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Nuestras Historias

Carreño digital

Nosotros, sin saberlo, violamos la privacidad de nuestros contactos de correo electrónico. Es hora
mar 20 septiembre 2011 02:55 PM

¿Abriría la puerta de su casa sin antes verificar quién toca? ¿Estaría de acuerdo que su dirección y número de teléfono anduvieran de mano en mano y en poder de desconocidos, sin protestar y exigir que se respetara el carácter confidencial de dichos datos? ¿Permitiría que cualquier extraño leyera su correspondencia? Con este asunto de la marcha contra la inseguridad y, con sus antecedentes y sus secuelas en los llamados a la acción y a la toma de conciencia ciudadana, parte de mi atención se concentró en un aspecto fundamental sobre los usos y abusos de la comunicación vía e-mail o mensajero instantáneo. Me refiero a la manera en que nosotros, sin saberlo y sin intención, violamos la confidencialidad de datos que tenemos en nuestro poder.

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Concretamente, quisiera señalar la forma incivil y del todo irresponsable como se reenvían mensajes en cadena. Con frecuencia se copian estos mensajes a nuestros conocidos de manera abierta, sin proteger la identidad de los receptores y además se reproduce el texto del mensaje de manera íntegra, incluyendo las direcciones de los anteriores receptores. Sin saberlo y sin quererlo, quienes actúan así alientan y alimentan a los generadores de correo chatarra, además de que cometen una indiscreción terrible pues exponen en parte la identidad de amigos, familiares y conocidos. Pero ayudar a la generación del correo basura quizá sea la menos grave de las faltas.

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Hace falta escribir un breve Manual de Carreño que insista sobre las reglas de la etiqueta digital y deje en claro lo que se debe y no hacer en un mundo conectado por redes, donde todos tenemos la oportunidad de actuar con impunidad y de forma anónima. No me opongo de forma ciega a los correos cadena, pero considero que quien los mande debe respetar ciertas reglas. Propongo tres, que me parecen más o menos elementales para no generar ni ayudar a generar correos chatarra.

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La primera. Agregar en forma oculta a los receptores (utilizar para ello el campo BBC del cliente de correo). Mi prima en Saltillo, por ejemplo, no tiene porqué enterarse quién más recibe cierto mensaje en cadena; y nada me asegura, por otra parte, que ella a su vez no habrá de reenviarlo a otra persona quien, sin escrúpulos, utilizará esas direcciones para inundar nuestros correos con spam.

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Segunda. Al reenviar, copiemos sólo el mensaje, sin las direcciones de los anteriores receptores. Si cada quien cumple con la primera regla, esta segunda sería superflua; sin embargo, vivimos en un mundo que dista mucho de ser perfecto.

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Tercera. Nunca incluir en ningún e-mail colectivo datos confidenciales como direcciones físicas, números de teléfono o (peor) números de tarjetas de crédito. Es irremediable manejar a veces este tipo de datos en nuestras comunicaciones, pero siempre es recomendable mantenerlos al mínimo, sobre todo en lo que a plásticos se refiere.

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En el caso de los programas de mensajes instantáneos, llamo la atención sobre una función que éstos tienen: es posible comunicarle a los demás si estamos en línea, ocupados o lejos de nuestra PC. Para notificar esto los mensajeros tienen una opción de estado para que los contactos conozcan nuestro estatus. Siempre es deseable que los demás respeten nuestro tiempo y nuestra disponibilidad. Abrumar con mensajes instantáneos a una persona que aparece como “ocupada” es como entrar a una habitación sin antes tocar a la puerta.

*Periodista independiente, especializado en temas de tecnologías de información. Para cualquier pregunta, sugerencia, crítica o reclamo puede dirigirse a la dirección electrónica: apuertas@expansion.com.mx

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