OPINIÓN: Fidel Castro, la promesa y la traición

El Comandante culpó al embargo estadounidense por los problemas económicos de Cuba, nunca aceptó la responsabilidad por las decisiones erráticas y mal concebidas que han encallado al país.
El Comandante  ¿Realmente Fidel Castro creía que en una población educada y trabajadora de más de 11 millones de almas, él era único calificado para dirigir el país?  (Foto: AFP/Archivo)
CRISTINA GARCIA

Nota del editor: Cristina Garcia ha escrito siete novelas, entre ellas "Soñar en cubano", "Las hermanas Agüero", "The Lady Matador's Hotel" y "King of Cuba", también editó la antología "Cubanísimo: The Vintage Book of Contemporary Cuban Literature". Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad del autor.

(CNN) – Intenten imaginar la emoción del pueblo cubano en 1959, cuando el joven, barbudo y carismático Fidel Castro y sus rebeldes lograron lo imposible: deshacerse del dictador Fulgencio Batista y dar paso - o eso esperaban todos - a una nueva era en Cuba, una Cuba libre de la corrupción, la violencia y el amiguismo que habían marcado su historia desde antes de sus guerras de independencia.

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Es imposible exagerar el entusiasmo y la esperanza que Castro generó en aquellos primeros meses en el poder antes de que arrancara la realpolitik de la revolución. ¿Quién no quería soberanía, atención médica gratuita o alfabetización universal?

Sin embargo, algunos que presenciaron los juicios sumarios y las ejecuciones de enemigos, reales y percibidos, vieron la escritura en el sangriento muro -el famoso paredón de los pelotones de fusilamiento- y huyeron del país.

A otros les tomó mucho más tiempo ver con nitidez el panorama más amplio de la revolución, ya que estaba en constante estado de flujo, luchando contra detractores, disidentes internos y el coloso yanqui al norte, molesto porque un régimen socialista había echado raíces a 160 kilómetros de su costa.

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En el punto álgido de la Guerra Fría, todos los países y especialmente los países en desarrollo, se vieron obligados a elegir un bando u otro. Como resultado, Castro figuró de manera prominente en dos de los momentos decisivos de la época: el humillante fiasco en Bahía de Cochinos, seguido 17 meses después por el cuasi cataclismo de la Crisis de los Misiles de Cuba.

Y aunque El Comandante quería jugar con los grandes, de hecho deseaba ser el chico más grande y malvado, fue excluido cuando llegó el enfrentamiento. Kennedy y Khrushchev decidirían el destino del mundo sin él.

Este golpe al ego de Castro fue redirigido a la lucha incesante por encontrar otros puntos en el escenario internacional -en América del Sur, Asia y África- para cumplir el engrandecido papel que Castro imaginaba para sí y para su revolución.

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En aquellos días, cada año de la revolución recibía el nombre de una causa: Año de la Solidaridad (1966), Año del Guerrillero Heroico (1968), Año de los 10 Millones (1970), año en el que todos los esfuerzos estaban enfocados en alcanzar una meta poco realista de producción de azúcar que casi colapsó al país. Y a pesar de sus fracasos, El Comandante todavía encontraba formas de inspirar a sus partidarios en casa y en el extranjero, partidarios que dedicaron sus vidas a la visión idealista de la revolución de justicia e igualdad para todos.

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La verdad, por desgracia, estaba muy lejos de esta utopía. Ya en 1961, Castro arrojó el guante en un famoso discurso ante los escritores e intelectuales de la isla: Dentro de la revolución, todo. Contra la revolución, nada. Esto significaba que la disidencia de cualquier naturaleza - artística, política o de otra clase- estaba prohibida, lo que desembocó en una intolerancia cada vez mayor (recordemos los campos de internamiento para los homosexuales y otros llamados desviados sociales en los años 60) frente a cualquier cosa percibida como desviada de la línea del partido.

¿Cuál era la línea del partido? Lo que decidiera El Comandante - por comodidad, conveniencia o las racionalizaciones cada vez más barrocas y egoístas que él proveía para permanecer en el poder. ¿Puede una revolución que ha durado más de medio siglo todavía ser llamada una revolución?

¿Realmente creía Castro que en una población educada y trabajadora de más de 11 millones de almas, él era único calificado para dirigir el país? (A pesar de que su hermano Raúl tomó el timón en 2008, todos saben que Castro era el que movía los hilos tras bastidores.)

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Durante años, Castro culpó al embargo estadounidense -una política insensata donde las haya- por los problemas económicos de Cuba, nunca aceptó la responsabilidad por las decisiones erráticas y mal concebidas que han encallado el país.

Esto se hizo dolorosamente evidente después de la caída del Muro de Berlín en 1989, presagiando el colapso de la Unión Soviética y con ello el drástico agotamiento de los fuertes subsidios de la revolución. Lo que siguió fue un periodo horrible - eufemísticamente llamado Período Especial - durante el cual muchos cubanos pasaron hambre.

En un intento desesperado por captar divisas extranjeras, Castro abrió las puertas al turismo y sus problemas, incluyendo las flagrantes disparidades socioeconómicas que provocaron la rampante prostitución, el trapicheo del mercado negro y más corrupción.

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Hace algunos años, cuando regresé a Cuba después de una larga ausencia, no dejaba de oír la frase “Cerraron la bolsa”, es decir, que el gobierno estaba en quiebra - no sólo económicamente, sino moral y espiritualmente. El faro que la Revolución cubana representó una vez para el mundo en nada más que una turbia luz nocturna, con el pueblo cubano detestando abiertamente al propio Fidel, otrora una vaca sagrada, y su interminable gerontocracia.

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“Los viejos no nos dejan vivir”. Este es el estribillo de una canción aún popular en la isla. Solo puedo esperar que con la muerte de El Comandante, el pueblo cubano a ambos lados del Estrecho de Florida -y más allá- pueda finalmente vivir plena y libremente buscando sus sueños y comience a sanar de este fallido y costoso experimento.

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