OPINIÓN: ¿Qué debemos preguntarnos a la hora de evaluar candidatos?

Los partidos políticos y sus candidatos recaen en forma recurrente en la vieja estrategia de asumir que el electorado no recordará absolutamente nada del saldo negativo que hubieran generado.
No se vale tener memoria de teflón y conceder a las personas nominadas un beneficio que no les corresponde de ocultar o negar su trayectoria previa en cargos públicos, señalan analistas.
Antecedentes  No se vale tener memoria de teflón y conceder a las personas nominadas un beneficio que no les corresponde de ocultar o negar su trayectoria previa en cargos públicos, señalan analistas.  (Foto: iStock)
Juan Francisco Torres Landa

Nota del editor: Juan Francisco Torres Landa R. es Secretario General de México Unido Contra la Delincuencia. Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

(Expansión) – Hace unos años, para quien gustaba del arte culinario, o incluso, solo hacía uso de los enseres de cocina para preparar alimentos, resultaba complejo lidiar con los rastros de comida, sabores o colores que se acumulaban en los recipientes respectivos. Sin embargo, un enorme hallazgo fue el teflón, material que garantizaba la no adhesión o remanencia de rastros alimenticios y, por lo tanto, la ausencia de memoria de tareas previas.

Esta enorme virtud para las tareas en cocina resulta a su vez inversamente negativo en materia política. Y es que parece ser que para su sobrevivencia y futuros éxitos electorales, los partidos políticos y sus candidatos recaen en forma recurrente en la vieja estrategia de asumir que el electorado no recordará absolutamente nada del saldo negativo que hubieran generado, ya sea el instituto político, quien se nomina a un puesto de elección popular, o ambos.

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Ha sido casi un ingrediente natural de todos los procesos electorales en el México moderno el que se pretenda una omisión absoluta de reclamo por los errores del pasado a la hora de proponer a nuevos posibles ocupantes de un cargo público. Por obra y arte de magia, el candidato nace inmaculado para el proceso que está por iniciar, independientemente de los errores y abusos que se pudieron haber cometido en su anterior fase personal o partidista.

Y no estamos hablando de un tema de simplemente recordar lo sucedido, sino que exista la capacidad plena de evaluar el desempeño de quien ahora se postula como alguien que debe recibir la confianza de los que van a emitir un sufragio informado el día de la jornada electoral.

ESPECIAL: #Elecciones2017

El país se encuentra en una coyuntura muy delicada dada la inminencia y relevancia de los procesos electorales locales en 2017 y federales en 2018. Tenemos frente a nosotros una serie de decisiones de muy alta envergadura en cuanto a complejidad y trascendencia. Hoy quizá como nunca en la historia nacional reciente está en juego la definición del tipo de país que queremos legar a nuestros hijos.

Ya estamos viendo en los procesos estatales que la tónica es de campañas negativas y descalificaciones, y es de esperarse que en 2018, cuando se definan los candidatos respectivos, se dará un efecto similar. La gran pregunta es ¿cuáles son las obligaciones de los electores ante este panorama?

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Lo que queremos proponer en esta opinión es que no debemos irnos con las fintas de reconocer simplemente lo que los partidos políticos nos pongan enfrente para evaluar a unos y otros. No. Nuestra responsabilidad colectiva debe ser mucho mayor y el escrutinio a la altura de las circunstancias. En particular lo que se requiere es hacer un examen de consciencia y trayectoria mucho más fuerte y contundente para realmente saber por quién votar.

En realidad, todos requerimos hacernos preguntas fundamentales a la hora de evaluar candidatos y a los partidos políticos que los nominen. Entre otras, las siguientes:

1. Más allá de promesas que esté haciendo el candidato, ¿cuáles son los resultados reales de los cargos públicos que haya desempeñado en el pasado?
2. ¿El candidato ha tenido algún escándalo o sospecha fundada de actos fraudulentos o de corrupción en cargos previos?
3. ¿Las personas que rodean al candidato y que constituyen a su equipo inmediato son de probada solvencia, o se tienen dudas de su pasado y desempeño?
4. ¿El partido político y el candidato respectivo han sido consistentes en sus posturas al momento de votar decisiones importantes en el Congreso?
5. ¿El candidato ha presentado su declaración 3de3 en tiempo para la elección respectiva?
6. ¿El candidato ha presentado un programa de acciones y plan de trabajo que realmente presente un diagnóstico serio de los problemas a atacar, y la forma de llegar a resultados (y no solamente acciones sin trascendencia real)?
7. ¿El candidato ha ofrecido suscribir y cumplir con compromisos emanados de organizaciones de la sociedad civil para realmente asimilar cuestiones de interés del electorado a gobernar?
8. ¿Las prioridades del candidato coinciden con los puntos centrales que el electorado tiene en mente en la coyuntura específica?
9. ¿Están claros los orígenes del patrimonio y fondos utilizados por candidato y partido político en el proceso electoral respectivo?
10. ¿Existe entre los demás candidatos políticos alguien que realmente tenga mejores cualidades, propuesta, trayectoria y solvencia? Si la respuesta es sí, entonces el voto deber ser a favor de quien mejor nos llene el ojo, sea o no el puntero en el proceso electoral respectivo.

Solamente con ese nivel de estudio y revisión podremos realmente estar en condiciones de determinar si las personas a quienes elegiremos son las mejor capacitadas o no para atender los principales problemas políticos del país.

En este ejercicio lo que no se vale es tener memoria de teflón y conceder a las personas nominadas un beneficio que no les corresponde de ocultar o negar su trayectoria previa en cargos públicos.

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Omitir el examen descrito no solamente es irresponsable, sino que nos convierte en corresponsables de los abusos y excesos del pasado y, por lo tanto, de los que se acumulen en lo sucesivo en sus nuevos puestos. No más. Ya no memoria de teflón.

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