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La búsqueda de personas desaparecidas en Iberoamérica: una herida aún abierta

Ciencia experimental, ciencia social y sociedad civil confluyen en la misión de resolver los infortunios de quienes todos los días despiertan con la esperanza de localizar a sus seres queridos.
mar 19 julio 2022 05:58 AM
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Búsqueda de personas desaparecidas en México.

Como una herida sin cicatrizar es el caso de las personas desaparecidas en Iberoamérica. Y son principalmente sus familiares quienes han emprendido la misión de sanarla, aprendiendo en el camino principios de identificación de restos humanos.

Se han convertido en expertos que aportan datos a autoridades, organizaciones civiles y científicos involucrados en esta tarea cuyos principales enemigos son el tiempo, el olvido y el cansancio.

Y aunque en la mayoría de las ocasiones no hayan logrado cerrar el círculo de encontrar a las personas desaparecidas, en colectivos ayudan a cumplir con el mismo objetivo a otros compañeros de lucha que viven la misma desventura.

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Aún sin encontrar a ‘Fanny’

Tal es la vivencia de Silvia Ortiz Solís, quien desde 2004 busca a su hija, Silvia Stephanie Sánchez Viesca Ortiz, quien desapareció en las calles de Torreón, Coahuila, desde el 5 de noviembre de 2004, a la edad de 16 años.

El caso de ‘Fanny’, como es nombrada por sus familiares y amigos, es uno de esos círculos inconclusos en que las hipótesis sobre su desaparición van y vienen sin terminar de confirmarse. Trata de personas ha sido una de las líneas de investigación.

Silvia Ortiz, quien en diciembre de 2020 recibió la medalla de la Academia Interamericana de Derechos Humanos (AIDH), de la Universidad Autónoma de Coahuila, en la categoría de acciones extraordinarias en derechos humanos, cuenta en entrevista telefónica la manera en que su dolor no ha sido estéril, sino punto de partida para buscar a decenas de otras personas desaparecidas en México.

“Nos hemos dado a la tarea de iniciar las búsquedas terrestres o de campo por la inacción de las autoridades, porque no veíamos que salieran para nada ni que tuvieran el deseo de encontrar a las personas desaparecidas”.

En 2013, ella y otras ocho personas fundaron Grupo Vida, colectivo que ahora aglutina a 200 integrantes, quienes buscan a sus familiares desaparecidos, de manera independiente. A la fecha, han encontrado 27 lugares positivos de restos óseos, de los cuales 13 siguen inspeccionando con ayuda de especialistas.

“Nuestra labor es buscar, encontrar y señalar, pero no escarbamos, ésa es tarea de los expertos. Apoyamos a antropólogos y arqueólogos que hacen ese trabajo tan peculiar, todo con cumplimiento de protocolos para que se genere la justicia”, comenta Ortiz.

 

La iniciativa desde Perú

Con una visión similar a la de Silvia, Gisela Ortiz Perea, quien ha sido directora de Operaciones del Equipo Peruano de Antropología Forense (EPAF), coordina esfuerzos para lograr la identificación de restos humanos.

Tanto en Perú como en otros países de América Latina, Gisela ha concretado con éxito la identificación de más de 300 restos de personas desaparecidas a causa de dictaduras, terrorismo y delincuencia organizada.

Búsqueda realizada por expertos del EPAF
Búsqueda realizada por expertos del EPAF.

En entrevista telefónica, precisa que el trabajo del EPAF consiste principalmente en la ubicación de los sitios de entierro, exhumación, análisis e identificaciones de los restos humanos encontrados, así como en la recolección de testimonios de los familiares de las víctimas.

Gisela recuerda el caso en que se logró confirmar la identidad de una joven desaparecida en México. Las autoridades ya habían entregado los restos a los familiares, quienes solicitaron el apoyo del EPAF en un sentido de confirmación.

“La familia nos buscó como peritos, entonces hicimos la exhumación en el cementerio para la ratificación de la identidad, que se consiguió a través de un examen de ADN (ácido desoxirribonucleico). Esto sucedió en 2014”.

Aquella joven había desaparecido en 2012, en Nuevo León, apenas tenía 18 años de edad.

La labor de Gisela cuenta con una profunda raigambre vivencial, ya que ella también luchó por encontrar a su hermano desaparecido en Perú.

