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OPINIÓN: Kofi Annan nos protegió de nuestros peores instintos

La idea central de Kofi era que nuestro mundo, tan poblado e interconectado, exige justicia económica, paz y derechos humanos, señala Jeffrey D. Sachs.

Nota del editor: Jeffrey Sachs es profesor y director del Centro de Desarrollo Sostenible de la Universidad de Columbia , Estados Unidos. Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

(CNN) — En todas las generaciones hemos dependido de unas cuantas personas de decencia e inteligencia supremas que mantengan unido al mundo. En la tradición judía, siempre hay 36 tzadikim (justos) sin los que el mundo perecería. Kofi Annan era uno de esos justos, un hombre de inteligencia extraordinaria, decente, cálido y alegre de vivir. Ayudó a evitar que nuestro mundo estallara en mil pedazos o se dividiera implacablemente en ricos y pobres.

Kofi Annan llevó a la ONU al siglo XXI con dos mandatos impetuosos entre 1997 y 2007. Tuve el enorme privilegio de trabajar para Kofi en ese periodo, primero como asesor en un informe económico, luego como director de una comisión de la Organización Mundial de la Salud, y más tarde como su asesor especial en los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) entre 2001 y 2007. Tal vez sobra decir que ver y aprender de Kofi enriqueció enormemente mi vida; hizo eso con todos nosotros.

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La idea central de Kofi era que nuestro mundo, tan poblado e interconectado, exige justicia económica, paz y derechos humanos. Solía decir que no puede haber desarrollo sin seguridad, no hay seguridad sin desarrollo y no hay seguridad ni desarrollo sin derechos humanos.

Él vio que era necesario que el mundo se uniera para poner fin a la pobreza, para acabar con la guerra y para proteger la dignidad humana. Creía que Naciones Unidas era la institución mundial singular que podía respaldar estas ambiciones inmensas y dedicó su vida a crear una ONU para nuestros tiempos. Inspiró a incontables personas, entre ellas yo, a dedicar nuestra vida a la obra de Naciones Unidas.

Kofi abrió la puerta de la ONU a los pueblos del mundo. Aunque la Carta de la ONU comienza, adecuadamente, con las palabras "Nosotros los pueblos", los miembros de la ONU son, de hecho, los gobiernos del mundo. Kofi se aseguró de que los pueblos de todos el mundo consideraran suya la ONU, no solo de sus gobiernos.

Fue defensor incansable de la carta moral de la ONU, la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Llevó a la comunidad empresarial a la ONU a través del Pacto Mundial.

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De forma sumamente aguda, urgente y exitosa, centró la atención del mundo en los más desfavorecidos, como nos obligan las grandes tradiciones morales del mundo. El mayor logro de Kofi para los pobres fue la movilización de las energías mundiales para combatir la pobreza, el hambre y las enfermedades a través de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), que Kofi promovió ante los gobiernos mundiales en la Cumbre del Milenio de la ONU, en el año 2000.

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Los ODM inspiraron a científicos, médicos, agrónomos, líderes comunitarios, académicos, líderes empresariales, trabajadores y jóvenes de todas partes a trabajar juntos para enfrentar el gran desafío de acabar con la pobreza.

Gracias a sus poderes de persuasión, este diplomático mundial consumado incluyó al mundo en su gran misión. La pobreza extrema se redujo rápidamente durante el periodo de los ODM, de 37% en 1990, año que se tomó como punto de partida, a menos del 10% en 2015, año final de los ODM . Gracias a estos avances, los gobiernos del mundo tuvieron la confianza de poner como meta el año 2030 para acabar con la pobreza extrema en el primero de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible que se establecieron en 2015. El legado de Kofi perdura en esta movilización mundial para acabar con el azote de la privación extrema.

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Fui testigo del despliegue total de los poderes de persuasión de Kofi a principios de 2001, cuando trabajamos juntos para establecer un nuevo fondo mundial para la lucha contra el sida, la tuberculosis y la malaria. Kofi hizo un llamado inspirador a la creación del nuevo Fondo Mundial en Abuya, Nigeria, en abril de 2001. Unas semanas después (un parpadeo en términos de políticas públicas), vi por televisión, cautivado y asombrado, cómo Kofi se unió a George W. Bush en el Jardín de las Rosas de la Casa Blanca para que el entonces presidente de Estados Unidos anunciara que su país sería el primero en unirse al nuevo Fondo Mundial. Hasta la fecha, el Fondo Mundial y sus aliados han salvado más de 20 millones de vidas .

Sin embargo, en su segundo mandato, Kofi se enfrentaría a la pesadilla de la guerra de Estados Unidos en Iraq. Después del 11-S, la Casa Blanca de Bush puso en la mira al líder iraquí, Sadam Huseín. Estados Unidos hizo sonar los tambores de la guerra con Iraq con más fuerza en 2002. Kofi le imploró a Sadam que dejara que los inspectores de armas de la ONU revisaran si el régimen había cancelado su programa de armas de destrucción masiva y le imploró al gobierno estadounidense que les diera tiempo a los inspectores. Kofi urgió firmemente a Estados Unidos a que pidiera la aprobación del Consejo de Seguridad de la ONU para emprender cualquier acción militar contra Iraq, como lo exige la Carta de la ONU.

La presión de Estados Unidos sobre Kofi fue casi insoportable. La Casa Blanca estaba decidida a derrocar a Sadam, sin importar las pruebas —o la falta de— y pasando por alto al Consejo de Seguridad de la ONU. La decisión de Estados Unidos de invadir a Iraq, que seguramente se recordará como uno de los mayores fracasos de la política exterior estadounidense, desató varias oleadas de violencia, conflictos, inestabilidad y movimientos masivos de refugiados en todo Medio Oriente y hacia Europa.

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Kofi pagó muy caro su desafío al imperio estadounidense. Cuando declaró que los actos de Estados Unidos en Iraq contravenían el derecho internacional , la reacción de los republicanos prominentes fue expedita e implacable: atacaron a Kofi profesionalmente y trataron de manchar su reputación personal a través de los negocios de su hijo. Los ataques reflejaron lo peor de Estados Unidos, la gran valentía de Kofi y la gran vulnerabilidad de la ONU, que trataba de hacer valer el derecho internacional ante una Casa Blanca ingobernable.

Kofi nunca se jubiló. Por eso es que su muerte es tan desconcertante. No hubo declive físico ni mental, no se retiró ni dejó de trabajar en su vejez. Kofi trabajó incansablemente en todo el mundo, con sus habilidades diplomáticas inigualables, para salvar vidas, paliar conflictos y evitar que la guerra se esparciera.

Con frecuencia se enfrentó a la obstinación de Estados Unidos, como ocurrió en su intento por poner fin al conflicto en Siria, en 2012. En esa ocasión, el gobierno de Obama no aceptó llegar a una solución pacífica , lo que llevó a muchos años más de guerra brutal e inútil.

Kofi Annan nos inspiró y nos protegió a todos… muchas veces, de nuestros peores instintos y de nuestro juicio imperfecto. Nos enseñó el valor incalculable de la diplomacia, del arte de encontrar terreno común escuchando y respetando a los demás. En nuestro tiempo no ha habido un practicante más diestro del arte de la decencia exaltada.

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