Una red que ya es global
Basta mirar un mapa para dimensionar el alcance de esa expansión. Starlink ya presta servicio en 167 de los 195 países del mundo, según el primer informe financiero de la compañía correspondiente al segundo trimestre de 2026.
Su crecimiento se sustenta en acuerdos comerciales con gobiernos y sectores estratégicos como el militar, aeronáutico y marítimo, al tiempo que su conectividad se utiliza para actividades productivas y para operaciones críticas, desde la atención de emergencias y desastres naturales hasta las comunicaciones en zonas de conflicto.
Esa dependencia es precisamente la que comienza a generar preocupación entre especialistas. Fermín Romero, presidente de la Fundación Acercándote al Universo (FAU) y especialista en política espacial, consideró que los gobiernos, como México, sostengan una alta dependencia de los servicios satelitales de Starlink no es recomendable, ya que, al tratarse de servicios críticos, en un momento de conflicto podrían quedar desconectados o bien no contar con soberanía en términos operativos y de información.
El poder de desconectar
El antecedente de Ucrania mostró que esa preocupación no es únicamente teórica. En el pasado, Elon Musk se negó a activar Starlink para apoyar una operación ucraniana cerca de Crimea, una decisión que evidenció hasta qué punto una empresa privada puede tener capacidad de decisión sobre una infraestructura de comunicaciones utilizada en un conflicto.
“Desgraciadamente se está optando por depender de servicios de terceros, como Starlink, en lugar de invertir en el desarrollo de la propia industria”, lamentó Romero.
El debate comienza a adquirir una dimensión mayor. La GSMA, asociación que agrupa a operadores de telecomunicaciones de todo el mundo, entre ellos América Móvil, AT&T y Telefónica, aseguró que la expansión de redes satelitales como Starlink obliga a los gobiernos a replantearse la soberanía sobre una infraestructura que opera más allá de sus fronteras.
La soberanía llega al espacio
A diferencia de las redes tradicionales, las constelaciones de satélites de órbita baja pueden ofrecer conectividad directamente a los usuarios sin depender necesariamente de un operador de telecomunicaciones.
Ese nuevo modelo plantea vacíos regulatorios sobre cómo un Estado garantizar que una red que presta servicio dentro de su territorio también cumple con sus leyes de seguridad, privacidad y protección de datos.
“Europa lidera este análisis con operadores y gobiernos que buscan un mayor control sobre las infraestructuras de comunicaciones críticas para reducir su dependencia de los ecosistemas tecnológicos de Estados Unidos y China”, explicó la GSMA en su estudio Satélites y redes no terrestres: SpaceX apunta a las estrellas.
La disputa por el futuro de la conectividad satelital también se convierte en una disputa por quién controla los datos y las comunicaciones cuando la infraestructura que las sostiene está fuera de las fronteras nacionales.