OPINIÓN: El Trump metódico que diseñó su triunfo desde hace años

La campaña del presidente de EU estudió y manipuló meticulosamente –desde antes de su postulación– elementos de psicología de masas, de dinámicas de la identidad, de liderazgo político y comunicación.
 Trump registró el lema 'Make America Great Again' desde 2012.
Una campaña de años   Trump registró el lema 'Make America Great Again' desde 2012.  (Foto: EFE)
Pablo Majluf

Nota del editor: Pablo Majluf es periodista egresado del Tecnológico de Monterrey y maestro en comunicación y cultura por la Universidad de Sydney, Australia. Es coordinador de comunicación digital del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY) y profesor de comunicación y periodismo en el Tecnológico de Monterrey. Puedes seguirlo en Twitter como @pablo_majluf. Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad del autor.

(Expansión) — La suerte y la histeria colectiva no bastan para explicar el triunfo de Donald Trump. Parte de la crítica se fue con esa finta al intentar entender el entonces inexplicable fenómeno.

La suposición errónea fue que Trump, desde el estrellato televisivo, hizo un cálculo laxo sobre sus posibilidades, se lanzó indisciplinadamente y, a medida que su movimiento adquirió fuerza –nutrido por huestes de frívolos votantes y una buena dosis de fatalidad– cerró las filas necesarias. Al final, para su propia sorpresa y la del mundo, ganó.

Recientes investigaciones de Scientific American y de Frontline de la PBS, argumentan que, en realidad, la campaña de Trump estudió y manipuló meticulosamente –desde antes de su postulación hasta su triunfo– elementos de psicología de masas, de dinámicas de la identidad, de liderazgo político y de comunicación para asegurar la victoria. El ascenso no fue resultado de una serie de actos espontáneos sino de cálculos puntuales, algunos de ellos con varios años de antelación.

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Hoy sabemos, por ejemplo, que Trump registró el lema Make America Great Again desde 2012, tan solo un día después de la reelección de Barack Obama, ciclo electoral en el que el propio Trump coqueteó con la precandidatura del Partido Republicano. Ya desde 1988, Trump había expresado las ganas de competir por primera vez, pero desistió por problemas financieros. De hecho, el lema Make America Great Again vino de ahí: lo había usado Ronald Reagan –el presidente que desocupaba la Casa Blanca ese año– en su victoriosa candidatura de 1980.

Más tarde, en el año 2000, Trump compitió de nuevo como precandidato del Partido Reformista (Reform Party) pero perdió la nominación frente a Pat Buchanan. El director de su campaña fue ni más ni menos que Roger Stone, uno de los más oscuros operadores políticos conservadores –de esos encargados de las tuberías y el desagüe–, quien volvió a serlo en 2016, indicio de una mancuerna que desde años atrás soñaba con la silla. Entre aquella postulación y ésta, Trump se volvió una estrella de la telerrealidad.

Según Scientific American, basado en el análisis etnográfico del periodista Gwynn Guilford y un grupo de psicólogos, Trump empleó un cúmulo de tácticas –en lo que se conoce como “ciencia del liderazgo” o “psicología del liderazgo”– para construir una narrativa dramática que hiciera sentir a sus seguidores como partícipes en un cuento apocalíptico de redención.

A partir de mítines cuidadosamente planeados –desde la iluminación y el sonido, hasta el despliegue geométrico de la seguridad y el tiempo de espera para que se abriera el telón–, Trump logró aislar a la audiencia del mundo real y transportarla a un escenario de combate épico.

Otro reciente reportaje del New Yorker, reveló que Steve Bannon, el ideólogo principal de la campaña de Trump y hoy su mayor asesor, ya había comenzado a recaudar fondos, realizado estudios, recolectado big-data y producido propaganda a su favor, con la ayuda de diversas organizaciones –estadísticas, científicas, mediáticas y financieras– desde al menos 2011.

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La red de organizaciones ultraconservadoras que vieron en Trump una válvula de escape desde hace varios años es extensa, y hoy incluye siniestros empresarios como Bob Mercer, un poderoso bolsista con lustros de esfuerzos propagandísticos enfocados en instalar a un outsider en la Casa Blanca (aunque Mercer inicialmente financió a Ted Cruz, otro outsider, pero cuando éste se desinfló, vio en Trump al outsider perfecto). El reportaje demuestra que esta maquinaria había estudiado estadística y psicológicamente al electorado estadounidense desde hace años.

Si sumamos la mentira –que el propio Trump fabricó en 2011– sobre el nacimiento apócrifo de Obama (birther movement), los discursos con apelación a la idiosincrasia más primitiva estadounidense, las pugnas tan bien escogidas contra los medios, la polémica constante, y la atmósfera de la telerrealidad, parece que la imprevisibilidad de Trump fue más bien una pantalla.

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Detrás del semblante espontáneo, había un anhelo de años y un equipo –inicialmente Stone y Bannon, posteriormente Lewondowski, Conway y Mercer– que construyó la narrativa perfecta, con los medios precisos, en el momento adecuado.

Ciertamente asusta más un Trump metódico; lo vuelve más peligroso como presidente, pero a estas alturas, con la información disponible, la conjetura no solo es necesaria sino obligatoria; una nueva precaución exigiría pensar que sus acciones siempre responden a cierta lógica premeditada, que no por eso sensata.

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Así, hoy, mientras Trump tuitea futilidades y los medios hablan sobre Ivanka, la Casa Blanca ya introdujo más de 2,000 delicadas iniciativas al Congreso que pasaron prácticamente desapercibidas. La famosa imprevisibilidad de Trump fue un táctica tanto más exitosa cuanto que ofuscó a sus oponentes y críticos respecto a su intencionalidad. Deben descifrarla esta vez, antes de que sea demasiado tarde. Sería ingenuo pensar que el último paso de Trump y su grupo fue haber ganado la presidencia.

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