La guerra por el Internet llega a la estratósfera

Personajes como Elon Musk, Mark Zuckerberg y Richard Branson buscan ofrecer WiFi desde satélites; la intención es atraer a 3,000 millones de personas sin Internet que serían posibles clientes.
internet  (Foto: Getty)
José Pagliery
NUEVA YORK -

Un puñado de tipos ultrarricos están compitiendo entre sí para ofrecer Internet desde el cielo.

El último es SpaceX, que acaba de recibir 1,000 millones de dólares en fondos por parte de Google y Fidelity. Parte de ese dinero se utilizará para reforzar el plan del presidente ejecutivo Elon Musk para lanzar cientos de satélites con señal de Internet al espacio.

Su misión de ofrecer acceso confiable a Internet a nivel mundial no es única. Otros emprendedores tecnológicos se han dado cuenta de que hay un gran potencial sin explotar en conectar a las cerca de 3,000 millones de personas que todavía no están en línea. Ya que son clientes que podrían estar comprando, haciendo clic en anuncios y publicando en las redes sociales.

Ya es posible obtener una señal de Internet desde arriba. Pero se requiere de un hardware especial. Es irregular, lenta y ridículamente cara.

En un esfuerzo por cambiar eso, el cofundador de Google Sergey Brin está supervisando Project Loon, un batallón de globos aerostáticos con WiFi que flotarán en la estratosfera. Mark Zuckerberg de Facebook quiere hacer eso con aviones no tripulados de alto vuelo para su proyecto Internet.org.

Además está Richard Branson, de Virgin, quien la semana pasada invirtió una tonelada de dinero en OneWeb. La compañía quiere lanzar una flota de 648 microsatélites para llevar Internet de alta velocidad y servicio telefónico “a las personas que viven en zonas marginadas”.

Los multimillonarios de la industria de la tecnología están obsesionados con esta idea por dos razones: el capitalismo y la filantropía.

Quien logre ser dueño de los cielos tendrá la oportunidad de ser el operador de telecomunicaciones del futuro, al crear una red en el espacio similar a lo que AT&T construyó al desplegar cables en tierra hace 100 años.

Además, el Internet es tan fundamental para el comercio y la comunicación que su acceso está empezando a ser considerado como un derecho humano. Las revoluciones de la Primavera Árabe de 2011 fueron posibles por los manifestantes que se coordinaron a través de Facebook y Twitter. Cuando Egipto desconectó el Internet para tratar de afirmar el control autoritario, demostró que los cables terrestres son un lastre para la libertad.

Grupos de defensa como Outernet y A Human Right (liderado por un ex ingeniero de SpaceX) esperan adquirir satélites para ofrecer WiFi desde el espacio para asegurarse de que eso no vuelva a suceder.

Para hacer una realidad el Internet desde el espacio, los multimillonarios empresariales están intentando algo atrevido.

Durante décadas, empresas como Intelsat y SES han operado satélites del tamaño de un autobús escolar que flotan por encima de un área particular de la Tierra en órbita geosíncrona. Están muy lejos -a alrededor de 35,400 kilómetros sobre la tierra- por lo que un solo satélite dispara un amplio haz que puede cubrir todo un continente.

Pero estos violan las reglas básicas de la economía. Los satélites son grandes y pesados, así que es muy caro lanzar uno. Como resultado, las empresas los construyen para durar entre 10 y 15 años, y rara vez son reemplazados. Es por eso que su hardware y sus señales de Internet son tan lentas. Para aquellos que están en tierra, se sienten como un Internet de acceso telefónico.

La industria de la tecnología ahora aboga por una nueva forma de proporcionar Internet desde el cielo. O3B lanza cuatro satélites a la vez y los mantiene más cerca del suelo, orbitando a “sólo” 8,000 kilómetros. Eso permite haces más estrechos y un Internet más rápido. La desventaja es un área de cobertura más pequeña, aproximadamente del tamaño de Nuevo México.

SpaceX y OneWeb están apuntando aun más cerca. Quieren lanzar muchos cohetes -cada uno con un montón de satélites más pequeños y baratos en el interior- y mantenerlos en órbita a un 1,200 kilómetros sobre la Tierra, una distancia relativamente baja. El área de cobertura será pequeña, pero la meta es rociar la atmósfera con cientos de satélites. La gravedad adicional significa que se quedarán sin combustible más rápido. Pero tendrán que ser reemplazados a menudo de cualquier modo para seguir el ritmo de los dispositivos conectados a Internet cada vez más rápidos en tierra.

El mayor reto, dicen los expertos, es el dinero; de ahí el apoyo que otorgan algunas de las personas más ricas del mundo.

A pesar de los costos más bajos, los lanzamientos siguen siendo caros. En este momento, el lanzamiento de SpaceX cuesta 61 millones o 85 millones de dólares, dependiendo de la potencia que necesite el cohete, según la empresa. Musk quiere reducir el costo de enviar una libra de cualquier cosa al espacio de 2,000 dólares a menos de 1,000 dólares.

Si SpaceX se queda sin dinero antes de que todos esos mini satélites de comunicaciones estén ahí arriba, los expertos advierten que sufrirán el mismo destino que el fallido proyecto respaldado por Motorola, Iridium, que aspiraba a hacer lo mismo para los teléfonos celulares antes de que terminara en bancarrota en 1999.

“La mayor apuesta siempre ha sido el costo de capital necesario para construir la infraestructura y colocarla allá arriba”, dijo Sean O'Keefe, quien fungió como jefe de la NASA durante el gobierno de Bush y ahora es profesor en la Universidad de Syracuse.

Entonces, ¿quién ganará la carrera?

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Carissa Bryce Christensen, una analista de políticas que asesora a la NASA y al ejército de Estados Unidos, señala que los globos de Google subirán primero, porque son más fáciles de lanzar. Luego vendrán los drones de Facebook. Pero ambos estarán limitados tanto por las leyes complicadas y el espacio aéreo restringido. SpaceX será la primera empresa en ofrecer Internet en todo el mundo, porque la estratósfera de la Tierra no pertenece a nadie.

“Esta idea (de satélites de Internet de baja órbita) ha existido durante mucho tiempo, y la gente volverá a ella porque es buena”, dijo Christensen, quien fundó el Tauri Group. “Pero no se ha implementado porque los detalles son complicados”.

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