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OPINIÓN: El caso DSK expone las brechas entre las feministas

Lucy Wadham expresa su inconformidad con el trato dado a Strauss-Kahn, pese a que fue acusado por abuso sexual
jue 01 septiembre 2011 02:44 PM
Strauss-Kahn - Anne Sinclair
Strauss-Kahn - Anne Sinclair Strauss-Kahn - Anne Sinclair

Nota del editor: El libro de Lucy Wadham, "La vida secreta de Francia", está disponible en Amazon. Su blog, la vida secreta de Francia , ayuda a los lectores anglosajones a descifrar la visión francesa del mundo.

(CNN)  Aunque siempre me he considerado feminista, fui, en los días subsecuentes al arresto de Dominique Strauss-Kahn (DSK), incapaz de unirme a la hermandad femenina en el acto de condenar a un hombre –a pesar de su dudoso pasado moral– por el crimen de intento de violación antes de que en verdad hubiese sido encontrado culpable.

Habiendo escrito un artículo que intenta explicar el escándalo francés en el “‘perp walk’ o toma de fotos por los medios de un arrestado en un lugar público” y la vergüenza pública de alguien que en teoría es inocente hasta que se pruebe su culpabilidad, esquivé las críticas y observé el caso desarrollarse ante el silencioso desconcierto de que mis propias opiniones pudieran no estar de acuerdo con aquellas de mis compañeras periodistas en Gran Bretaña y los EU.

¿Me he vuelto nativa?, me pregunté. ¿He sido corrompida por el liberalismo francés?

No me considero como una libertina. Creo en la prudencia de la monogamia en favor de una felicidad óptima, y pienso que la transparencia en una relación es una meta deseable. Sin embargo, no subestimo la dificultad del matrimonio y rechazo juzgar a otros que fallan por cumplir dichos estándares.

También acepto la noción de que es posible ser feliz en lo que solemos llamar “un matrimonio abierto”, y aunque tal no sería mi elección, me rehúso a juzgar a otros si la toman como suya.

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Conociendo, como lo hice, la reputación de DSK como un depredador sexual y mujeriego, no estuve interesada por él, incluso antes de que fuera a EU y dudo de que hubiera votado por él, pero aún me siento intranquila por ver todos esas pancartas afuera de los tribunales el día en que fue liberado , o del grito abusivo de: “DSK, eres un enfermo bastardo y tu esposa lo es aún más”.

Claramente tengo poco estómago para la cacería de brujas, dado que también estaba impactada por una columna que apareció en el periódico inglés Daily Telegraph, la cual atacó a la sufrida esposa de DSK, Anne Sinclair, por la decisión de apoyar a su marido. La diatriba de Allison Person fue nombrada “Cuando el perdón va un paso mucho más lejos”.

“El perdón es bueno”, escribe Pearson. “Aun así, el espectáculo nauseabundo de la heredera y periodista francesa Anne Sinclair, al apoyar a su marido, Dominique Strauss-Kahn, establece un nuevo mínimo. El ex director del FMI pudo haber sido absuelto de intento de violación en contra de una camarera de hotel, pero ¿hay alguien que pueda ver a ese arrogante gorila sin estremecerse? Ugh…  Qué vergüenza de su esposa indulgente".

¿Por qué esta mujer siente que tiene el derecho de condenar a la pareja de tal forma? ¿Qué hay en nuestra cultura que nos hace juzgar tan rápido, e igual de rápido culpabilizar? ¿Estamos todos tan libres de culpa que podemos ser tan críticos cuando nuestras figuras públicas resbalan del camino de la rectitud moral?

Creo que la respuesta recae en nuestra herencia protestante. La práctica católica de la confesión dio al pecado un lugar inevitable en la existencia humana. Al abolir la privacidad de la confesión y al hacer la congregación el único árbitro moral fuera de nuestra propia conciencia, allanamos el camino para una sociedad en la que los medios han reemplazado a la congregación en un persecución interminable del voyeurismo moral.

Nadie en Francia subestima el horror que produce el delito de violación. Agnes Poirier –una periodista francesa que vive en Londres cuya ingrata tarea se ha convertido en explicar su nación rival al resto del mundo– señala que “es el cambio (de la pasión) hacia la coerción lo que convierte a un acto sexual en un asunto público. Si éste se da bajo el consentimiento de dos adultos, este permanece como un acto privado”.

Envalentonadamente llega a insinuar que engañar a tu esposa no te hace automáticamente incapaz de cumplir tu trabajo, añadiendo, “pero entiendo que este argumento es imposible de comprender para la mayoría de los estadounidenses y británicos”.

¿Por qué imposible? Seguramente todos podemos estar de acuerdo en que el sexo es una cuestión complicada, que el placer de un hombre o de una mujer es una pesadilla para otro u otra, y que juzgar a los demás conlleva el riesgo de ser nosotros mismos juzgados.

¿Probará este caso lo peligroso que son estos juicios llevados a cabo por los medios de comunicación? Todos creemos que en Nafissatou Diallo está la víctima perfecta. Ella era pobre, negra y mujer. Strauss-Khan era rico, blanco y hombre. Era una obviedad. Y aún estamos aquí con una mujer deshonesta como para que el caso haya sido desechado por un abogado de distrito cuyo interés era ver un proceso judicial.

Como escritora y comentarista francesa, Elisabeth Levy destaca que no sabemos lo que sucedió entre esas dos personas en la habitación del hotel. Y el juez de distrito, Cyrus Vance, fue lo suficientemente valiente como para admitir eso, incluso bajo el riesgo de arruinar sus posibilidades de ser reelegido.

Levy continúa en condenar la lógica confusa sobre la que Strauss-Khan tuvo que haber violado a Diallo dado que él públicamente confesó haber engañado a su esposa. “En otras palabras”, escribe Levy, “todos los hombres adúlteros son violadores. Me imagino, queridos hombres lectores, que algunos de ustedes podrían empezar a sentirse un poco incómodos…”.

Levy es lo que denominaría como una feminista de la vieja escuela quien, como yo, lamenta las batallas que ahora se entablan en nombre de la igualdad.

Pera el caso de Strauss-Khan ha descubierto la brecha, no entre hombres y mujeres, sino entre las antiguas y las nuevas feministas. Las feministas de la antigua escuela, desde Genevieve Clark hasta Erica Jong, creyeron que la meta era la liberación sexual y política de las mujeres, no la subordinación política y sexual de los hombres.

No puedo aceptar la idea de que la feminidad automáticamente implica la victimización, ni creo tampoco que sea una situación deseable el que las mujeres vean a los hombres como sus enemigos.

El hombre que odia las diatribas de mis colegas féminas no es más que por puritanismo disfrazado, y sospecho que nuestras antepasadas feministas se desmayarían por el clima inquisitorio que parece dominar hoy las relaciones entre los hombres y las mujeres. 

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