2024: lo básico dejó de ser opcional
El primer gran cambio se sintió en 2024. A partir de ese año, los nuevos desarrollos que llegaron al mercado tuvieron que cumplir con dispositivos que en otros países se consideran elementales desde hace décadas: cinturones de seguridad de tres puntos, apoyacabezas, sistemas de frenos, vidrios de seguridad y sistemas de retención primaria.
Ese mismo año se volvieron obligatorios dos elementos con impacto directo en la vida diaria del conductor. El Control Electrónico de Estabilidad, clave para evitar derrapes y pérdidas de control, y los anclajes para sillas infantiles ISOFIX o Latch, que mejoran la protección de niños en colisiones.
2025: más pruebas, más escenarios cubiertos
El segundo escalón llegó en 2025 y amplió el espectro de riesgos que un vehículo debe resistir. Se activaron requisitos como el monitoreo de presión de llantas, la evaluación del sistema de dirección en pruebas de impacto, la resistencia del sistema de puertas y la luz alta de freno.
También se incorporaron exigencias específicas para vehículos eléctricos y de gas, anticipando riesgos asociados a baterías, tanques y sistemas de almacenamiento de energía. La seguridad dejó de pensarse solo en motores tradicionales y empezó a adaptarse a la nueva mezcla tecnológica del parque vehicular.
2026: las pruebas más duras
El cierre del proceso llega en 2026 con dos de las pruebas más exigentes a nivel internacional. A partir del 1 de enero, los nuevos desarrollos deberán acreditar la protección contra Impacto Lateral de Poste y la Integridad del Sistema de Combustible.
El impacto lateral de poste es especialmente severo: simula un choque donde la energía se concentra en una superficie muy reducida. Ahí no hay mucho margen para errores de diseño. La integridad del sistema de combustible busca evitar fugas que puedan provocar incendios tras un accidente, uno de los escenarios más letales.
¿Esto encarece los autos?
La pregunta es inevitable. Incorporar más pruebas y más sistemas no significa que el precio suba peso por peso con cada nuevo requisito. En la práctica, los costos se diluyen en plataformas, volúmenes y ciclos largos de producción.
Las marcas reconocen que la tecnología —no solo en seguridad, también en conectividad y equipamiento— ha influido en los ajustes de precio entre años modelo. Pero esos cambios responden a una combinación de factores: inflación, tipo de cambio, renovación de versiones y, sí, mayores estándares de seguridad. Rara vez un solo dispositivo explica un aumento por sí mismo.
Además, cuando un sistema se vuelve obligatorio en varios mercados, su costo unitario tiende a bajar. Lo que al inicio fue una inversión relevante se absorbe con la producción masiva.
El impacto tampoco es igual para todos los fabricantes. Las plataformas globales que ya se venden en mercados con regulaciones estrictas hicieron ajustes marginales. En cambio, los desarrollos pensados para mercados emergentes tuvieron que invertir más en ingeniería y validación.
Más seguridad, menos margen para competir solo por precio
A medida que el piso regulatorio se eleva, competir únicamente por precio se vuelve más difícil. La seguridad empieza a ocupar un lugar más claro en la narrativa comercial y en la decisión de compra, aunque no siempre se anuncie en letras grandes.
La NOM-194 no elimina los riesgos en carretera, pero sí redefine las reglas del juego. Lo que antes dependía de la “buena voluntad” del fabricante hoy es una obligación regulatoria.
Con la entrada en vigor de las últimas pruebas en 2026, México cierra una etapa de actualización largamente postergada. Para el usuario, el cambio es menos espectacular que un nuevo diseño o una pantalla más grande, pero mucho más relevante cuando realmente importa: en el momento de un accidente.