Irán complica todavía más el encuentro
La relación de China con Irán añade otro punto de tensión a la visita.
La fastuosa bienvenida preparada para Xi provocó críticas entre los sectores republicanos más duros frente a Pekín, especialmente después de informes según los cuales China proporcionó a Irán información de inteligencia que habría sido utilizada para ataques contra tropas estadounidenses.
El senador republicano Roger Wicker, presidente del Comité de Servicios Armados del Senado, cuestionó el trato que Trump está dando al mandatario chino.
"Nuestro comandante en jefe debe tener presente que su invitado es un dictador brutal, no elegido y opresivo", declaró Wicker.
Desde el gobierno estadounidense, el secretario de Estado, Marco Rubio, defendió el encuentro y señaló que los líderes de las dos principales potencias armamentísticas deben mantener comunicación.
Taylor Rogers, subsecretario de Prensa de la Casa Blanca, también defendió la decisión de Trump y afirmó que el presidente está actuando de acuerdo con lo que considera mejor para los intereses nacionales de Estados Unidos.
Trump también enfrenta presión interna
La visita llega mientras Trump enfrenta problemas políticos internos relacionados con los efectos de la guerra con Irán sobre los precios del combustible.
El escenario ha golpeado su índice de aprobación, que se encuentra en mínimos históricos antes de las elecciones legislativas de noviembre.
En ese contexto, la visita de Xi ofrece al presidente estadounidense una oportunidad para colocar el foco en la diplomacia y en una relación internacional de enorme relevancia para Estados Unidos.
Los presidentes estadounidenses rara vez reciben personalmente a líderes extranjeros en el aeropuerto. Trump ya había realizado un gesto similar cuando recibió en la pista al presidente ruso Vladimir Putin durante su visita a Alaska el año pasado.
Las recepciones de este tipo en Andrews son excepcionales. Entre los antecedentes mencionados están la bienvenida de John F. Kennedy al primer ministro británico Harold Macmillan en 1962 y la de Dwight D. Eisenhower al líder soviético Nikita Jrushchov en 1959.
Así, mientras Washington prepara una recepción de alto nivel para Xi, las conversaciones entre ambos mandatarios estarán marcadas por una realidad mucho más compleja: una tregua comercial que debe prolongarse, una carrera tecnológica cada vez más intensa y diferencias geopolíticas que dificultan que el boato diplomático se traduzca en acuerdos de fondo.