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OPINIÓN: Somos el rostro más visible, evidente y trillado de un souvenir

Atribuir a las redes sociales el impulso de manifestar, a los cuatro vientos, los testigos visuales que buscan reconocimiento al sentido de pertenencia, es erróneo, señala Javier Martínez Staines*.

Nota del editor: Esta columna se publicó originalmente en la edición 1242 de la revista Expansión, ' Los 100 empresarios más importantes de México ' , correspondiente a octubre de 2018.

(Expansión) – Observo con sentimientos encontrados una foto en el museo del Louvre: una multitud se congrega frente al celebérrimo cuadro de La Gioconda, de Leonardo da Vinci. Es un ritual de móviles alzados, incluyendo selfie sticks, para documentar la presencia. La imagen la subió la escritora mexicana Gabriela Solís (@ellaesprufrock en Instagram) y le pone un pie de foto puntual y preciso: “El fenómeno de la gente intentando ver La Gioconda es casi una pieza del museo”.

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Traslademos esta escena a otros museos y palacios históricos de fama y reconocimiento internacional: la Capilla Sixtina, el museo Van Gogh, el museo Picasso, la Casa Azul de Frida Kahlo, etcétera. Pero no lo dejemos ahí. El cuento es igualmente trasladable a ciertos mercados y restaurantes de moda, eventos deportivos y musicales, y demás escenarios de congregación social que tengan esa aura de hacernos ver actualizados, trendies, cool, hips, bohemios, conocedores y demás calificativos que sumen puntos en la escala pública social.

Son verdaderos espectáculos antropológicos. No nos referimos, por supuesto, al acto de tomar fotografías y compartirlas, que puede estar vinculado a nuestro afán poderoso de contar historias, compartir el mundo que nuestros ojos observan. Lo que gobierna, en realidad, nuestra obsesión de meternos en una habitación con un tumulto es la ansiedad de demostrar que tenemos la capacidad de gozar todo aquello que ha sido consignado por otros como relevante.

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Pisar el Louvre sin demostrar que vimos La Gioconda, transitar por Florencia sin hacerle ver a los otros que estuvimos junto al David, de Miguel Ángel, en la Galería de la Academia, equivale a admitir que no estamos interesados en lo que la convención social ha acordado es ineludible.

Somos animales sociales, sí. De ahí que atribuir a las redes sociales nuestro impulso de manifestar, a los cuatro vientos, los testigos visuales que buscan reconocimiento a nuestro sentido de pertenencia, es erróneo. En realidad, lo que estas plataformas nos permiten es expresarlo en tiempo real y a gran escala. Al viajar, por ejemplo, fenómeno tan evidente de expresión social, se volvió innecesario recopilar hallazgos y souvenirs, retornar a los centros de revelado y consignar la travesía en álbumes fotográficos de gran formato.

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El ‘selfie stick’ es cosa del pasado. Ahora llega el ‘selfie feet’

Apple, Samsung, Facebook e Instagram redujeron el proceso a uno solo: toma la foto y súbela. Acto seguido, los “me gusta” y los comentarios serán el termómetro del reconocimiento social a lo que se ha compartido, tema en que nuestra salud mental y emocional contribuye, en mayor o menor medida, a no frustrarnos si esa foto, esa frase o esa respuesta no tienen el eco que nuestro ego pretende lograr.

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No todos los miembros de nuestras congregaciones de amigos y conocidos tienen el tiempo o el gusto compartido por nuestra foto única e indescriptible del séptimo trompo de tacos al pastor, el quinto puente parisino o el cuadragésimo cuarto atardecer que posteamos en las últimas cuatro horas, como para celebrar nuestro ingenio y modo tan único de ver las cosas.

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Sobre todo, cuando lo que hacemos con mayor persistencia es confirmar que sólo somos uno más de los millares de miembros anónimos de un cuarto de museo donde cuelga La Gioconda. Somos el rostro más visible, evidente y trillado de un souvenir.

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* Javier Martínez Staines es periodista y director fundador de ThinkTank New Media. Autor de dos libros y devoto de la gastronomía, los viajes, el yoga, la música, el cine, el whisky, el mezcal y las buenas conversaciones.

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