OPINIÓN: Modelos de capital económico, indispensables para evaluar riesgos

La adopción de estos modelos ha motivado al desarrollo de la disciplina de gestión integral de riesgos, permitiendo asignar capital a diversas unidades de negocio.
Midiendo el riesgo  Las empresas adoptan modelos sofisticados para gestionar el riesgo de manera más eficiente.  (Foto: Cortesía)
Por: CARLOS AROCHA

Nota del editor: Carlos Arocha es actuario y fundador de Arocha & Associates, una compañía de consultoría con sede en Zúrich. Es cofundador del Proyecto Swift Academy, secretario del consejo de liderazgo y desarrollo de la Sociedad de Actuarios (en Estados Unidos) y embajador de dicha organización en Suiza. Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

(Expansión)— En el mundo financiero, el capital económico es el monto de capital de riesgo de una institución calculado con premisas que reflejen la realidad económica del entorno en que opera dicha entidad. Es, en esencia, la diferencia entre activos y pasivos, medidos éstos bajo ciertos principios.

Se habla típicamente de riesgos de crédito, de mercado y de operación, pero existe un amplio conjunto de tipologías utilizadas por empresas, reguladores, agencias calificadoras, círculos de empresarios y otros actores del sector financiero y asegurador. Midiendo adecuadamente los riesgos más relevantes, se puede determinar un capital mínimo destinado a garantizar la sobrevivencia de la institución en el “peor de los escenarios”.

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El riesgo de crédito fue el primero en ser incorporado al esquema de Basilea, la colección de acuerdos de las bancas centrales del mundo, suscritos bajo el auspicio del Comité de Basilea de Supervisión Bancaria, con sede en esa ciudad suiza. La idea original era contar con un capital que hiciera frente a la falta de contrapartes, como, por ejemplo, el emisor de un bono. Más adelante se incorporan el riesgo de mercado y el operacional. El primero se define como la volatilidad en el valor de los activos como consecuencia de cambios en tasas de interés o cambios de precio de instrumentos de los mercados financieros. El segundo, como el riesgo de un cambio de valor de la institución ocasionado por pérdidas atribuibles a procesos inadecuados, sistemas deficientes o errores humanos, y también, a eventos externos (incluyendo situaciones legales).

Estos riesgos, de crédito, mercado y operacional, constituyen, bajo los acuerdos de Basilea, los riesgos cuantitativos en el llamado 'Pilar I'. En seguros, la Comisión Europea promulgó la Directiva de Solvencia II para la regulación de capitales mínimos de solvencia de compañías de seguros. Esta directiva considera, además, los riesgos técnicos propios del sector asegurador, y ha sido emulada en un gran número de países, entre ellos, notablemente, México.

Tanto los acuerdos de Basilea como la Directiva Solvencia II han motivado el desarrollo de la disciplina de gestión integral de riesgos, y de manera muy significativa, la adopción de modelos de capital económico. Pero la utilización de estos modelos tiene sus orígenes en los sistemas de Asset-Liability Management, que empezaron a popularizarse en la década de 1980, y fueron reforzados por las tendencias europeas de cálculo del valor intrínseco de las compañías de seguros.

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Por tanto, por un lado, existen paradigmas de solvencia regulatorios y por otro, paradigmas de solvencia indicativos, normalmente desarrollados por las empresas por cuenta propia y de manera independiente a los requerimientos legales. En este contexto, vale la pena decir que el concepto de capital económico difiere —en algunas instancias— del de capital regulatorio en el sentido de que el primero representa la mejor estimación para el manejo del riesgo propio y la determinación de capital para cada unidad del negocio, en tanto que el segundo, es el capital mínimo requerido por las autoridades.

Los modelos de capital económico permiten a las instituciones financieras y aseguradoras:

  • Asignar capital a diversas unidades de negocio.
  • Medir desempeño basado en riesgo.
  • Tomar decisiones estratégicas y tácticas.
  • Establecer políticas de precio y de diseño de productos.
  • Motivar el cumplimiento de requerimientos legales.

Existen otros objetivos para el establecimiento de modelos de capital económico, pero los arriba enlistados suelen ser los más importantes.

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En cuanto a aspectos técnicos, surgen los siguientes temas:

  • Metodología de implementación: el desarrollo de capacidad de cómputo y de métodos cuantitativos de manejo de riesgo motivan pruebas de estrés y simulaciones de Monte Carlo (en la que se generan un gran número de escenarios que responden a leyes de probabilidades).
  • Medición de riesgo: a medida más común es el “value at risk”, popularizada por el banco de inversión JP Morgan, y que equivale a un percentil en uno de los extremos de una distribución de valores. Hay otras medidas que omitimos para no entrar en detalles técnicos.
  • Periodo de valuación: las normativas bancarias y de seguros típicamente consideran un periodo anual, es decir, se abocan a la determinación de capitales mínimos que garanticen —con altas probabilidades— la solvencia dentro de los siguientes 12 meses a la valuación. No obstante, algunas instituciones elaboran también cálculos con horizontes mayores, notablemente en el sector asegurador.
  • Agregación de riesgos: esta idea consiste en el grado de dependencia de los diversos riesgos evaluados. Cuando se trata de riesgos totalmente independientes, la correlación es nula. Sin embargo, muchos riesgos están relacionados entre sí, y la agregación permite aprovechar los beneficios de la diversificación. En resumen, el capital requerido para mitigar la suma de los riesgos es menor al capital que cada uno de los riesgos requiere de manera individual. El terreno de la agregación es un tema sumamente sofisticado, en el que teóricos y practicantes están en una brecha de descubrimiento continuo.

En resumen, hoy día, las instituciones financieras y aseguradoras han adoptado —o están en proceso de hacerlo— modelos sofisticados de capital económico, sea por presiones de regulación, sea por interés en gestionar riesgo de manera más eficiente.

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