Por ello, Washington vendió a Irán armas muy modernas, transformando al Ejército Imperial Iraní en la fuerza dominante de la región.
Sin embargo, las tensiones entre Irán y Arabia Saudita comenzaron a crecer de manera exponencial en 1979, después del triunfo de la revolución islámica, que significó el fin del reinado del sha y la instauración de una república islámica liderada por chiitas en Irán.
Desde hace más de 1,000 años, Arabia Saudita e Irán han sostenido posturas opuestos sobre el legítimo heredero del profeta Mahoma, dando origen a la división del Islam en dos corrientes dominantes: el sunismo y el chiísmo, respectivamente.
Como principales exponentes de estas ramificaciones del Islam, Arabia Saudita e Irán han visto influenciada su visión de política exterior. Ambos han formado alianzas con países afines a sus ideologías y, por tanto, han apoyado a grupos rebeldes que favorecen su corriente religiosa.
Al poco de subir al poder, el gran líder iraní, el ayatolá Ruhollah Jomeini, acusó a las monarquías del Golfo de ser gobiernos corruptos, serviles con los estadounidenses, y realizó llamamientos a todos los musulmanes a derrocar a sus líderes.
Entre 1980 y 1988, Arabia Saudita y Kuwait apoyaron al régimen de Saddam Hussein, un sunita, lo que resultó en la muerte de cientos de nacionales iraníes durante la guerra entre Irak e Irán.
Posteriormente, con la invasión a Irak de 2003 y el derrocamiento de Hussein, Arabia Saudita vio con impotencia la instauración de un gobierno chiíta en su frontera norte. La influencia iraní en la región aumentó desde entonces.
En 2011, durante la oleada de protestas conocida como la Primavera Árabe, Irán mostró su apoyo a su aliado Bashar al Assad, presidente de Siria, mientras Arabia Saudita apoyaba a los grupos de oposición, lo que alimentó una guerra civil que se prolongó por más de una década.