Publicidad
Revista Digital

Síguenos en nuestras redes sociales:

Publicidad

Robo de cadáveres: una estrategia del crimen para intimidar

Pablo César Martínez era guardia de seguridad de un café y murió en una balacera; los presuntos delincuentes robaron su cadáver
mar 14 junio 2011 01:24 PM
robo cadáveres
robo cadáveres robo cadáveres

Pablo César Martínez, apodado Pablote, cuidaba la entrada del Café Iguana como hacía desde casi 16 años en uno de los bares de música rock más arraigados y conocidos de Monterrey, capital del norteño estado de Nuevo León, cuando un grupo de personas armadas empezó a disparar a quemarropa.

Pablo se desempeñaba como jefe de seguridad del establecimiento y murió de los impactos de bala la madrugada del pasado 22 de mayo, junto con Gerardo Fermín Sánchez, un guardia del café, y dos civiles más que no fueron identificados.

Paramédicos de la Cruz Roja metropolitana acudieron al lugar, ubicado en el Barrio Antiguo, una zona del centro de Monterrey donde abundan antros y bares. Justo después de que el personal médico declarara la muerte de los cuatro y ante la presencia de ocho policías preventivos de Monterrey , un grupo armado llegó a la escena del crimen y se llevó los cuerpos de Pablo y de los dos civiles sin identificar.

Sus cuerpos desaparecieron . Pablo estaba casado y tenía dos hijos pequeños, en junio cumpliría 16 años al servicio del negocio y, por esa razón, era considerado entre la comunidad rockera de Monterrey como un símbolo del Café Iguana.

La tarde del 22 de mayo, el vocero de Seguridad de Nuevo León, Jorge Domene Zambrano, sólo reconoció públicamente la muerte de Sánchez, el guardia que cayó esa misma noche, porque aseguró que no había pruebas físicas que determinaran la muerte de los demás.

El suceso continuó un fenómeno que se ha presentado en Nuevo León desde 2010 y que empezó a ser más visible con la breve desaparición del cadáver del animador de televisión local, José Luis Cerda Martínez, La Gata , en marzo pasado.

Publicidad

“Es una estrategia para evidenciar a las autoridades que no tienen el tiempo para llegar adonde está el problema. La delincuencia tiene inteligencia y organización, mientras que las autoridades actúan de manera reactiva y no proactiva”, dice Alicia Villarreal González, ex funcionaria federal con casi 26 años de experiencia en temas de seguridad pública y privada.

La ex funcionaria del Centro de Investigación y Seguridad Nacional (CISEN) y ex directora de Aplicación a la Normatividad de 1999 a 2001 de la extinta Policía Federal Preventiva (PFP) explica que los caídos no necesariamente están involucrados con el crimen organizado, sino que en ocasiones los delincuentes roban los cuerpos para demostrar fuerza y capacidad a sus rivales.

“Es para manifestar su autoridad, el poder que tienen sobre los cuerpos policiacos o sobre la sociedad, llevándose a los caídos. Eso incrementa el sentido de inseguridad y temor en los ciudadanos”, sostiene por su cuenta Jesús Castillo López, psicólogo social y presidente de la Asociación de Psicólogos Profesionales de Nuevo León.

El Café Iguana fue inaugurado por Rodrigo Ríos, actual dueño del negocio, y dos socios más el 9 de mayo de 1991. Inició como una galería de arte alternativa, hasta que en 1995 se convirtió en un antro de rock.

Desde la muerte de Pablo, Ríos anunció el cierre indefinido del lugar. Su muerte llegó a poco más de dos semanas de que el Café Iguana celebrara sus 20 años con una serie de 14 eventos gratuitos, que incluirían conciertos de bandas de rock que se dieron a conocer en el bar.

La iguana moribunda

Con la desaparición del cuerpo de Pablo, también lo hicieron las esperanzas de que el café vuelva a abrir sus puertas a los músicos, clientes y miles de jóvenes que asistían a uno de los antros clásicos de Monterrey. Sólo queda el recuerdo de aquel querido practicante de artes marciales y contador de chistes conocido como Pablote.

“Primero de cliente, luego de músico y después de amigo lo conocí, desde que no me dejaba entrar al bar”, recuerda Ahui Vázquez, integrante de la banda de rock Tornasol. “Nos cuidaba mucho, como jefe de seguridad y la relación como amigos era impecable”.

“Era una persona amante de su familia, ligada al rock, ligada al ejercicio, al deporte. Era muy respetado en este lugar y nadie se atrevía a levantarle la mirada, a hablarle mal, por eso toda la gente que venía aquí nos sentíamos protegidos con él”, continúa Vázquez, quien se enteró de la muerte esa noche.

“Me sentí muy mal, al siguiente día le dediqué unas lágrimas, pero no había nada que hacer”, dice Zar González, integrante de la banda de rock Zar, quien conocía a Pablo desde hacía 15 años en el ámbito musical de Monterrey.

Esa madrugada, González también se enteró de la muerte de Pablo antes de dormir: “Se dedicaba al 100% a cuidar a la gente en el Café Iguana. No era una persona de conflictos, lo que sí tenía era mucha estatura y era bueno para los golpes. No se dejaba de nadie”.

El alcalde de Monterrey, Fernando Larrazabal Bretón, anunció el día de la balacera que los ocho policías que no impidieron la desaparición de los tres cadáveres fueron suspendidos. La Agencia Estatal de Investigaciones (AEI) de la procuraduría local los buscó, pero ya no los encontró.

Más música y menos balas”

Cerca de las 00:20 de la madrugada del 22 de mayo, las balas resonaron afuera del Café Iguana y una multitud de jóvenes saltó la valla que separaba al público del escenario del bar, donde tocaba el músico DJ Juice Beat.

El 23 de mayo, con la herida aún abierta, músicos, clientes del negocio, medios independientes que promueven el rock y miembros de asociaciones civiles se manifestaron afuera del antro para repudiar la creciente violencia en el estado. Policías municipales irrumpieron la protesta por una supuesta denuncia de que había personas armadas.

Después surgió una convocatoria en la red social Facebook para una manifestación pacífica en memoria de Pablo, que se llevó a cabo el pasado 26 de mayo y en la que cerca de 1,000 personas se congregaron afuera del café para colocar veladoras, pancartas, flores y realizar oraciones.

Más música y menos balas”, rezaban las frases en los carteles instalados en la fachada antigua del bar, mientras la repetían al unísono cientos de personas.

Para mayo de 2011 se habían denunciado 737 homicidios dolosos en Nuevo León, es decir, más del 61% de los que ocurrieron en el mismo periodo en 2010, de acuerdo con estadísticas de la procuraduría del estado.

Publicidad
Publicidad