Siria, donde lo atroz se comete con impunidad y donde los niños piden morir

¿Qué promesas puede hacerle una madre a su hijo cuando ni siquiera puede estar segura de poder mantenerlo a salvo?
Sin respuestas  Ante las preguntas de los hijos sobre los ataques en Siria, una madre simplemente no tiene nada qué responder.  (Foto: CNN)
ARWA DAMON, SALMA ABDELAZIZ y MARY ROGERS

Provincia de Idlib, Siria (CNN) – Una bandera islámica blanca marca nuestra entrada en la región norte de Siria controlada por los rebeldes, en un frío y nublado día de invierno.

El camino está salpicado de señales: "Fumar es pecado" y "Mira solo lo que Alá quiere que veas", este segundo instando a no mirar con lascivia a las mujeres ni ver películas de Hollywood.

A medida que avanzamos por las colinas de la provincia de Idlib, al oeste de Aleppo, nuestro conductor Abdullah (nombre ficticio) nos dice que aviones acaban de bombardear Maarrat Misreen, a 15 o 20 minutos en coche.

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"Dicen que hay un alto al fuego", suspira. “Tal vez en Aleppo, pero todavía hay bombardeos en otras partes del país”.

Idlib es casi todo lo que queda del sueño de la oposición siria de un estado independiente, y los fracturados grupos políticos y milicianos intentan reivindicar una parte de un pastel cada vez más menguado.

Nuestro instinto es dirigirnos inmediatamente a Maarrat Misreen, pero nuestros acompañantes dicen que es demasiado peligroso; una vez que los aviones sobrevuelan no se sabe cuál blanco elegirán a continuación.

Lo más que podemos acercarnos a la ciudad bombardeada es un hospital, su estacionamiento está cubierto de vehículos, combatientes y los que lloran a los muertos. Una mujer gime, su dolor atraviesa los lamentos, un hombre pone su mano delante de nuestra cámara y nos grita que dejemos de grabar.

No está claro quién está al mando, y las lealtades aquí son oscuras, la caída de Aleppo en manos del régimen ha dejado a todos los grupos rebeldes aglutinados en esta área, luchando por una posición.

Ningún objetivo está prohibido

Nos dirigimos hacia uno de los campos de refugiados improvisados que salpican el paisaje montañoso y Abdullah, que trabajaba como abogado antes de que la guerra civil desgarrara su patria, obtiene más información sobre el ataque a Maarrat Misreen mientras conduce.

Los activistas le dicen que nueve personas murieron y 26 resultaron heridas cuando un mercado, una panadería y otros sitios fueron atacados. Hay mujeres y niños entre los muertos. Se dice que el grupo Jabhat al-Nusra, que no forma parte del acuerdo de alto el fuego, tiene puestos de control cercanos.

Pero esto es Siria, donde ningún objetivo - hospitales, escuelas - está vedado. Donde las líneas rojas se cruzan sin consecuencias. Donde las atrocidades se cometen con total impunidad.
Y donde los niños piden morir.

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"Nos bombardearon, y en solo tres minutos -no tres horas- destruyeron todo nuestro barrio", dice Umm Bilal.

Su hijo de siete años, Bilal, está a su lado, nos mira con recelo. "Pregunta por qué hay tantos ataques”, dice Umm. “Empieza a llorar, a veces incluso dice: 'Quiero morirme'".

¿Cómo puede una madre responder a eso? ¿Qué promesas puede hacerle a su hijo cuando ni siquiera puede estar segura de poder mantenerlo a salvo?

Los desplazados de Aleppo

La mayoría de los que están aquí son de Aleppo. Los niños nos persiguen, con sus mejillas rosadas y sus narices rojas por el frío, hay ropa colgada, medio congelada, en tendederos movidos por el viento. También hay hombres armados aquí, protegiendo ostensiblemente el campamento.

La familia de Umm Bilal está entre aquellos que fueron evacuados - o, como ellos lo ven, desplazados por la fuerza - del Aleppo oriental rebelde en diciembre, después de meses de vivir bajo asedio e incesantes bombardeos.

