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Nuestras Historias

OPINIÓN: Si algo recordamos de 1968 es que México no ha cambiado

En aquellos tiempos se trataba de otro país, sin duda, uno autoritario donde el partido controlaba todo y donde la justicia tenía sabor de política, comenta Marco Morales.
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La generación del movimiento estudiantilfue de las primeras que presenció una movilidad social palpable.

Nota del editor: Marco A. Morales es Investigador Afiliado al Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM). Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivas del autor.

(Expansión) - Días de la inauguración de los primeros juegos olímpicos en México, en 1968, despertamos con la noticia sobre una tragedia en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco. La versión oficial fue que unos agitadores intentaban desestabilizar al país. A nivel internacional la noticia fue clara: el gobierno disparó y asesinó a cientos de estudiantes que se manifestaban. A cinco décadas, tenemos un par de reflexiones.

Primero, el movimiento estudiantil no fue la causa del cambio en México, sino la consecuencia de los cambios que habían comenzado a suceder desde el desarrollo estabilizador proveniente de los años 50. La generación del 68 fue una de las primeras donde hubo una movilidad social palpable. Era la generación de muchos “primeros”: el primer miembro de la familia en acceder a una educación universitaria, el primer automóvil en la familia, el primer refrigerador en el primer departamento o las primeras vacaciones anuales.

En México, al menos, la rebelión de los estudiantes era una rebelión contra la autoridad y las restricciones parentales. Un desafío que, a la larga, terminó en tragedia.

OPINIÓN: A 50 años del 68, ¿qué?

Segundo, el momento con el que recordamos el movimiento estudiantil es la matanza de estudiantes y otros testigos en la plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco; 50 años después sabemos mucho sobre las motivaciones que parecieron motivar la orden desde el Palacio de Covián y Los Pinos: mantener la apariencia de un país estable antes de la inauguración de la presentación del PRI en la sociedad internacional, en la figura de los Juegos Olímpicos.

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Pero seguimos sin saber las respuestas a las preguntas más básicas: ¿Cuántas personas realmente murieron esa noche? Muchos conteos, pero poca evidencia para sustanciar una sola cifra. ¿A dónde llevaron los cadáveres de quienes murieron ahí esa noche? Muchos recuentos sobre camiones que nadie vio a dónde llegaron. ¿A dónde llevaron a quienes aún estaban vivos después de los disparos? Muchas anécdotas, pero sin mayor evidencia adicional. ¿Por qué tan pocos familiares de las víctimas se identificaron?

La mancha negra del 68 es que nunca se presentó a los responsables intelectuales de la matanza ante la justicia. Se trataba de otro México, sin duda, uno autoritario donde el partido controlaba todo y donde la justicia tenía sabor de política.

OPINIÓN: ¿Megaproyectos o elefantes blancos?

La tentación existe para asegurar que el movimiento estudiantil marcó el inicio del cambio en México, pero la realidad es que el país no es tan distinto. Seguimos siendo un país brutalmente dispar en lo económico. Es innegable que la clase media de hoy tiene mejores condiciones que hace 50 años, pero tampoco podemos negar que la distancia entre la clase media y los segmentos más ricos de la población (que incluye a la clase política del país) es mucho mayor que hace 50 años.

Aunado a la disparidad económica está la disparidad en el acceso al poder político. La clase política continúa reciclándose, con apellidos que cambian de partido dependiendo de dónde tienen mejor acceso. Morena es el ejemplo más reciente de este fenómeno, bastante común en países con una disparidad económica como el nuestro.

Si algo debe recordarnos el 68 es cuánto México no ha cambiado.

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