Desde una perspectiva estrictamente empresarial, el avance de Starlink en el mapa global resulta difícil de ignorar. Mientras la cercanía de su fundador, Elon Musk, con el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anticipaba un posible desgaste mediático y comercial, el servicio de internet satelital no solo resistió el ruido político, sino que aceleró su expansión y consolidó su posición como uno de los jugadores más relevantes del sector espacial.
Musk se ha convertido en uno de los empresarios más ricos del mundo, pero también en uno de los más influyentes por su proximidad con figuras políticas de alto nivel. Durante la administración republicana, su papel al frente del Departamento de Eficiencia Gubernamental lo colocó en el centro del debate público, con efectos que parecían inevitables para sus compañías.
Las señales iniciales no fueron alentadoras. Países como Polonia, Canadá e Italia suspendieron acuerdos o negociaciones para adquirir servicios vinculados a empresas de Musk, en un contexto de cuestionamientos sobre la mezcla entre intereses públicos y privados.
En otros momentos, este tipo de fricciones diplomáticas habría bastado para frenar la expansión de una empresa tecnológica con ambiciones globales. Sin embargo, ocurrió lo contrario. Starlink no solo mantuvo su ritmo de crecimiento, sino que lo aceleró.