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Esta empresaria es víctima del regreso de las sanciones de EU a Irán

Leila Daneshva luchó por hacerse un hueco en un mundo dominado por hombres en Irán y estaba alcanzando el éxito con la ayuda de una inversora europea, hasta que Trump se interpuso en su camino.
Retos y ventajas
Retos y ventajas Ser una mujer emprendedora en Irán es un camino cuesta arriba, pero ofrece algunas ventajas, todos te recuerdan. (Foto: AFP/Atta Kenare)

Luchó por hacerse un hueco en un mundo dominado por hombres para convertirse posiblemente en la primera mujer industrial de Irán y estaba alcanzando el éxito con la ayuda de una inversora europea, hasta que Donald Trump se interpuso en su camino.

Cuando Leila Daneshvar era niña, solía sentarse en el suelo del taller de su padre y pedirle pequeñas tareas.

"Era mecánico y yo me divertía mucho cuando estaba en el garaje con él", cuenta a la AFP.

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"Pero en esa época no había carreras mecánicas en Irán, así que fui a un instituto en India. Incluso allí era la única chica de mi promoción, de 139 estudiantes. Fue un momento difícil".

Pero perseveró. Y en la actualidad, con 37 años, dirige su propia compañía en Irán, fabricando equipamientos de movilidad para hospitales y personas mayores.

"Fui a Europa y vi que las personas con discapacidad llevan vidas independientes, felices. Deseé que mi gente tuviera esos equipamientos y pensé: 'Esto no parece complicado. Soy ingeniera mecánica, puedo hacerlo'".

El primer éxito para la compañía, llamada KTMA y que vende bajo la marca "Lord", llegó a principios de 2016, justo después de que el acuerdo que Irán firmó con las grandes potencias sobre su programa nuclear entrara en vigor, comportando el levantamiento de las sanciones internacionales.

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En un par de meses, una inversora sueca, Anna Russberg, aceptó comprar el 25% de la compañía, aportando una valiosa experiencia empresarial y capital.

"Leila tenía fama por la calidad de su producción, algo que prácticamente no se conocía aquí. Pero necesité poner el negocio patas arriba", comenta Anna.

"Funcionó. La gente podría decir que éramos un buen equipo. Ambas respetábamos los conocimientos de la otra. Ella es la ingeniera, yo soy la empresaria".

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Ser mujer en el mundo empresarial iraní, muy patriarcal, podría ser complicado, pero también supuso una ventaja.

"Llevar el hiyab es complicado cuando eres una fabricante. Tienes que subirte a cosas, pasar por debajo de otras", dice Leila, riendo.

"Pero ser mujer tiene sus ventajas. Todo el mundo te recuerda".

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A lo que Anna agrega: "la gente no sabe cómo tratarte exactamente, lo que resulta útil en las negociaciones".

'Me parte el corazón'

Las cosas parecían ir para adelante: los bajos costes de producción hacían que pudieran fijar precios cinco veces inferiores a las de firmas extranjeras y que los salarios pudieran duplicarse cada año, además de la firma de un contrato importante con hospitales cataríes.

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Pero entonces apareció Trump.

Incluso antes de que retirara a Estados Unidos del acuerdo nuclear, las constantes amenazas del presidente estadounidense de volver a implantar las sanciones tuvieron un efecto nocivo en el comercio.

En poco tiempo, se volvió complicado importar materias primas, especialmente acero inoxidable.

"Ya teníamos problemas para conseguir materias primas... y ahora es imposible. O bien tendré que cerrar la empresa o seguir con ella pero con precios mucho más altos", explica Leila.

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"Tuvimos que despedir a cuatro o cinco empleados el pasado mes porque no podíamos pagarles el sueldo, y eso me parte el corazón".

Leila vio el discurso de Trump del pasado 8 de mayo, cuando volvió a imponer las sanciones contra Irán, con una mezcla de horror e ira, especialmente cuando dijo que él estaba del lado del pueblo iraní contra su gobierno.

"Eso me puso furiosa. Esas sanciones no son contra el gobierno, son contra la gente. Puedo ayudar menos a la gente con discapacidad, a los ancianos. Nuestro lema era que estábamos dando calidad europea a precios asequibles. ¿Puedo hacer eso ahora? No lo sé".

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Pero Anna hace gala de un optimismo desafiante.

"Irán tiene 10 millones de personas ancianas o lesionadas que pueden utilizar nuestros productos. Con o sin Trump, todavía tenemos un negocio", sostiene.

Pero, sobrevivan o no las empresas a la promesa de la administración Trump de "quebrar" la economía iraní con sus sanciones, lo que está claro es que los inversores como Anna han dejado de llegar a Irán.

El sueño del acuerdo nuclear -que cientos de pequeñas empresas florecerían con el apoyo europeo, forjando buenas relaciones con occidente- ya estaba muerto mucho antes de que Trump sacara a Estados Unidos del acuerdo.

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"Es una verdadera pena. Ser inversor en Irán es una montaña rusa, das un paso adelante y tres hacia atrás. Pero es un país increíble con grandes oportunidades", asegura Anna.

Leila permanece positiva, recordando a su padre, que falleció el mes pasado.

"Cuando me siento débil y cansada... Recuerdo su fuerza", afirma.

"Ya no hay vuelta atrás. Irán enfrenta muchos problemas pero yo aprendí de él que la fuerza está dentro de mí y en mi socia. Cuando creemos que podemos hacerlo, lo hacemos".

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