“Mi hermano era estudiante de la universidad La Cantuta, y desapareció en julio de 1992, a la edad de 21 años, con otros estudiantes más un maestro universitario, ellos fueron secuestrados por militares del Grupo Colina, de la dictadura de Alberto Fujimori”.

Gisela, después de año y medio de búsqueda, logró encontrar los restos de su hermano. Había sido enterrado en una fosa clandestina.

 

La estructura de la búsqueda

Las tareas de identificación siempre parten de información antemortem proporcionada por familiares de las personas desaparecidas. Características físicas y señas particulares son parte de las primeras aproximaciones.

Los pasos siguientes se engloban en el estudio postmortem, desde la exhumación o la recolección de los restos hasta el estudio de los mismos en la morgue o en un laboratorio forense.

Aunque el examen por excelencia es el del ADN, no necesariamente se tiene que llevar a cabo, sobre todo cuando otras pruebas menos complejas pueden también resultar concluyentes.

“No hay que olvidar que la dactiloscopia y la odontología forense también son métodos de identificación basados en datos premortem y postmortem, para después cotejar ambos. Ése es el esquema general”, explica en videollamada, Ignasi Galtés, profesor de medicina forense y legal en la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB).

El nivel de precisión de estos procedimientos es cercano al 100 %, de acuerdo con este académico, por lo que los familiares de los desaparecidos pueden estar confiados de que si se hace la identificación, será certera.

“Pero si se parte de métodos secundarios basados solamente en la recolección de documentos identificativos, ya no se puede dar una cifra cuantitativa de exactitud, pero es posible utilizar expresiones como probable o muy improbable, como se lee en la literatura especializada respecto a las categorías de certeza final para concluir un uniforme”.

 

La herida de la Guerra Civil

Ignasi ha tenido la oportunidad de vivir directamente la identificación masiva positiva de restos, así como su retorno a las familias. Esto en el caso de huesos encontrados de soldados argentinos caídos en la guerra de las Malvinas o de personas víctimas de la Guerra Civil, en España.

“Cuando se hace una exhumación de la Guerra Civil, acuden las propias familias a pie de fosa y ven cómo actúan los investigadores. De esta manera, pueden palpar perfectamente cuál es el sentido del trabajo”.

Si esto es extrapolado al conjunto de una sociedad con gran número de personas desaparecidas a causa de problemas sociales o políticos, sin duda formará parte de "un proceso de curación y de cerrar heridas", de acuerdo con Galtés.

En la búsqueda de personas desaparecidas en España a causa de la Guerra Civil, también se ha apuntado Ángel Rodríguez Larrarte, expolicía jubilado, quien es especialista en investigación criminal. Él trabaja en la Sociedad de Ciencias Aranzadi, organización científica sin ánimo de lucro, entre cuyos objetivos está la aplicación de la antropología forense.

“La metodología que nosotros utilizamos en el trabajo es como si fuera un crimen de hoy, es el mismo protocolo; de manera que si se judicializa el caso, se mantengan las garantías jurídicas”, aclara en videollamada.

Esta observación es aplicable a cualquier trabajo de identificación en el mundo, ya que si no se siguen los pasos del protocolo, las autoridades competentes después pueden acusar a los investigadores de alterar las circunstancias materiales del caso.

Lo primero que debe de realizarse es la fijación de la escena, con tomas de fotografías, inclusive con ayuda de drones, para que las pisadas no alteren la zona de las excavaciones.

Restos humanos clasificados por la Sociedad de Ciencias Aranzadi.JPG
Restos humanos clasificados por la Sociedad de Ciencias Aranzadi.

“Lo más importante es que desde la fosa hasta el laboratorio se hace una cadena de custodia; como si fuera una prueba judicial, cada hueso o resto va en su respectiva caja etiquetada”, enfatiza este expolicía.

De esta manera, se garantiza la trazabilidad de las evidencias físicas, sin que queden cabos sueltos.

“Se puede saber en qué sobre se metió la bala, quién la recogió y quién la recibió, para que nadie diga que se ha puesto el casquillo, siempre con la idea de que el proceso no sea cuestionado por alguien”, ejemplifica Ángel.

Resulta conmovedora la forma en que este especialista forense entró al campo de la búsqueda de personas desaparecidas. Platica que hace 11 años, poco después de haber concluido su ciclo como policía, fue invitado a una exhumación, en España, principalmente para que llevara su perro entrenado para detectar cadáveres.

