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OPINIÓN. 50 días después: el rumbo de la política exterior

En la práctica, más allá de las buenas intenciones en el discurso del Canciller, está el rescate de una idea desenterrada del pasado priista: la no intervención, opina Marco A. Morales.

Nota del editor: Marco A. Morales es Investigador Afiliado al Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM). Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivas del autor.

(Expansión) - Es inevitable preguntarse al inicio de cada administración: ¿existe una visión sobre el papel que México debe jugar en el mundo? No es una pregunta extraña para el tercer país más poblado en el continente, con la cuarta economía más grande, y la más abierta comercialmente en el continente. Incidentalmente, también con una amplísima influencia cultural y de inversiones en la región. Bajo estas y otras medidas, México podría – y debería – ser una potencia regional.

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A 50 días del inicio de la administración López Obrador, la limitada retórica en la materia se reduce a una sola idea: aislar a México del exterior. En la práctica, más allá de las buenas intenciones en el discurso del Canciller, está el rescate de una idea desenterrada del pasado priista: la no intervención.

Nada más preocupante en estos 50 días que la posición asumida por México sobre Venezuela en el Grupo de Lima que termina, en los hechos, respaldando a un gobierno autoritario que ha violentado sus propias instituciones para mantenerse en el poder, que sistemáticamente viola los derechos humanos de sus ciudadanos, y que ha sumido a su país en verdadera crisis humanitaria.

De seguir por este camino, la administración de Andrés Manuel López Obrador avanza en un camino que da la espalda a derechos civiles y políticos fundamentales en el resto del mundo, al amparo de la resurrección de una idea (la “doctrina Estrada”) enterrada en el cementerio del autoritarismo priista y francamente nociva en el mundo contemporáneo. México debiera alejarse de esta doctrina por tres razones.

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Primero

La no intervención no es LA posición histórica de México. La no intervención como “doctrina” es una formulación en tiempos del Partido Nacional Revolucionario (PNR) y adoptada por la dictablanda priista como un pacto tácito con el exterior para permitirse actuar a sus anchas sin supervisión internacional. Es conocida su aplicación selectiva y pragmática cuando así convino al régimen.

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La no intervención no existe incuestionablemente en nuestro ADN. Adoptarla no nos hace mexicanos más puros; simplemente nos lleva de regreso a un pasado autoritario que deberíamos continuar rechazando.

Segundo

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Resucitar la no intervención como doctrina pone a México en compañía de gobiernos eminentemente autoritarios: Rusia, China, Corea del Norte, Siria, Turquía o Venezuela. Lo preocupante no es quién acompaña a México, sino las razones que justifican esta posición entre gobiernos autoritarios: evitar sentar un precedente que pudiera justificar la intervención internacional dentro de sus propias fronteras; por definición, ningún autócrata quiere limites, y mucho menos si vienen de fuera.

Tercero

Las últimas tres administraciones (Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto), en diferentes medidas modificaron posiciones de México abriendo al país al escrutinio internacional, participando de forma más activa en iniciativas que descansan en la presión internacional para defender derechos humanos y democracia en la región. Es paradójico que un gobierno que se autodenomina de “izquierda” quiera revertir esta tendencia.

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¿Por qué debe importarnos esto en el cortísimo plazo?

México, si el gobierno actual no retira su candidatura, compite este año por un asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU (2020-2021). Dadas las acciones en sus primeros 50 días, la gran pregunta es ¿cómo pretende este gobierno utilizar el asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU?

El Consejo de Seguridad tiene facultades para intervenir en un país, y regularmente aprueba misiones para mantener o consolidar la paz con mandatos de protección a civiles o protección de derechos humanos.

El mundo de hoy tiene demasiadas crisis políticas mezcladas con intereses económicos que terminan en violaciones masivas de derechos humanos, como en Siria, la República Democrática del Congo, Yemen, Sudán, Nicaragua. Es ingenuo pensar que estos casos requieren decisiones entre blanco y negro. No actuar, es respaldar explícitamente estos atropellos.

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¿Va a ser México comparsa de Rusia y China para frenar acciones del Consejo que buscan proteger civiles, o derechos humanos? ¿O, como en las últimas dos participaciones, va a asumir posiciones de avanzada dignas de una democracia liberal que comienza a encontrar su lugar en el mundo?

El antecedente de Venezuela sugiere el curso de acción de esta administración. Por donde se vea, sólo una de estas posiciones corresponde con un gobierno de izquierda moderna, y no es la que ha seguido este gobierno en sus primeros 50 días.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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