OPINIÓN. Lo más importante de la audiencia de Comey: no podemos confiar en Trump

El presidente de Estados Unidos se encuentra en territorio de Nixon y una gran parte de su problema es la total falta de credibilidad que resulta de sus propias declaraciones.
En su audiencia, el exdirector del FBI, James Comey, dejó en claro que aun en el entorno más privado, algunos de los funcionarios que trabajan para el presidente sienten el mismo grado de desconfianza en su líder.
Relación  En su audiencia, el exdirector del FBI, James Comey, dejó en claro que aun en el entorno más privado, algunos de los funcionarios que trabajan para el presidente sienten el mismo grado de desconfianza en su líder.  (Foto: EFE)
Julian Zelizer

Nota del editor: Julian Zelizer es profesor de Historia y Asuntos Públicos en la Universidad de Princeton, además de miembro numerario de New America. Escribió los libros Jimmy Carter y The Fierce Urgency of Now: Lyndon Johnson, Congress, and the Battle for the Great Society. También es conductor del podcast Politics & Polls. Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

(CNN) — Casi tan pronto como inició la audiencia de James Comey, exdirector del FBI, ante la comisión de inteligencia del Senado estadounidense, el jueves 8 de junio, catalogó de mentirosos a Donald Trump y a la Casa Blanca. Comey no se anduvo con sutilezas. Dijo que el equipo de Trump "dijo mentiras" cuando explicó por qué el presidente lo había despedido.

Explicó a los senadores que tomó notas exhaustivas sobre cada encuentro con Trump porque recelaba de él. "Honestamente me preocupaba que mintiera sobre la naturaleza de nuestra reunión. Por eso pensé en que tenía que anotarlo… sabía que podría llegar el día en el que necesitaría un registro de lo que hubiera pasado, no solo para defenderme, sino para defender al FBI".

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Fue asombroso escuchar esto de boca de un ciudadano que hasta hace poco era un alto funcionario del poder ejecutivo de Estados Unidos. Comey no dijo que Trump tendiera a ser evasivo o que usara las palabras engañosamente, sino que, fundamentalmente, es una persona en la que no se puede confiar, ni siquiera en una reunión privada con el director del FBI.

Fue una representación tan extraordinaria de Trump que la portavoz de la Casa Blanca, Sarah Huckabee Sanders, tuvo que decirles inmediatamente a los reporteros que "definitivamente puedo decir que el presidente no es un mentiroso y creo que es francamente insultante que hagan esa pregunta".

Trump no es el primer comandante en jefe al que cuestionan por la veracidad de sus declaraciones.

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Huey Long, político de Louisiana, dijo que Franklin Delano Roosevelt era un mentiroso en 1933. Los demócratas liberales atacaron a Lyndon Johnson después de la ofensiva del Tet, en 1968, por no haber sido honesto al hablar de la situación en Vietnam.

Durante la investigación del Congreso sobre el escándalo del Watergate de Richard Nixon, funcionarios como John Dean declararon francamente ante los legisladores por qué el presidente no era de fiar cuando negaba que hubiera ocurrido algo incorrecto. Las cintas incriminatorias fueron la prueba de que no se podía confiar en la palabra de Nixon.

Ronald Reagan mintió cuando negó que Estados Unidos hubiera intercambiado armas por rehenes con Irán y le echaron la culpa de que algunos miembros de su gobierno mintieran al Congreso respecto a haber brindado apoyo a los contras nicaragüenses a pesar de que el Congreso lo había prohibido.

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En la década de 1990, los republicanos del Congreso hablaban frecuentemente de Bill Clinton y de sus problemas con la verdad, cosa que quedó patente cuando sacudió el dedo mientras le decía a todo el país que nunca había tenido sexo con "esa mujer", Monica Lewinsky.

Algunos demócratas acusaron a George W. Bush de mentir cuando afirmó que Iraq tenía armas de destrucción masiva. El senador Harry Reid dijo que Bush había mentido respecto a una decisión sobre el almacenamiento de desechos nucleares en Nevada.

