OPINIÓN: ¿Programar el cerebro nos salvará o nos destruirá?

Si es posible editar la mente con programas como el que construye Elon Musk, la base de la verdad y la experiencia cambiará irremediablemente.
Reconfigurando el cerebro  Lo que Elon Musk propone con Neuralink es un mundo en el que la mente pueda editarse como si fuera software.  (Foto: iStock)

Nota del editor: Ed Finn es autor del libro What Algorithms Want (editorial MIT Press). Es director fundador del Centro para la Ciencia y la Imaginación de la Universidad Estatal de Arizona, Estados Unidos, y profesor asistente de la Escuela de Artes, Comunicación e Ingeniería y del Departamento de Inglés de esa casa de estudios. Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivas de su autor.

(CNN) — Elon Musk abrió un nuevo capítulo en uno de los sueños más antiguos de la humanidad con el anuncio de su más reciente incursión en el futuro: Neuralink.

Lo que se propone con Neuralink (y lo que se ha explorado desde hace décadas con historias como la reciente cinta Vigilante del futuro) es un mundo en el que se pueda editar la mente como si fuera software, cambiar los recuerdos, las creencias o las personalidades con tan solo oprimir una tecla. Pero con la creciente presencia de la computación en nuestra vida, que ha transformado los tostadores y los cepillos de dientes en dispositivos "inteligentes", hemos aprendido la lección: ten cuidado con lo que deseas en cuanto a la inteligencia en red.

Musk y otros empresarios como él están creando modelos de negocios con base en sus suposiciones sobre el cerebro humano: que tiene un sistema operativo y que su lenguaje de señales se puede representar computacionalmente. Bryan Johnson, director ejecutivo de una empresa emergente llamada Kernel, espera poder usar tecnología similar a la de Neuralink para curar la epilepsia y otros trastornos cerebrales. Habla del potencial de "leer y crear código neural". Musk habló recientemente de incrementar "el ancho de banda, la velocidad de conexión entre tu cerebro y la versión digital de ti, particularmente el rendimiento". Ambas empresas emergentes se concentran en una propuesta radical: quieren escribir (no solo leer) el mismo lenguaje del cerebro.

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Esta visión es atractiva y aterradora al mismo tiempo. Poder corregir los errores de nuestro órgano más enigmático podría ser transformador para quienes padecen párkinson, alzhéimer y muchas otras enfermedades que azotan a la mente. Por otro lado, hay que tomar en cuenta las implicaciones: si puede reescribirse el cerebro, si todos funcionamos con el mismo programa intelectual, ¿qué pasará con la noción de individualidad, con la identidad o con el mismo libre albedrío? Una vez que se pueda editar la mente, la base de la verdad y la experiencia cambiará irremediablemente, con el riesgo de estar expuestos a una manipulación silenciosa a un nivel profundo.

Estas empresas están trabajando en el primer intento burdo de construir un sistema computacional para la mente. Musk dice que la interfaz que espera construir se llamará "lazo neural", usando el término de uno de sus autores favoritos de ciencia ficción, el fallecido Iain Banks. Sin embargo, los escritores de ciencia ficción, particularmente los autores ciberpunk en los que se inspiró La vigilante del futuro, han dramatizado los riesgos de las versiones de esta idea desde hace décadas.

La trascendental novela Snow Crash de Neal Stephenson es particularmente evocadora porque combina el mito moderno de la mente computarizada con una historia mucho más vieja, la de la Torre de Babel. En Snow Crash, los hackers están expuestos a un virus lingüístico escrito en el protolenguaje del cerebro mismo. Digamos que cuando el multimillonario de la novela descifra el código neural, no lo usa para curar la epilepsia.

Más allá de las crisis existenciales de la identidad y la experiencia, la novela de Stephenson pone de relieve uno de los principales riesgos que surgirían si estas empresas tienen éxito (para lo que serán necesarias décadas de investigaciones, según estiman). Si existe un lenguaje común de señalización neurológica y alguien desarrolla un protocolo que permita hacer conexiones directas entre el cerebro y una computadora, la manipulación no autorizada del cerebro se vuelve un riesgo muy grave. Los virus cerebrales no son cosa de broma y la adopción generalizada de interfaces cerebro-máquina llevaría, inevitablemente, a la clase de pautas de seguridad laxas que ahora permiten que ciertos aparatos tecnológicos íntimos e importantes, tales como monitores para bebés y automóviles, sean vulnerables a los hackers.

De igual forma, la promesa de una interfaz directa del cerebro hacia una máquina es profundamente atractiva. Si pudiéramos usar la programación para cambiar el cerebro, podríamos cumplir el sueño humano de usar el poder del lenguaje para cambiar la realidad, y más específicamente, para reinventarnos. Siempre hemos querido hacer magia para que la gente se enamore, que se haga rica o que aprenda kung-fu.

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Pero hay algo mucho más grande en juego. Las interfaces que pretenden desarrollar tanto Neuralink como Kernel servirían, a la larga, como puntos de conexión no solo para las mentes individuales, sino entre todas ellas. La consciencia es extraña, misteriosa… y solitaria. Desde hace mucho reconocimos el poder del lenguaje para desarrollar empatía, para cerrar (en simulaciones) la brecha inconmensurable entre una isla de consciencia y otra. Imagínate cómo sería poder entablar un lazo no solo con una máquina, sino con otra mente, comunicarte en un lenguaje auténticamente común. Las formas de consciencia colectiva que compartimos hoy —imágenes, metáforas o melodías— son copias malas en comparación con lo que podría surgir una vía directa hacia el código neural de la mente.

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Si realmente aprovecháramos el poder de procesamiento de nuestra cabeza y lo canalizáramos hacia una red de servidores y clientes, también daríamos otro paso incomprensible: unificaríamos nuestra imaginación, nuestros procesos de pensamiento, con los de los algoritmos que ya filtran las noticias que leemos, que administran nuestras finanzas y que sugieren a la pareja perfecta. Es una posibilidad asombrosa en el sentido magnífico y aterrador de la palabra.

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El proceso de pensamiento fundamental de una persona cambiaría tan radicalmente como el motor de búsqueda ha cambiado la investigación o como el GPS ha cambiado los viajes. Cada uno de nosotros poseería un poder casi divino para encontrar información, para comunicarse y para compartir experiencias. Pero irónicamente, también introduciríamos una nueva inquietud, un problema muy básico que desconcertaría a los ciborgs sobrehumanos en los que podríamos transformarnos: ¿quién está pensando esto en realidad: tú o la máquina?

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