OPINIÓN: Donald Trump, un presidente en guerra consigo mismo

Michael D'Antonio escribe que Estados Unidos se enfrenta a dos Trumps: el Trump controlado (con apuntador electrónico) y el Trump imprudente (sin apuntador).
Facetas  El presidente estadounidense Donald Trump nunca ha mantenido en secreto su verdadera personalidad, señalan analistas.  (Foto: Expansión)
Michael D'Antonio

Nota del editor: Michael D'Antonio es autor del libro Never Enough: Donald Trump and the Pursuit of Success (editorial St. Martin's Press). Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

(CNN) — Bill Clinton podía ser agresivo y al mismo tiempo curar las heridas del país tras los atentados de Oklahoma City. George W. Bush pudo declarar que el islam era una religión de paz tras los ataques terroristas del 11-S y, en la víspera de la guerra con Iraq, decir: "Tenemos la fuerza necesaria para lidiar con la situación de seguridad".

A Barack Obama no le molestaba repartir golpes entre los miembros del Partido Republicano en una convención ni cantar Amazing Grace en Charleston, Carolina del Sur. Si recordamos a Franklin Delano Roosevelt, podremos reconocer fácilmente que los presidentes modernos usualmente muestran diferentes caras al mundo, dependiendo del momento, pero siempre en el contexto de una personalidad constante.

Por otro lado, tenemos a Donald Trump, quien también ha mostrado dos facetas, particularmente en los pasados 10 días. Tras hacer una declaración mesurada y condenar el odio y la violencia en Charlottesville, Virginia (la semana pasada), al día siguiente cambió salvajemente el tono en un intercambio con los reporteros y recibió críticas generalizadas porque aparentemente equiparó a los manifestantes de esa ciudad con quienes se reunieron para protestar contra el fanatismo.

Luego, el lunes 21 de agosto, retomó el tono anterior: en un discurso sobre sus nuevas políticas relativas a Afganistán, condenó el odio y las divisiones.

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Finalmente, aparentemente agotado por haber actuado correctamente el lunes, Trump regresó el martes para dirigirse al público en Phoenix, Arizona, como el personaje iracundo y errático al que hemos visto en sus mítines.

Una vez más atacó a la prensa tradicional y a los senadores de su propio partido. Luego, distorsionó sus reacciones ante la tragedia racial de Charlottesville, con lo que le recordó a todos que carece del código moral que ha servido para que otros presidentes muestren personalidades fuertes al tiempo que conservan la fe de un país que necesita un líder estable.

¿Qué consecuencias ha tenido esto en todo el país? Ninguna buena, según una nueva encuesta que llevó a cabo la Universidad de Quinnipiac el miércoles 23 de agosto: el 62% de los encuestados dijo que Trump está haciendo más para dividir al país; respecto a su reacción a los hechos violentos de Charlottesville, el 60% reprobó su reacción y el 32% la aprobó.

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La realidad es que muchos presidentes han preferido mostrar facetas diferentes ante públicos diferentes, pero todo con el fin de alcanzar un conjunto sensato de objetivos. Trump se destruye con sus oscilaciones salvajes entre una personalidad y la otra.

La campaña que llevó a Trump a la Casa Blanca fue un circo desquiciado dentro de una casa de espejos y su presidencia ha sido más de lo mismo. En vez de moderarse, ha oscilado entre dos polos. Ha habido raras ocasiones en las que luce y suena casi presidencial, cuando propone leyes y se reúne con diplomáticos. Pero es más frecuente que se muestre irresponsable y que cause nerviosismo sin que le importen las consecuencias.

Si se inventara un instrumento que midiera los estados de ánimo de Trump (llamémoslo un "trumpómetro"), la aguja usualmente se quedaría del lado derecho del medidor. Es allí en donde el Trump imprudente habla sobre "la gente muy fina" que participó en la marcha reciente de racistas en Charlottesville que culminó en un ataque letal con un automóvil en contra de quienes se manifestaban en contra del odio. Heather Heyer murió y muchas personas más resultaron heridas.

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Al otro lado del medidor está el Trump controlado, al que vimos dar un discurso el lunes y hacer un llamado a sanar las heridas que ayudó a abrir con su reacción insensible a los acontecimientos en Virginia.

El Trump controlado surge cuando lo convencen de aceptar un poco de disciplina… y un apuntador electrónico. Dio su primer informe presidencial con la ayuda de dicho aparato y recibió críticas generalmente positivas.