En el pleno de la Cámara de Representantes, Joe Wilson, representante republicano de Carolina del Norte, gritó: "¡Mientes!" cuando Barack Obama hablaba de los elementos de su propuesta de ley de atención médica durante un discurso televisado ante el Congreso.

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Sin embargo, el problema de Trump parece cualitativamente diferente en cuanto a magnitud y alcances. Que Comey estuviera tan dispuesto a usar la palabra "miente" en su descripción de Trump indica que hay un problema de personalidad fundamental en el despacho oval.

Antes de la campaña presidencial de 2016, Trump incitó el movimiento respecto al lugar de nacimiento de Barack Obama. Durante la campaña, Trump declaró o repitió varias cosas sobre Hillary Clinton y los demócratas que no se basaban en la verdad.

Desde que tomó posesión, hemos visto que Trump está dispuesto a decir cosas francamente falsas en público (ya sea sobre el tamaño de las multitudes o las acusaciones de fraude electoral), mientras los republicanos se llevan las manos a la cabeza en señal de frustración cuando ven a Trump contradecir tanto a su gabinete como a sí mismo.

Comey dejó en claro el jueves que aun en el entorno más privado, algunos de los funcionarios que trabajan para el presidente sienten el mismo grado de desconfianza en su líder.

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Aunque todos los presidentes mienten, parece que Trump lo ha vuelto un arte peligroso. Es una persona que parece dispuesta a mentir sin mesura, casi sobre cualquier cosa y con desenfreno irresponsable. Ha propiciado una atmósfera política llena de información falsa y de declaraciones erróneas que desestabilizan nuestro discurso público.

De hecho, Trump desencadenó todo un debate en los medios sobre si los reporteros debían usar la palabra "mentira" para describir las declaraciones de un presidente.

Como tiene un carácter problemático, el comandante en jefe de Estados Unidos no tiene mucha credibilidad en esta investigación ni en lo que concierne a su forma de gobernar. Fuera de sus simpatizantes, hay muchos políticos, líderes extranjeros, periodistas y electores que no creen en lo que el presidente pueda decir.

Aunque mentir no es causal de destitución, es un gran problema cuando se trata de gobernar y debilita su capacidad de persuadir a la opinión pública de que las acusaciones que enfrenta son falsas. El registro público de mentiras es demasiado grande como para creerle.

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Trump aún puede contar con que el Congreso republicano protegerá a un presidente republicano. Él y sus asesores saben que muchos de los miembros del Congreso, entre ellos la líder de la minoría, Nancy Pelosi, tendrán muchísimo cuidado antes de desencadenar cualquier clase de procedimiento de destitución.

Pero Trump efectivamente se encuentra en territorio de Nixon y una gran parte de su problema es la total falta de credibilidad que resulta de sus propias declaraciones. El jueves, Comey confirmó esta impresión como pocos estadounidenses habrían podido.

Algunos de los partidarios de Trump están tratando de defender su estilo desenfadado y dicen que la forma en la que le habló a Comey es porque "Trump es Trump". Chris Christie, gobernador de Nueva Jersey, restó importancia a los comentarios porque los considera charla "neoyorquina normal" (también sus simpatizantes minimizaron las declaraciones de la cinta de Access Hollywood y dijeron que eran mera "charla de vestidor") y tanto él como otros han defendido a Trump diciendo que es un forastero que trata de aprender cómo funciona Washington.

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La valoración de Comey fue mucho más aguda. Simplemente dijo que Trump miente y que, con base en su testimonio escrito, es una persona dispuesta a intimidar, a amenazar y a ser extraordinariamente agresiva con quien no le cae bien.

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Aunque algunos republicanos están tratando de dar una explicación para que su conducta se considere aceptable, no lo es. Aunque no tuviera la intención de obstruir a la justicia y no hubiera colusión con los rusos en las elecciones, hay muchas pruebas de conducta extremadamente problemática que pueden traducirse en abuso de poder y en la toma de decisiones políticas peligrosas.

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