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OPINIÓN: Sin diplomacia, las sanciones contra Venezuela fracasarán

Shannon K. O'Neil escribe que Estados Unidos tiene que adoptar una postura más firme ante las amenazas de Maduro contra los derechos básicos de los manifestantes venezolanos.
Castigo a Venezuela
Castigo a Venezuela Como ha pasado con Cuba, las sanciones, por sí solas, no servirán para frenar la corrupción del gobierno ni para impedir que se cometan injusticias contra los pobres. (Foto: UESLEI MARCELINO/REUTERS)

Nota del editor: Shannon K. O'Neil ostenta la beca de investigación de estudios latinoamericanos Nelson and David Rockefeller del Consejo de Relaciones Exteriores de Estados Unidos. Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivas de su autora.

(CNN) — A pesar de las condenas de 40 países e incluso del papa, el partido gobernante de Venezuela instaló su nueva Asamblea Constituyente el pasado fin de semana. Al designar como presidenta a la exministra de Relaciones Exteriores, Delcy Rodríguez (seguidora leal del presidente Nicolás Maduro), la asamblea se centró en los esfuerzos por sofocar cualquier disidencia, en comenzar las deliberaciones para socavar a la legislatura controlada por la oposición y en reestructurar al gobierno.

El gobierno actuó rápido para consolidar su control autoritario, despidió a los trabajadores del Estado que no votaron, castigó a lo que queda de la prensa independiente, despidió a la fiscal general, Luisa Ortega (famosa por su franqueza), y arrestó a varias personalidades de la oposición.

En vista de que Venezuela desciende hacia el autoritarismo total, cierra todo espacio para la oposición política y amenaza el derecho básico de expresión y los derechos humanos, Estados Unidos debería apresurarse a hacer más.

En los días previos a las elecciones ilegítimas de Venezuela, Estados Unidos prometió tomar "medidas firmes y expeditas contra los arquitectos del autoritarismo". A pesar de que Donald Trump, presidente de Estados Unidos, anunció el viernes 11 de agosto que consideraría intervenir militarmente , sus reacciones iniciales han sido sorprendentemente suaves. Lo único que hizo fue sumar a Maduro a la lista de personas non gratas, entre las que están Robert Mugabe de Zimbabwe; Kim Jong Un, de Corea del Norte, y Bachar al Asad, de Siria.

Maduro respondió con burlas y con un indudable alivio. Recurrió a la radio venezolana para burlarse de Trump y provocarlo a "imponer más sanciones", como lo hizo cuando dijo: "no hago caso de las órdenes del imperio, ni ahora ni nunca". Mientras tanto, PDVSA, la petrolera estatal de Venezuela, siguió enviando discretamente alrededor de 700,000 barriles de petróleo al día a las refinerías estadounidenses de Texas, Louisiana y Mississippi, lo que representó para el conciliábulo de Maduro más de 150 millones de dólares en efectivo tan solo la semana pasada.

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Ciertamente, Estados Unidos tiene que tomar medidas más severas que las sanciones diversas que le ha impuesto a Venezuela. Puede expandir la lista de individuos sancionados e incluir a los miembros de la nueva Asamblea Constituyente y a otros personajes, congelar sus bienes, prohibirles la entrada a Estados Unidos e impedirles hacer negocios con ciudadanos estadounidenses. Esto sería un obstáculo para el ostentoso estilo de vida de la élite: no más surf en Bondi Beach, Australia; no más estudios en la Sorbona, no más vacaciones espléndidas como las que los supuestos príncipes y princesas bolivarianos revelan en las selfies que publican en internet.

Sin embargo, la expansión de las sanciones individuales servirá de poco para que las cosas cambien en el terreno.

Estados Unidos podría prohibir la venta del crudo ligero y los diluyentes estadounidenses que Venezuela necesita para sacar su crudo más pesado, procesarlo y dejarlo apto para la exportación. Esto interrumpiría temporalmente la producción mientras el país sudamericano encuentra otras opciones.

Lee: EU analiza pegarle a Venezuela donde más le duele, el petróleo

Una medida de mayor peso sería interrumpir el flujo de dinero y petróleo entre Venezuela y Estados Unidos. Estados Unidos podría negarse a pagarle directamente a PDVSA por el petróleo que envía a las refinerías estadounidenses y crear una cuenta bancaria que solamente permita que el gobierno venezolano use el dinero para comprar alimentos y medicamentos, algo parecido al programa de petróleo a cambio de alimentos de la ONU en Iraq. Es poco probable que Maduro acepte estas condiciones y buscaría otros mercados para sus productos; China, India y Rusia serían los receptores más probables . En el aspecto financiero, Estados Unidos podría prohibirle a Venezuela el acceso al sistema bancario estadounidense, lo que limitaría sus capacidades comerciales y el pago de su deuda. Estados Unidos también podría imponer un embargo total al petróleo venezolano y a los productos derivados.

