OPINIÓN: ¿Plagio en tesis de Peña Nieto? Aquí no pasa nada

El presunto plagio de tesis de Peña vuelve a revelar la normalidad con que la ciudadanía ve la transa y olvida su responsabilidad de exigir la honestidad intelectual de sus gobernantes, dice el autor.
La normalidad del engaño en México muchas veces puede superar la exigencia de la ciudadanía de tener gobernantes con estatura moral e intelectual.
"Abrigo" de la cultura mexicana  La normalidad del engaño en México muchas veces puede superar la exigencia de la ciudadanía de tener gobernantes con estatura moral e intelectual.  (Foto: iStock by Getty Images)
JAVIER MARTÍNEZ STAINES

Nota del editor: Javier Martínez Staines (@javierstaines) es periodista y director fundador de ThinkTankNew Media (@ThinkTank_MX) y ha calculado que este artículo no supere un 29% de plagio para que nadie se dé cuenta. Esta columna se publicó originalmente el 23 de agosto de 2016.

(Expansión) – Primer acto: Carmen Aristegui anuncia, vía redes sociales, que después de la clausura del carnaval olímpico, revelará en un reportaje realizado por su equipo de investigación una “faceta desconocida” del presidente Enrique Peña Nieto. Venerada, temida u odiada casi a partes iguales, la periodista crea una enorme expectativa.

Segundo acto: A las 10:00 pm del domingo, tanto en el sitio de Aristegui Noticias como en redes sociales aparece —y se viraliza en minutos— un video titulado Peña Nieto: de plagiador a presidente que describe, en casi seis minutos, cómo el actual presidente de México plagió al menos a 10 autores en su tesis para obtener el título de Licenciado en Derecho por la Universidad Panamericana hace 25 años. Casi 20 horas después, al menos en YouTube, el video tenía 1,213,000 vistas.

El vocero de la Presidencia del país responde: “Por lo visto errores de estilo como citas sin entrecomillar o falta de referencia a autores que incluyó en la bibliografía son, dos décadas y media después, materia de interés periodístico. Bienvenida la crítica y el debate”.

Tercer acto: La crítica y el debate son sustantivos con un significado muy emocional en estas tierras: mucha burla estomacal, poca argumentación racional. Algunos se manifiestan indignados al conocer la información. Otros, muchos otros, minimizan el hecho: ¿Todo ese borlote de la Aristegui, anunciado con bombo y platillo, para decirnos que el presidente copió el 28.8%de su tesis de licenciatura? Eso fue en 1991. ¿De qué demonios sirve ese cuento en estos momentos? Que lance la primera piedra quien no ha copiado en los exámenes ni ha citado autores sin entrecomillarlos.

Y una estampida de bromas, memes, et al, que tienen ese efecto circense de sumar a todo el mundo al festival de las nimiedades.

¿Cómo se llamó la obra? ¡Aquí no pasa nada! México cambia de razón social y aparece ya en los almanaques mundiales como Neverland.

Es una misión imposible poner las cosas en su justa dimensión en un país que perdió ya toda dimensión.

¿Qué nos está pasando? La bandeja de pendientes de solución de problemas de extrema gravedad está reventando. Cierto. En donde los escándalos de corrupción se enquistan de tal manera en el sistema que la rendición de cuentas es mera falacia, ventilar que quien comanda el Poder Ejecutivo se robó las líneas de otros autores para convertirse en abogado parece intrascendente. Cierto. En un país con las aulas vacías por un conflicto magisterial cíclico, con víctimas cotidianas por un clima de inseguridad y de violencia, discutir ahora el plagio que hizo el inquilino de Los Pinos parece fuera de lugar. Cierto. Joder, dicen varios, ¿qué tiene de relevante copiar unos párrafos frente a un escenario de decapitaciones cotidianas en tantísimos estados del país?

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Pero ocurre que el tema sí es trascendente y grave. Porque es muy trascendente y grave que nos hayamos acostumbrado de tal manera al “vecindario de la transa”, a las facilidades que otorga un sistema donde el que no roba es un imbécil, a la normalidad del engaño, la simulación, la mentira y la triquiñuela. Hemos trivializado de tal manera la trampa que la convertimos en parte de nuestro vocabulario y argot cultural: “Qué transa, wey”, como saludo; “el que no transa no avanza”, como convocatoria al progreso vía el hurto a escondidas. En eso convertimos el sustantivo “transacción”, cuyo significado es el de acuerdo, negocio, convenio, intercambio, trato. En algún momento del camino tergiversamos el término, lo sometimos a tal metamorfosis y nacionalizamos (ah, pero qué chingones somos) su semántica. Qué más da, si aquí somos los reyes del vacilón, del chiste rápido, del albur y de la alegoría verbal.

Y no, el tema a discusión no es si la señora Aristegui tiene una vendeta personal contra Peña Nieto, demasiada afinidad con Andrés Manuel López Obrador o las dos cosas juntas y revueltas, expresadas en el ejercicio de la desacreditación de la investidura presidencial (como si quedara allí mucha credibilidad). Eso lo sabrá ella y quedará evidenciado a lo largo de su trabajo periodístico. Lo que es, debiera ser, de interés público, es la calidad moral y honestidad intelectual de quienes gobiernan este país por designio popular. Tenemos la responsabilidad de exigir un mínimo de estatura moral e intelectual, sí, en quienes llevan la encomienda pública y compleja de gobernar.

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Como bien apunta Eileen Truax, periodista mexicana que reside en Los Ángeles, “los que creen que el plagio de tesis de Peña Nieto "no es tan grave", se merecen al presidente que tienen”.

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