Paladea el sabor ahora y come moderadamente en el futuro

El flujo constante de la publicidad nos invita a no sentirnos culpables por complacernos, sino por negarnos el placer.
Efecto  Una vez que esa sensación de anticipación da paso al momento real del disfrute, ese placer suele ser seguido rápidamente por una tercera etapa: el odio a uno mismo.  (Foto: iStock/isayildiz)
JEFF WISE
(CNN) -

Mira ese sabroso helado aguardándote en el congelador, delicioso, será increíble, ¿verdad? Todo ese chocolate y grasa láctea y sabe Dios qué más. Es como una bomba atómica nutricional, el tipo de combustión calórica que hubiera derretido los cerebros de nuestros antepasados cazadores-recolectores. Claro que lo quieres. Es una inminente explosión de dopamina.

Pero aquí viene lo gracioso: Una vez que esa sensación de anticipación da paso al momento real del disfrute, ese placer suele ser seguido rápidamente por una tercera etapa: el odio a uno mismo. La panza está llena y el cerebro se retuerce en auto-recriminación.

Esto sucede con muchos placeres: la noche de felicidad carnal que necesita ser lavada con una ducha caliente a la mañana siguiente; el maratón de Netflix de 10 horas que te hace sentir como si hubieras desperdiciado tu vida; la juerga de compras que deja un enorme hoyo en tu tarjeta de crédito. El disfrute tiene una manera de hacernos sentir mal.

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Desde el punto de vista de la teoría del condicionamiento clásico, este volantazo hedonista no tiene mucho sentido. De acuerdo con ese modelo, buscamos recompensas, y cuando las obtenemos, nos sentimos motivados para intentar conseguirlas de nuevo. No hay espacio en esa fórmula para la autoflagelación.

Uno podría creer, entonces, que las raíces puritanas de nuestra cultura son las culpables. Pero ¿qué tan puritana es en realidad una cultura que nos da Hooters, Las Vegas y el ‘famous bowl’ de KFC? El flujo constante de la publicidad nos invita a no sentirnos culpables por complacernos, sino por negarnos el placer.

La psicología nos ofrece una explicación más convincente. De acuerdo con un nuevo modelo de toma de decisiones, la verdadera razón por la que nos odiamos surge de la forma en que estamos programados para calcular la recompensa.

El modelo de descuento hiperbólico descrito por investigadores como George Ainslie y Howard Rachlin postula que el auto-odio causado por el placer surge del conflicto entre objetivos mutuamente excluyentes. En el ejemplo del helado, tienes por una parte una recompensa a corto plazo - el deleite de tu rico helado - y por otra parte una potencial recompensa a largo plazo, sentir que controlas lo que comes.

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Teóricamente, podrías llevarte esa nieve a la boca y gozar de ambos resultados: paladear el sabor ahora y comer moderadamente en el futuro. Pero mientras que conscientemente tratas de decirte a ti mismo que esa pequeña indulgencia fue "solo esta vez", en el fondo entiendes que el mundo no funciona así.

En vez de eso, lo que pasa es que la decisión de complacerte desencadena una reevaluación subconsciente. Cada acción que realizamos tiene dos resultados, el familiar valor hedonista (el placer de comer helado) y un valor señal menos obvio (un mensaje que te envías a ti mismo sobre qué tipo de persona eres).

No engordas por comer un bote de helado; engordas por ser el tipo de persona que come un bote de helado. Así que una vez que la cucharada final baja por tu garganta, el placer inmediato ha pasado y todo lo que te queda es el persistente y amargo regusto de la señal que acabas de enviarte a ti mismo: que eres el tipo de persona que devora botes de helado.

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Tu yo pasado acaba de fastidiarte la vida, disfrutó de esa bomba calórica de placer y te dejó el remordimiento. (La indulgencia o el disfrute a menudo fastidia a nuestro futuro yo de manera más inmediata, con un dolor de estómago, una tarjeta de crédito al tope, una enfermedad de transmisión sexual...)

Algunas personas dicen que la culpa es una emoción inútil. Ciertamente es desagradable, pero tiene su propósito. Es una experiencia que altera nuestro futuro cálculo de recompensa. En efecto, nos hace menos proclives a participar en una conducta autodestructiva y, por lo tanto, cambia nuestras acciones hacia nuestro beneficio a largo plazo.

En lugar de suprimir esta emoción -o peor aún, ahogarla en otro atracón de helado- podrías escucharla y adaptarla.

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Un enfoque es vincular una recompensa a corto plazo con una acción positiva. Por ejemplo, prométete que si cumples con tus objetivos de ejercicio durante cierto tiempo, tendrás un tazón de helado como recompensa. Otra idea: reduce la oportunidad de orgías espontáneas de sobre-indulgencia llenando tu refrigerador de golosinas menos tentadoras, o por lo menos de menor tamaño.

Con todo, la culpa no siempre es algo que debas escuchar. Cuando es injustificada, puede contribuir a una excesiva abstinencia tan autodestructiva como la sobre-indulgencia. Me parece que algunos de mis ambiciosos amigos profesionales pasan tanto tiempo dejando de lado el placer presente en aras del éxito futuro que pierden el hábito de divertirse por el puro placer de divertirse.

Con la rígida perspectiva de optimizar su futuro, asumen que cualquier cosa que no tenga un beneficio obvio a largo plazo es algo para sentirse culpable. O, peor aún, temen que si se permiten un inocente placer, se sentirán tan cómodos con el hábito de disfrutar de los placeres que se descarrilarán de su camino.

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Como escribe Rachlin en su libro “The Science of Self-Control” (La ciencia del autocontrol):

"El adicto al trabajo que se toma un día libre es como el abstemio que se toma una copa. En ese punto el adicto al trabajo está en un estado de total incertidumbre sobre los patrones de comportamiento futuros. Este día de descanso podría ser el primer día de una vida más equilibrada o el primer paso en el camino que conduce a la completa pereza e indiferencia…

"Ambos [la adicción al trabajo y la abstinencia alcohólica] son rebeliones contra la indulgencia. En la mayoría de los casos tales rebeliones son menos perjudiciales que la propia indulgencia, pero en algunos casos pueden ser peores que la indulgencia. El adicto al trabajo que sacrifica su propia vida por su carrera también puede estar sacrificando la vida de su familia".

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Esta es la paradoja de vivir demasiado escrupulosamente para el beneficio futuro: el futuro se aleja continuamente y las recompensas nunca se materializan en el tiempo presente. Para el adicto al trabajo (o el avaro, o el que sigue una dieta muy estricta), no hay culpa, pero tampoco hay placer. En otras palabras, de vez en cuando necesitas soltarte el pelo y comer helado.

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