También usó apuntador electrónico para un discurso en Polonia, en donde llamó a Rusia a "unirse a la comunidad de países responsables" y a "cesar sus actividades desestabilizadoras en Ucrania y otras partes". Sin embargo, unas horas antes, el Trump imprudente se negó a aceptar las conclusiones de los servicios estadounidenses de inteligencia respecto a que Rusia había interferido en las elecciones de 2016 e insistió en creer que "pudieron haber sido otras personas o países".

Al negar los hechos sobre las labores de Rusia para influir en las elecciones, Trump faltó a su deber de defender a la democracia estadounidense y respetar a los servicios de inteligencia que ayudan a cuidar al país. Sin embargo, se sintió aliviado al pensar que ya nadie creería que las elecciones que lo llevaron a la presidencia estuvieron manchadas y su ego necesita este alivio. Cuando el Trump imprudente está presente, es fácil notar que el ego es lo que más le importa.

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Fue el Trump imprudente el que les dijo a Sergei Kislyak, embajador de Rusia en Estados Unidos, y a Sergei Lavrov, ministro del Exterior de Rusia, que había despedido al entonces director del FBI, James Comey, y que dijo que era un "loco de remate".

El trumpómetro también indicaba imprudencia cuando Trump atacó al senador Mitch McConnell, a quien necesita para que sus propuestas de ley pasen en la cámara, y que trató de acosar a la senadora Lisa Murkowski, quien ayudó a acabar con su propuesta de ley de atención médica.

Aunque el Trump imprudente suele sabotear su propio proyecto, cuando se deja ir en cuestiones vitales tanto para la seguridad pública como para la unidad nacional es cuando hace más daño.

El desastre de la conferencia de prensa que dio en la torre Trump después de la tragedia de Charlottesville es el más claro ejemplo de esta faceta de Trump. Irritable y combativo (usualmente interrumpe a los demás diciendo "¡Disculpa!" y quejándose de las "noticias falsas"), Trump se negó a juzgar a los nacionalistas blancos en un "plano moral" y repitió su argumento de que racistas y antirracistas tenían la culpa por igual.

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Lo ocurrido en la torre Trump no tuvo nada que ver con las declaraciones más razonables que hizo justo un día antes. También sigue un patrón. Cuando Trump opta por moderarse, por parecerse más a otros presidentes, suele retomar su identidad más combativa casi inmediatamente.

Para su discurso del lunes sobre Afganistán, guardó la compostura para la sesión con apuntador electrónico; incluyó un recordatorio de que "la lealtad a nuestro país exige lealtad de unos para con otros. El amor por Estados Unidos exige amor por toda su gente".

Después de todo, este es un hombre al que le gusta tener en suspenso a la gente preguntándose cuál faceta mostrará; esto tiene el efecto de poner en duda todas sus declaraciones. De hecho, como si la intención fuera demostrar que no es digno de confianza, Trump complementó sus comentarios pacificadores del lunes con un viaje a Phoenix, a donde las autoridades locales le pidieron que no fuera por temor a que hubiera protestas violentas.

¿Por qué la gente estaba molesta? Bueno, se ha dicho que Trump estaba considerando exonerar a Joseph Arpaio, un alguacil recientemente convicto, cuya demagogia antiinmigrante lo volvió símbolo viviente del prejuicio a ojos de muchos estadounidenses.

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Trump no anunció que perdonaría a Arpaio (aunque esencialmente predijo que ocurriría), pero su asistencia a un mitin marcó el regreso de un actor que prefiere las afirmaciones irrestrictas y los insultos al liderazgo unificador… y acabó con las esperanzas de cualquier persona que esperara algo mejor del 45º presidente de Estados Unidos.

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Claro que Trump nunca ha mantenido en secreto su verdadera personalidad. Respondió a esa pregunta en 2016, cuando dijo, hablando de los apuntadores electrónicos: "Empecé a usarlos un poco. No son malos. Nunca te metes en problemas si usas un apuntador electrónico. ¿Saben? La cuestión es que es demasiado fácil. Tenemos un presidente que usa apuntadores electrónicos. Es demasiado fácil. Debería haber discursos sin apuntador electrónico solo cuando te postulas a la presidencia. Descubres cómo son los demás. De otra forma no descubres como es nadie".

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