OPINIÓN: Fidel Castro, una cita con la historia

La nueva era de las relaciones Estados Unidos-Cuba será reversible ante la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca y delante de los oídos sordos de Raúl Castro al hablar de democracia.
Historia  El peso de la ideología y narrativa de Fidel Castro le dieron un espacio en la geopolítica global y en la matemática entre potencias, señalan analistas.  (Foto: AFP/Archivo)
RINA MUSSALI

Nota del editor: Rina Mussali es analista, internacionalista y conductora de Vértice Internacional en el Canal del Congreso. Síguela en su cuenta de Twitter: @RinaMussali. Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad de su autora.

(Expansión) – Mucho se ha dicho sobre Fidel Castro: caudillo todopoderoso, vencedor de la tutela imperialista, referente de la izquierda latinoamericana, maestro de la teoría conspirativa, símbolo de la resistencia anticolonialista y líder mesiánico y omnipresente; todas ellas particularidades del héroe y verdugo que marcó el trajinar del siglo XX.

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Un personaje de alto calibre que levantó pasiones y odios, simpatías y antipatías, partidarios y detractores, así como aborrecimientos y esperanza.

Fidel Castro fue el monstruo de 1,000 cabezas que supo influenciar de manera extendida el mundo. El peso de la ideología y narrativa le dieron un espacio en la geopolítica global y en la matemática entre potencias.

¿Cómo fue posible que una isla pobre, sin poder económico y de 10 millones de habitantes haya tenido tanto juego en la agenda de la política internacional? ¿Acaso ya se nos olvidó la crisis de los misiles en Cuba que encauzó al mundo hacia una guerra nuclear? Fidel Castro fue una figura estelar de la Guerra Fría y pieza clave del rompecabezas bipolar, supo transar costos y beneficios entre las dos superpotencias para exportar su revolución y mantener su estancia en el poder.

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Fue Gabriel García Márquez quien señaló que Fidel Castro creó una política exterior de potencia mundial. En el tablero geopolítico desplegó las fuerzas armadas revolucionarias de Cuba en misiones internacionales hacia el Tercer Mundo.

En África bajo una narrativa anticolonialista y birregional –latinoafricana- exportó presencia militar en Angola, Etiopía, Congo y Argelia.

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En Medio Oriente envió ayuda militar a Siria en contra del ejército de Israel (1973-1974) y en América Latina apoyó a grupos subversivos y gobiernos de izquierda como el de Salvador Allende en Chile y la revolución sandinista en Nicaragua, sin olvidar los intentos cubanos por derrocar a Rafael L. Trujillo en República Dominicana. Fue bajo una combinación de realpolitik con altruismo –tal y como lo señala, Jorge I. Domínguez (profesor de Harvard) que La Habana desplegó una política exterior de gigante.

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Cuba, atrapada en la lógica hegemónica de las superpotencias, desarrolló una política exterior con identidad propia enarbolando la causa socialista, la lucha anticapitalista, el movimiento emancipador y la política de no alineamiento.

Recordemos el apoyo de Fidel Castro a la invasión soviética en Checoslovaquia para reprimir la rebelión de Praga que buscaba una rectificación socialista y apertura política. Precisamente, el comandante Castro sabía mantener viva las políticas de subsidios económicos del régimen soviético a cambio de lealtad política e ideológica.

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Frente a la caída del muro de Berlín y la desintegración soviética, Cuba quedaba huérfana y desprovista de ayuda externa. Su próximo anclaje sería la Venezuela de Hugo Chávez y el pegamento ideológico de los países del ALBA, cuya diplomacia del oro negro le dio un respiro.

Fue la crisis de Venezuela el verdadero golpe mortal para los hermanos Castro, quienes tuvieron que torcer sus políticas ante la nueva revolución energética de Estados Unidos que empujó la caída de los precios internacionales del petróleo. El nuevo contexto junto con la quiebra de las finanzas públicas de Caracas y un Barack Obama que buscaba darle brillo a su legado es que Cuba empezó a negociar con Washington su superveniencia al tiempo de la intención de Raúl Castro de actualizar el modelo socialista en Cuba, a propósito de oxigenar a un país altamente endeudado, improductivo y dependiente de las compras del exterior.

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Fue Barack Obama, a través de su soft power, quien puso fin a la caduca y anacrónica política exterior estadounidense ante el fracaso de 53 años de hostilidades, intrigas y golpes bajos. El hoy presidente saliente sorprendió a propios y extraños con una diplomacia secretiva que también se cocinó en los pasillos del Vaticano.

Fueron Raúl Castro y Barack Obama los dos artífices del deshielo entre Estados Unidos y Cuba, pero será Donald Trump, el verdadero fiel de la balanza, el presidente electo que no puede soslayar su victoria sin el favor del lobby anticastrista y exilio cubano en Florida, quien ha mostrado su desacuerdo con las concesiones hechas por Obama, el swing state que fue determinante para ganar las elecciones al haber asegurado 29 votos del Colegio Electoral en elecciones sumamente justas y competidas.

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La nueva era de las relaciones Estados Unidos-Cuba será reversible ante la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca y delante de los oídos sordos de Raúl Castro al hablar de democracia, derechos humanos, reformas políticas y disidencia.

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En momentos de trumpismo, el entierro de Fidel Castro será el funeral del legado de Barack Obama en Cuba. Como botón de muestra: la designación de Mauricio Claver-Carone, miembro del equipo de transición de Trump, -un defensor del embargo a Cuba y voz enemiga del acercamiento entre Washington y La Habana. ¿Frente a la muerte de Fidel y la llegada de Trump a Estados Unidos, Raúl Castro -con 87 años de edad- se despedirá del poder en 2018?

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