La tarea resultó exitosa, pues encontraron a los cuerpos. Y ya cuando Ángel se retiraba del lugar, junto con su perro, sucedió el acontecimiento que lo ha inspirado a mantenerse comprometido con la causa.

“Cuando me iba, un señor mayor, de 80 años, quien era hermano de las personas fallecidas me abraza y dice: hasta hoy nadie nunca nos había ayudado, y esa frase me durará en la memoria hasta que me muera; en ese momento dije: hay que ayudar”.

A algunas exhumaciones, agrega Ángel, acuden estudiantes acompañados de su profesor de historia, quien les explica lo que han leído en libros, mientras lo atestiguan con sus propios ojos.

“Y esto es sin buenos ni malos, pues ha habido personas asesinadas de la derecha y de la izquierda. Sucede que hay muchas más de la izquierda, porque la derecha ganó la Guerra Civil y por eso mató a más gente, pero igual si hubiera ganado la izquierda, hubiera sido al revés”.

Porque organizaciones civiles como la Sociedad de Ciencias Aranzadi, en la península ibérica, o Grupo Vida, en México, no hacen búsquedas por ideología, sino solamente por el interés genuino de brindar ayuda a otros seres humanos.

Como un juego de “Adivina quién”

El último peldaño de los estudios suele ser la prueba de ADN. Por su carácter de incontrovertible es muy solicitada por familiares, sobre todo cuando ninguna otra técnica ha servido para concretar la identificación.

Alexa Villavicencio Queijeiro, profesora de genética forense, en la Facultad de Medicina, de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), ha hecho en laboratorio esta prueba para casos sucedidos en el país.

En conversación telefónica, esta académica afirma que una vez que se obtiene una muestra de los restos de la persona desaparecida, se saca el material genético mediante lisis (ruptura de célula).

“Esto significa que se despanzurra todo lo que está dentro de una célula. Luego se hace una serie de pasos para quitar otros componentes celulares, como lípidos y proteínas, todo lo demás que no interesa, con el fin de quedarse solamente con el ADN”.

Una vez que se tiene lista la muestra, se coteja con otras muestras de ADN de los familiares, como padres o hermanos; si se dan las coincidencias suficientes, la identificación es declarada como positiva.

Demostrando su talento como divulgadora de la ciencia, Alexa hace la analogía de esta tecnología de punta con el juego de mesa “Adivina quién”, en el cual se hacen preguntas para discriminar las opciones que no corresponden con el personaje correcto.

“Ese juego se trata de hacer preguntas como ¿tu persona tiene sombrero?, ¿tu persona tiene lentes? o ¿tu persona es mujer? Cuando se hace la prueba genética también se hacen preguntas pero de marcadores genéticos; o sea, de secuencias del ADN”.

Si hay correspondencia en un mínimo de 13 marcadores, de acuerdo con esta profesora de la UNAM, se puede confirmar la relación sanguínea entre las muestras de los familiares y la muestra de los restos de la persona desaparecida.

El éxito de la identificación también depende de la calidad de la muestra, pues cuando ésta procede de restos muy degradados, el cotejo genético se torna complicado. Alexa se vale de otra metáfora para explicar esto.

“Es como un libro al que se le derramó una botella de agua, se puede dejar secar y, finalmente, las hojas quedan arrugadas y el contenido sigue legible; pero si en lugar de la botella de agua, la botella es de alcohol, la tinta se corre y ya no queda legible”.

Lo mismo aplica para la información genética. Entonces si los restos de la persona desaparecida fueron sometidos a condiciones químicas extremas, los marcadores de ADN quedan prácticamente ilegibles.

“Esto se parecería a un libro que le cayó alcohol y luego se le prendió fuego, entonces desaparecerían varios párrafos y no podrían leerse capítulos completos”.

A raíz de los ensayos con bombas nucleares

Existe otro método poco conocido basado en el carbono 14, el cual permite saber no la identidad, pero sí la fecha de nacimiento de la persona a la que corresponden los restos encontrados, con un margen de error de no más de dos años. Sorprendentemente, esto se puede llevar a cabo por el aumento de radiación derivado de los ensayos de bombas nucleares realizados a mediados del siglo pasado.

El carbono 14 es otra versión (isótopo) del carbono más abundante, carbono 12, ambos números se refieren a la masa atómica (suma de protones y neutrones) que dicho elemento tiene en su núcleo.

