diferentes: Met 158 y Val 158. Quienes poseen dos copias de la versión Met 158 sufren mayores dosis de ansiedad al ver imágenes desagradables. Por el contrario, quienes poseen dos copias de la otra versión, Val 158, son capaces de controlar sus emociones. Este hallazgo salió publicado en agosto de 2008 en Behavioral Neuroscience, de la American Psychological Association. Para las indagaciones, el psicólogo Martin Reuter, de la Universidad de Bonn, reclutó a 96 mujeres de 22 años. Él explica en la publicación especializada que el alelo Met 158 es resultado de una reciente mutación en la evolución de los seres humanos.

El psicólogo Christian Montag, coautor del estudio, observó que para los humanos, la cautela puede ser adaptativa. "Es una ventaja ser más ansioso en un ambiente peligroso. Esta variación del gen es potencialmente sólo uno de los muchos factores que influencian el complejo rasgo de la ansiedad", escribió el experto. Montag dice que estos hallazgos podrán permitir en el futuro diseñar drogas específicas y a la carta para tratar los desórdenes de ansiedad.

El Coco de hoy: la crisis

Un estudio realizado en 2008 por la Universidad de Sheffield (Inglaterra) demostró que el miedo a la oscuridad y a los payasos seguían siendo los miedos más recurrentes en los niños.

Pero los tiempos cambian y los miedos infantiles evolucionan. Otro análisis, de Joy Burnham, consejero de educación y psicología de la Universidad de Alabama (Estados Unidos), mostró que los niños son cada vez más conscientes del mundo real. Aunque muchos de los que participaron en su estadística seguían temiendo a serpientes, arañas y máscaras, el temor a ser secuestrados o víctimas de un ataque terrorista escalaron al top ten de miedos más comunes en niños de 9 a 12 años de edad.

Por otro lado, los canales de noticias de la BBC y Newsround en Inglaterra entrevistaron a mil niños ingleses de entre 6 y 12 años y descubrieron que el 40% sentía temor de que sus padres pudieran perder el empleo.

¿Escuelas antimiedo?

En definitiva, el miedo nos acompaña siempre. Pero como dice Sarah Cross Lee, de la Sociedad Psicoanalítica de México: "A la gente le cuesta mucho asumir que los tiene. Porque lo ven como sinónimo de debilidad. Pero el miedo es un sentimiento universal que todos conocemos y hemos sentido. Nos acompaña desde que nacemos. Logramos manejarlo y entenderlo, pero nos acompaña siempre", termina. Y la religión, la política, la economía y la educación son los pilares sobre los que se asientan las creencias y los comportamientos de la sociedad. Por tanto, cada cultura genera sus propios miedos, que el hombre ha ido integrando y adaptando a su proceso evolutivo.

Tal vez deberíamos poner en práctica la idea de Christophe André, experto en tratamientos contra el miedo del Hospital Sainte-Anne de París, quien propone la creación de escuelas que divulguen los mecanismos de defensa contra esta emoción desagradable, igual que hay instituciones para informar sobre diabetes u otras dolencias.

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