La razón por la que Frida, la 'niña atrapada', cautivó nuestra imaginación

Cuando nos enfrentamos a una tragedia con cientos de miles de víctimas, solemos centrarnos en las dificultades de una sola persona.
Búsqueda  En el colegio Rébsamen, rescatistas quitaron escombros durante días, apresurándose a liberar a una menor de nombre Frida Sofía.  (Foto: Reuters)
AJ Willingham
(CNN) -

El dramatismo era palpable. En algún lugar debajo de una escuela derrumbada en la Ciudad de México, estaba atrapada una niñita de nombre Frida Sofía.

Los rescatistas quitaron escombros, apresurándose para liberarla. Todos estábamos fascinados.

Luego de que un sismo de 7.1 grados dejara víctimas mortales y daños materiales en la capital del país, todos queríamos un rescate que nos levantara el ánimo.

El problema fue que Frida Sofía no existía. Eso se supo dos días después, cuando la Marina mexicana señaló que lamentaba haber dado información errónea.

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También ocurrió lo mismo en el sismo de 1985. En ese entonces, igual que ahora, un niñito atrapado en los escombros cautivó la imaginación del país. Él tampoco era real.

En ambas ocasiones, la revelación causó una decepción extraña. La conexión emocional con estos niños había sido tan fuerte y fue palpable la obsesión por sus penurias.

¿Por qué?

Los sociólogos lo llaman "efecto de la víctima identificable". Cuando nos enfrentamos a una tragedia con cientos de miles de víctimas, solemos centrarnos en las dificultades de una sola persona. Esto sucede particularmente cuando se trata de un niño… real o imaginario.

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La diferencia entre una víctima y una estadística

En 1968, el economista Thomas Schelling escribió que la muerte de una persona, a diferencia de un grupo, suscita "ansiedad y sentimentalismo, culpa y asombro, responsabilidad y religión".

Sin embargo, prosigue, "la mayor parte de este asombro desaparece cuando lidiamos con la muerte en estadísticas".

Estas palabras se volvieron piedra angular de la "teoría de la víctima identificable". Se basa en un proceso psicológico al que la gente recurre cuando el sufrimiento de muchos (o el sufrimiento en abstracto) es demasiado difícil de entender.

También es un proceso psicológico que activa el motivador humano más básico: las emociones.

"Las emociones son mecanismos que nos empujan a actuar", explica Dan Ariely, escritor y experto en economía conductual con un doctorado en Psicología Cognitiva. "Piensen que es la forma en la que la naturaleza nos empuja a hacer algo".

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"Y qué emoción creada no es información estadística sobre mucha gente", señala. "Es el individuo y la empatía que sentimos por él".

Los niños en particular son uno de los focos principales de este interruptor biológico porque consideramos que son inocentes.

"No podemos atribuirles culpa alguna", explica Ariely. "Es una cuestión de poder. Cuando se trata de personas que no creemos que tengan poder, nos sentimos mucho peor por ellos y estamos mucho más dispuestos a hacer cosas por ellos".

Esto tiene un lado positivo

Esto no siempre es malo.

Pensemos en el caso de Omran Daqneesh, el niño sirio que se hizo famoso gracias a unas imágenes virales de la atribulada Aleppo. Cientos de miles de sirios han muerto desde que comenzó la guerra civil en Siria, en 2011. Sin embargo, las imágenes de Omran, ensangrentado y aturdido, sentado en la parte trasera de una ambulancia, despertaron el interés del público más de lo que lo podría haber hecho cualquier estadística.

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Estos niños icónicos suelen simbolizar una lucha mayor: guerra, inmigración, desastres naturales o, como en el caso de Ryan White, enfermedades. A Ryan le diagnosticaron sida cuando tenía apenas 13 años. Era 1984, época en la que el VIH/sida era muy incomprendido y estaba profundamente estigmatizado. Su experiencia afectó tan agudamente a la opinión pública que inspiró leyes relativas a la enfermedad… fue un momento de auténtico progreso social.

También hay consecuencias negativas

Sin embargo, la fascinación intensa de la opinión pública que se forma alrededor de un individuo también puede provocar una reacción desproporcionada.

En 1987, una bebé llamada Jessica se cayó a un pozo y se volvió una leyenda al instante en Estados Unidos. Su rescate, que duró 58 horas, fue un drama televisivo que millones de personas se sentían obligadas a ver.

Esta clase de obsesiones suele tener un tono incómodo de programa de telerrealidad. Cada vez que un niño hace noticia por un secuestro o porque se cae, el intenso interés del público se vuelve tanto consecuencia como parte de la historia.

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Con el rescate de Jessica, nació la obsesión moderna con los niños en peligro. Desde entonces ha habido un sinfín de ejemplos. Tenemos a Madeline McCann, una niña británica que se perdió en 2007. Cada año se pierden alrededor de 800,000 niños, según una estadística muy citada. No alcanza la energía emocional del mundo para preocuparse en igual medida por cada uno de ellos, así que nos centramos en los que tenemos más a la mano. Esto puede provocar que el grado de atención y asistencia sea desproporcionado.

"La clase de cosas que nos mueven a actuar no necesariamente son las cosas importantes", explica Ariely. "En casos en los que nos preguntamos dónde donar dinero, lo que es emocionalmente atractivo es en lo que nos centraremos".

…y esto explica la historia de Frida Sofía

Lo que atrajo a la gente a la historia de Frida Sofía —y lo que causó que otros se mostraran escépticos— fue el dramatismo de una experiencia. No sorprende que la narrativa haya sido fascinante. ¿Quién no habría apoyado, rezado o depositado sus esperanzas en la supervivencia de una niña?

Pero conforme pasaron las horas, la verdad fue surgiendo.

La Marina mexicana señaló que había basado su información en "reportes técnicos" y en los relatos de civiles y rescatistas.

"Ofrezco a los mexicanos una disculpa por la información vertida esta tarde donde afirmé que la Marina no contaba con los detalles de una supuesta menor atrapada en la zona", dijo Ángel Enrique Sarmiento, subsecretario de Marina.

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De inmediato, la conversación giró hacia la historia de Monchito, el "niño fantasma".

Durante el sismo de 1985, la historia de Monchito tuvo una narrativa parecida a la de Frida.

Se creía que era un niño de nueve años, atrapado en los escombros de una casa. Los civiles y los rescatistas se apresuraron para rescatarlo, convencidos por los relatos familiares y por sus propios instintos de que el niño simplemente estaba lejos de su alcance. Nunca lo encontraron.

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Según el diario español El País, un psicólogo consideró que el incidente fue producto de "la psicosis colectiva".

Las crisis y el caos suelen dispersar la razón y replegarnos a nuestras funciones más básicas. Tal parece que la emoción es el mecanismo de anulación por excelencia.

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