Estas opciones devastarían lo que queda de la economía de Venezuela y limitarían el abasto de los artículos básicos, ya de por sí escasos. Un embargo petrolero o financiero llevaría al país a la suspensión de pagos de su deuda externa de 100,000 millones de dólares; sin embargo, es poco probable que con esto reviva la democracia de Venezuela. A lo largo de los pasados 70 años, Estados Unidos ha sancionado a más de dos docenas de países: Rusia, Corea del Norte, Cuba, Irán, Siria, Myanmar y Costa de Marfil, entre otros. Ninguna de esas sanciones provocó un cambio político expedito.

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Irán, el ejemplo más reciente y relativamente exitoso del uso de sanciones contra un país rico en petróleo, muestra en dónde están los límites decisivos. Las restricciones se implementaron hace casi una década, durante la presidencia de George W. Bush, y se ampliaron durante la presidencia de Barack Obama; sirvieron para que el Consejo de Seguridad de la ONU y los países de oriente y occidente cerraran filas en términos ideológicos para excluir a Irán de los mercados petroleros, financieros y comerciales. Afectado por el aislamiento diplomático y la recesión económica, Irán se sentó a negociar y a final de cuentas accedió a limitar su programa nuclear. Sin embargo, el ayatola sigue totalmente en el poder.

Lo peor es que Estados Unidos todavía tiene que invertir en diplomacia. La ausencia del mermado Departamento de Estado se sintió profundamente en junio, con la ausencia del secretario de Estado, Rex Tillerson, en la reunión regional de la Organización de Estados Americanos, lo que permitió que fracasara la votación para censurar los actos de Maduro , a pesar de que contaba con el firme respaldo de México, Perú, Argentina, Colombia y otros países. Sin el liderazgo y la influencia de Estados Unidos, muchos países caribeños, como las Bahamas, Barbados, Jamaica y Guyana, se mostraron indecisos y le negaron al organismo multilateral la mayoría de dos terceras partes que necesitaban.

Lee: México y Venezuela: Una relación cada vez más ‘espinada’

Esta falta de diplomacia significa que a Estados Unidos le falta transformar las condenas hacia ciertos países europeos y latinoamericanos en actos concretos que respalden e impulsen las medidas estadounidenses. Además, es mal augurio para cualquier intervención activa en la ONU, ya que Rusia y China seguramente se opondrán a la implementación de medidas punitivas, aunque se los podría convencer, presionándolos, de que es necesario ofrecer ayuda humanitaria.

Mientras las autoridades discuten las sanciones a Venezuela, Cuba sigue siendo la vía más probable y prudente. El embargo contra la isla está a punto de cumplir 57 años, un Castro sigue en la presidencia, el gobierno sigue siendo autoritario y dos generaciones de cubanos crecieron creyendo que Estados Unidos es el culpable de sus penurias económicas y políticas. Implementar sanciones parecidas le daría a Venezuela los mismos argumentos y un chivo expiatorio para la catástrofe que ellos mismos provocaron.

La sombra de Cuba se cierne de muchas otras formas sobre el hemisferio occidental, y separa al resto de la región de Estados Unidos. Un golpe económico generalizado contra Venezuela probablemente moderaría las posturas anti-Maduro de los líderes latinoamericanos y los pecados de Venezuela palidecerán en comparación con los aparentes pecados históricos de Estados Unidos, lo que dificultaría la construcción del apoyo multinacional necesario para que dichas sanciones sean efectivas.

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En principio, Estados Unidos debería enfrentar al régimen venezolano. Es importante obtener el apoyo del mundo para defender a la democracia y también es importante ofrecer ayuda humanitaria para aliviar el inmenso sufrimiento de los venezolanos. Pero el verdadero progreso exige una diplomacia intensa, la construcción de una amplia coalición de países para negar la entrada de los líderes autoritarios de Venezuela a la comunidad mundial, y el apoyo a su pueblo atribulado. Las sanciones son una herramienta, pero no funcionan en un vacío diplomático. Además, no se puede esperar que provoquen un cambio de régimen.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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