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Nos narra, temblando: "Nuestra casa fue destruida, no quedó ni siquiera un solo papel, y sufrimos al dejarlo todo. Nos forzaron a salir con indignidad, así es como fue".

¿Qué sentido tiene contarles todo esto?, pregunta ella, agotada.

Es una pregunta que nos han hecho una y otra vez, ya sea por los sirios todavía dentro de su país, los que viven como refugiados, o a lo largo de la desdichada ruta a través de Europa.

No puedo argumentar que tiene una importancia decisiva. No puedo argumentar que desnudar su alma a los extraños hará la diferencia.

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No puedo argumentar que el mundo necesita oírlo, que necesitamos contar la historia de lo que está sucediendo en Siria. El mundo ya lo escuchó, nosotros ya lo contamos.

Pero no podemos quedarnos en silencio, no podemos rendirnos. Así que le digo eso. Y luego me lo repito silenciosamente a mí mismo.

Dejen que volvamos a casa

En sus últimos días en Aleppo, la familia de Umm Bilal se movió frenéticamente de una zona a otra mientras el régimen y sus aliados avanzaban en tierra y los ataques aéreos rusos aplastaban barrios enteros.

Dos veces los edificios en los que ella y su familia se refugiaron fueron atacados; su esposo salió herido y sacaron a sus cuatro hijos de los escombros cubiertos de polvo pero, afortunadamente, ilesos.

Sus últimos cuatro días allí los pasaron en la calle, con frío, hambre y miedo.

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"Tuve que quemar la ropa de mis hijos para darles calor", recuerda. "Tenía dos bolsas con su ropa y la quemé porque hacía mucho frío".

Ahora, sin tener un lugar a donde ir, Umm Bilal lamenta haber dejado su casa.

"Pueden seguir lanzando ataques aéreos por encima de nuestras cabezas", dice, "Lo aceptaré, solo déjennos estar en nuestra casa, juro por Dios que no quiero nada más, a pesar de todos los bombardeos, no nos importa siempre que estemos en nuestra casa".

"Parece que te perturba lo que te contamos", dice.

Sí, porque no importa cuántas guerras, cuántas tragedias, cuántas historias cubrimos, no somos, y no debemos ser, inmunes.

Pero también me asombra la capacidad de las personas para levantarse por la mañana y seguir adelante.

"Algo peor que la guerra"

En una habitación fría y desnuda, donde viven las viudas y sus familias, nos encontramos con Halime al-Khatib y sus cuatro hijos, Hala, de ocho años, los gemelos de seis Alaa y Arif, y el pequeño Ali, de tres y medio.

El marido de Al-Khatib, un agricultor, fue asesinado hace siete meses en su camino al trabajo.

Ali es tan pequeño que quizá no recuerde el tacto de su padre, pero cuando su madre nos muestra una fotografía de su esposo, él la alcanza y la lleva a su mejilla antes de colocarla tiernamente contra la pared gris, como si pudiera crear un poco de calidez en esta habitación húmeda.

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"Incluso ahora, no sabemos si esto es permanente", dice Al-Khatib, limpiando sus lágrimas a través de su niqab. “Tal vez nos aguarde algo peor que la guerra”.

Mientras nos alejamos y suenan explosiones lejanas que sacuden las colinas cercanas, mi mente se remonta a junio de 2011 y la primera vez que hice el viaje rápido por la frontera turco-siria para hablar con algunos de los primeros sirios que huían de la violencia.

Las familias se amontonaban bajo lonas ensartadas entre los árboles, y las personas que conocimos pensaban que podrían volver a casa en unos pocos días, unas semanas como mucho.

Más de cinco años después, la guerra civil de Siria ha visto ciclo tras ciclo de tragedia y muertes sin sentido, y no importa qué tan "impactantes" o "virales" sean las imágenes de la masacre, apenas ha hecho una diferencia. Pero tenemos la obligación de seguir contando la historia, aunque la mayoría de las veces se siente como si nadie estuviera escuchando.

Bryony Jones de CNN contribuyó en esta nota.

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