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Colombia: de la violencia y la droga, a un país que 'baila' el futbol

Como anfitriones de la Copa del Mundo Sub-20, los colombianos quieren quitarse de encima el estigma de país violento que tenían hace 20 años
lun 01 agosto 2011 10:35 AM

Colombia anhela remontar su  mala imagen internacional y el Mundial Sub-20 es su oportunidad.

La hazaña lograda el sábado en la noche por su selección en el debut como anfitriones de la competencia juvenil , al dar la vuelta a un marcador que los ponía un tanto abajo frente a Francia para terminar goleando 4 a 1, es la metáfora perfecta de lo que esperan lograr con una fiesta que les ha tomado tres años organizar.

Los colombianos no quieren perder, y defienden con la misma determinación que sus jugadores,  la oportunidad que les da el ser anfitriones de la justa mundial para mostrar otra cara al mundo y remontar la mala fama que la guerrilla, el paramilitarismo y el narcotráfico le forjaron en los ochenta y noventa.

Digámosle al mundo que Colombia es mucho más que violencia ”, la frase se escucha lo mismo en los discursos oficiales, que en los editoriales políticas y deportivas de la prensa, y las conversaciones con los taxistas, los primeros encargados de dar la bienvenida a los visitantes.

Los colombianos agradecen el voto de confianza que sienten que se les ha otorgado, a pesar de los estigmas. Es la competición deportiva más importante  que jamás les haya tocado organizar, por encima de los Panamericanos de Cali de 1971, los Centroamericanos y del Caribe de Cartagena 2006 o los sudamericanos de Medellín el año pasado. Soñaban desde hace mucho con recuperar la oportunidad de ser anfitriones de un Mundial de Futbol, y quitarse  de encima ese trauma que les dejó el ser el único país del mundo que ha renunciado a albergar la fiesta grande mundialista. Colombia iba a ser la sede del Mundial de Futbol de 1986, pero un año antes su presidente entonces decidió que no podían asumir los gastos necesarios y la sede se entregó a México.

El viernes Colombia por fin pudo dar la bienvenida al mundo que dejó ir  entonces. Su presidente, Juan Manuel Santos, ha invitado a cada colombiano a convertirse en un guía turístico, y aunque hoy nadie cree que logren atraer a los 30,000 visitantes extranjeros que prometió el comité organizador, por todos lados pueden verse letreros dando la bienvenida, las banderas de las 24 selecciones participantes ondean en centros comerciales, hoteles y parques. Y la radio y la televisión no paran de pregonar que Colombia está de fiesta y que, como señala uno de los muchos eslóganes comerciales que los publicistas han  creado para la ocasión: En Colombia el futbol se baila.
 
"Sin ocultar nuestros problemas de desigualdad social, violencia y narcotráfico... es una oportunidad para el país de mostrarse en otra faceta, de mostrar que no es el peligroso país de hace un par de décadas al que nadie quería venir", cuenta José Silva, un joven bogotano dedicado a la publicidad. “Por mi trabajo entrevistamos a la selección Sub-20 de España y a la de Arabia, hace un poco más de una semana, ellos nos decían: 'Pensábamos que íbamos a llegar a un país como Afganistán, pero hemos encontrado un país hermoso que tiene problemas como todos, pero que tiene una gente muy hospitalaria, buena comida y mujeres bonitas... y algo más, pensábamos que la coca se podía comprar en un súper”.
 
Además de buscar alzar la copa de campeón, Colombia quiere dejar de ser un destino turístico al que no se quiere ir, pues sus 2.3 millones de visitantes extranjeros al año resultan pocos comparados con países de la región como México o Brasil, y poco se sabe de sus riquezas naturales.  
 
Un mundial que va prendiendo poco a poco

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Aún cuando se trata de un mundial de categoría juvenil, los colombianos están convencidos de que los ojos del mundo están hoy sobre ellos. Se han propuesto romper record de asistencia en los estadios para una justa de esta categoría y al parecer lo lograrán, pues las entradas para todos los partidos en las ocho sedes están agotadas desde finales de mayo.

Sin embargo, una inusual organización ha hecho que el termómetro de la fiebre futbolística suba a ritmo lento.

El entusiasmo que suelen despertar los partidos inaugurales, en los que el anfitrión es la atracción principal , fue pospuesto hasta el sábado. La competencia arrancó el viernes a las cinco de la tarde, cuando la mayoría de los colombianos aún estaba trabajando o camino a casa, con el partido Corea del Norte-Inglaterra, en la ciudad de Medellín, y sin que el torneo hubiera sido formalmente organizado.

En Bogotá, una lluvia incesante espantó a los aficionados, y en las pantallas que colocadas en los puntos más concurridos de la ciudad, apenas un par de decenas de personas miraban cobijados por sus paraguas. La inauguración, ese mismo viernes pero más tarde, tampoco congregó a multitudes.

La temperatura se elevó el sábado. Desde el mediodía, grupos de colombianos lucían la camiseta de nacional por las calles de Medellín. Aunque a la hora del partido, la Zona Rosa, con la mayoría de los restaurantes, bares y discotecas de la ciudad, era un hervidero de jóvenes, la mayoría de los bares sólo mostraban las imágenes del partido en sus pantallas, sin apagar la música. 

El primer gol del encuentro, en contra del equipo nacional, apenas generó algún coro de lamentos. Una vez que el partido se fue convirtiendo en una lluvia de goles propinada por el anfitrión, el entusiasmo se apoderó de la plaza.

Los expertos deportivos exigen que Colombia llegue al menos a semifinales. La gente común espera que sea campeón. Y aunque apenas en junio el seleccionado colombiano obtuvo el campeonato en el Torneo Esperanzas de Toulon, un torneo que la FIFA no considera oficial, el equipo tuvo una pobre actuación en las eliminatorias sudamericanas de la rama, en donde sólo logró una victoria y cuatro empates en 10 partidos, y perdió la oportunidad de ir a los Juegos Olímpicos.

La esperanza, sin embargo, está viva. La selección protagonizó su primera hazaña el sábado en lo deportivo, pero quizá más que levantar la copa lo que Colombia quiere es cambiar no sólo su imagen internacional, sino la imagen que los colombianos tienen de sí mismos.

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