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OPINIÓN. Francia en su laberinto: reivindicación social o 'crisis de régimen'

Lo que comenzó con una reivindicación puntual fue la chispa que encendió un descontento acumulado por años de políticas de ajuste y recortes que favorecen a los más ricos, opina Pedro Brieger.

Nota del editor: Pedro Brieger es un periodista y sociólogo argentino, autor de más de siete libros y colaborador en publicaciones sobre temas internacionales. Actualmente se desempeña como director de NODAL, un portal dedicado exclusivamente a las noticias de América Latina y el Caribe. Colaboró con diferentes medios argentinos como Clarín, El Cronista, La Nación, Página/12, Perfil y para revistas como Noticias, Somos, Le Monde Diplomatique y Panorama. A lo largo de su trayectoria Brieger ganó importantes premios por su labor informativa en la radio y televisión de Argentina. Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivas del autor.

(CNN en Español) - El mundo mira atónito cómo una protesta que comenzó por Facebook en Francia se ha convertido en una verdadera revuelta que ha obligado al presidente Emmanuel Macron a suspender el impuesto a los carburantes, que debía aplicarse desde el 1 de enero de 2019 y que, hasta hace pocos días, insistía en aplicar.

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La sociedad francesa todavía no logra asimilar la magnitud y extensión de esta protesta social que surgió sorpresivamente, por fuera de las representaciones tradicionales de los partidos políticos y los sindicatos.

Si bien cada situación es diferente, no es casual que para comprender lo que sucede en Francia tantos analistas tomen como referencia a las “primaveras árabes” de 2011, o el llamado movimiento de los indignados del mismo año en España. Y también aparecen las menciones a la revuelta del 19 y 20 de diciembre de 2001 en Argentina, conocida por la consigna “que se vayan todos”, que terminó con la renuncia del entonces presidente Fernando de la Rúa.

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Todas estas revueltas están emparentadas por dos características centrales. Por un lado, nadie las anticipó. Por el otro, su falta de organización centralizada, sin liderazgos en los cánones tradicionales y conocidos. Por ende son movimientos impredecibles.

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Salvo en el caso argentino, en los otros las redes sociales desempeñaron un rol central de difusión y como elemento aglutinador. Ahora, en Francia, de las redes surgen nuevos líderes “naturales” que numerosos medios de comunicación se apresuran a destacar por su propia necesidad de encontrar interlocutores “válidos” que puedan aclarar cuáles son los objetivos de estos movimientos.

Es así como ese país algunos de los “líderes” son simplemente quienes impulsaron la protestas desde sus propias cuentas de Facebook, en un país con más de 30 millones de usuarios de esta red social. Pero así como aparecieron de la noche a la mañana también pueden desaparecer.

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Si se mira con atención, lo que comenzó con una reivindicación puntual fue la chispa que encendió un descontento acumulado por años de políticas de ajuste y recortes que favorecen a los más ricos. Las múltiples reivindicaciones sociales que aparecen en toda Francia llevan a que ya no se hable solamente de protesta sino de “insurrección” o “crisis de régimen”, una frase de una fuerza descomunal en la memoria colectiva de un país que conoció la gran revolución de 1789, que acabó con la monarquía, el conocido “antiguo régimen”.

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El gobierno francés, que minimizó la protesta hasta que le estalló en el corazón de París, se encuentra con que no sabe con quién hablar y mira atónito cómo la revuelta crece día a día. Cada región elige la forma de manifestarse y sus representantes pueden ser una vendedora de cosméticos, un jardinero o un peluquero que trabajan por cuenta propia, y que hablan por sí mismos y por un colectivo organizado desorganizadamente y con numerosas contradicciones. Los une un chaleco amarillo convertido en símbolo de apropiacion del espacio público de manera colectiva.

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Para el gobierno esta representación atípica es un problema real, pero también una excusa para decir que no sabe con quién negociar mientras exigen que digan lo que quieren, como si fueran un partido político o un sindicato con reivindicaciones claras y puntuales.

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El enojo acumulado por años ya no tiene diques de contención por la fractura entre el pueblo y quienes dicen representarlos, y que no parecen entenderlos.

Hace dos años el presidente Macron publicó el libro “Revolution”. Allí las clases populares prácticamente no son mencionadas. Ahora aparecieron y le dijeron “aquí estamos”.

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