Dicho isótopo cuenta con 6 protones y 8 neutrones, mientras que el carbono normal tiene 6 protones y 6 protones. De ahí la diferencia entre 14 y 12. Es decir, ambos tienen la misma cantidad de protones y solamente difieren en el número de neutrones.

Con esto en mente, es más fácil entender la relación entre bombas nucleares y aumento de carbono 14 en el mundo. Esto es explicado en entrevista telefónica por Corina Solís Rosales, investigadora del Instituto de Física, de la UNAM.

“El carbono 14 se forma a partir de la captura de neutrones por átomos de nitrógeno en la atmósfera. Es una reacción que se da espontáneamente por los rayos cósmicos o se puede hacer artificialmente. Los ensayos nucleares arrojaron muchísimos neutrones a la atmósfera y generaron esto”.

De acuerdo con esta científica, se trata de una transmutación del núcleo del nitrógeno que, a partir del choque con los neutrones liberados por la bomba, pasa de tener 7 protones y 7 neutrones a tener 6 protones y 8 neutrones; o sea, se convierte en carbono 14.

“Luego ese carbono 14 se combina con el oxígeno y forma el dióxido de carbono (CO2), el cual es absorbido por las plantas y entra en nosotros cuando las comemos”.

Finalmente ese carbono 14 queda fijado en proporciones fijas, registradas en tablas, en el esmalte de los dientes, cuando éstos se forman durante la niñez. Con base en esto, se puede determinar la edad de la persona desaparecida a la que corresponden las piezas dentales estudiadas en laboratorio.

Actualmente, dados los acuerdos internacionales de no ejecución de ensayos nucleares, la cantidad de carbono 14 ha regresado a sus niveles normales. Por este motivo, esta prueba de edad solamente funciona en personas desaparecidas con edades de entre 20 y 70 años, aproximadamente.

“Para hacer el estudio se toma una parte del diente, del cual se elimina todo el colágeno de la dentina, para quedarse solamente con el esmalte. Éste se hace reaccionar con un ácido para que libere el carbono 14 en forma de dióxido de carbono, del que se separa solamente dicho carbono que es medido con la técnica de espectrometría de masas”, explica Solís Rosales, quien ha hecho este procedimiento en su laboratorio de la UNAM.

Es clave mencionar que esta prueba y la de datación de restos arqueológicos con miles de años de antigüedad, también basada en el carbono 14, no son iguales, pues la segunda se debe al decaimiento natural de dicho isótopo y no a su alta concentración a causa de los ensayos nucleares.

La intervención de la ciencia social

De manera complementaria al rigor de la ciencia experimental enfocado en la búsqueda de personas desaparecidas, la ciencia social también ha puesto su aparato interpretativo al servicio del mismo fin.

Un ejemplo de ello es la labor de Édgar Chávez Hernández, quien ha coordinado cursos sobre el tema, en la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Cuajimalpa, en la capital del país.

“Nuestra aportación está en la producción de conocimiento aplicado a la búsqueda, localización y, en su momento, identificación de personas desaparecidas”, puntualiza en entrevista telefónica.

Análisis de contexto y macrocriminalidad, marco legal y normativo, acompañamiento psicosocial, bases de datos y mapas para la búsqueda de personas son algunas de las asignaturas cubiertas.

A dichos cursos no solamente acuden decenas de estudiantes universitarios, sino también familiares de las personas desaparecidas, periodistas, abogados y servidores públicos que desean adquirir más conocimiento para contribuir de manera más eficaz a la solución de este problema.

Todo esto en un contexto de más de 100 mil personas desaparecidas en México, según el Registro Nacional de Personas Desaparecidas o No Localizadas, pero con una cifra no oficial de más de 200,000 personas desaparecidas (muchas de ellas sin denuncia de por medio).

“No debería de ser algo que normalicemos como sociedad, no deberíamos de estar naturalizando que haya hombres y mujeres que estén buscando a sus familiares todos los días durante años”, recalca Chávez.

Es así como se llega a la paradoja final que enfrentan todos los participantes en las búsquedas: abrir el entendimiento a esta realidad, pero con la finalidad de que deje de ser necesario lo más pronto posible, porque en una sociedad justa no tendría que estar abierta la herida de desconocer el paradero de las personas desaparecidas.

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