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OPINIÓN: El juicio de las urnas, ¿freno a la Unión Europea?

En un momento delicado y cuando los signos del malestar son muchos, urge robustecer la “identidad europea” y reconectar el proyecto comunitario con el ciudadano de a pie, opina Rina Mussali.
Elecciones en la Unión Europea
¿Impulso o freno a la UE? La respuesta a esta incógnita deberá guiar los trabajos de los próximos cinco años de la nueva legislatura del Parlamento Europeo que iniciará el 2 de julio y que deberá anclarse directamente a sus resultados, apunta Rina Mussali.

Nota del editor: Rina Mussali es analista, internacionalista y conductora de Vértice Internacional en el Canal del Congreso. Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivas de su autora.

(Expansión) - Contra todo pronóstico, Reino Unido participará en la celebración de las elecciones al Parlamento Europeo del 23 al 26 de mayo. Nadie pensó que los británicos esquivarían la fecha del 29 de marzo para retrasar la salida del bloque comunitario hasta el 31 de octubre o inclusive antes de la instalación de la novena legislatura del Parlamento Europeo. Pese a ello, la despedida de la dupla -Donald Tusk y Jean Claude Juncker- los líderes que dirigieron los destinos de la Unión Europea (UE) serán recordados por una falla mayúscula que marcarán indiscutiblemente su legado: el divorcio entre Londres y Bruselas que selló la ruptura del bloque supranacional europeo. Con todo y ello, los británicos llamados a las urnas deberán elegir a 73 eurodiputados de los 751 que componen la Eurocámara.

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Resulta sintomático que bajo la presidencia semestral de Rumania de la UE se celebren elecciones del Parlamento Europeo bajo el gobierno populista de Viorica Dancila, estas fuerzas extremistas, nacionalistas y nativistas que amenazan desde dentro el establishment europeo, a propósito de modificar el statu quo. La embestida busca frenar la ruta de integración de la UE, enterrar la visión democrática liberal y construir una “Europa soberana de naciones” que degrade el rol del bloque europeo en materia de legislación, fronteras y política exterior rechazando la política colectiva de convergencias, que según sus parámetros ha caído en una franca intrusión.

¿Impulso o freno a la UE? La respuesta a esta incógnita deberá guiar los trabajos de los próximos cinco años de la nueva legislatura del Parlamento Europeo que iniciará el 2 de julio y que deberá anclarse directamente a sus resultados. Todo indica que el mensaje de trabajar por “otra Europa” será aquel que se impondrá con el juicio de las urnas. Esta jornada que se convertirá en una especie de referéndum sobre el desempeño, la eficacia y el estilo de gobernar del bloque comunitario, una unión de 28 países que camina a ritmos dispares, asimétricos y distintas velocidades entre países pequeños y grandes, industrializados y menos desarrollados, centrales y periféricos y bajo su condición de acreedores o deudores. Será la Europa más abierta, tolerante y solidaria la que se enfrente a la Europa más cerrada, xenófoba y portadora de un sentimiento localista y anti-globalización.

En un momento delicado y cuando los signos del malestar son muchos, urge robustecer la “identidad europea” y reconectar el proyecto comunitario con el ciudadano de a pie. A los jóvenes que han mostrado indiferencia y votado poco en las elecciones europeas se les debe recordar que se debe defender la arquitectura institucional europea, pues la democracia no está garantizada y el portafolio de libertades está completamente amenazado con los liderazgos autoritarios. El programa Erasmus, la conexión wifi gratuita en espacios públicos, la libertad de circulación de las personas junto con el combate al calentamiento global son conquistas de la Europa común.

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La Europa volcada por los miedos, identidades y prejuicios ha salido a flote con el brexit, los chalecos amarillos en Francia, la crisis de migración, la alianza del gobierno antisistémico en Italia -la tercera economía del bloque y miembro fundador de la Comunidad Europea del Carbón y Acero-, así como los gobiernos ultraderechistas y extremistas de Hungría y Polonia, entre muchos otros. Precisamente, todo ello sucede cuando el eje franco-alemán, pese a su estrecha cooperación, enfrenta dificultades, pues Emmanuel Macron ha desencantado a su población y la canciller Angela Merkel anunció que no buscará una nueva reelección al frente de la nación germana.

Otra de las grandes incógnitas que se abre en esta cita electoral está relacionada con la correlación de fuerzas al interior de la Eurocámara. ¿Podrán las dos familias políticas más grandes y relevantes retener el voto de la mitad de la población total europea? En 1999 el respaldo ciudadano hacia el Partido Popular Europeo (EPP) y la Alianza Progresista de Socialistas y Demócratas (S&D) fue del 66%, 15 años después con las elecciones europeas del 2014 disminuyó al 55%. Ello inquieta porque las encuestas advierten que las fuerzas anti-europeas arrancarán un tercio de los escaños totales. Debemos recordar que cualquier partido político debe contar al menos con 25 eurodiputados de siete países distintos.

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Esta Europa nacionalista, nativista y xenófoba que se enfrenta a la Europa integracionista, supranacional y comunitaria no ha podido presentar un bloque simple, unitario y homogéneo, porque sus partidos políticos comulgan dentro de las diversas familias políticas europeas. Tampoco han presentado propuestas ideológicamente consistentes debido a las fisuras y divergencias que prevalecen. Italia ejemplifica bien lo que sucede con la alianza de gobierno entre el Movimiento Cinco Estrellas y La Liga: las desavenencias entre el primer ministro Giusseppe Conte y Matteo Salvini, quienes han disentido por cuestiones migratorias y otros asuntos. Sus partidos no están inscritos en la misma coalición europea e inclusive se tratan de partidos competidores.

Bajo el armazón del tercer grupo más importante dentro de la Eurocámara -el grupo de Conservadores y Reformistas (ACRE)- comulgan partidos como Ley y Justicia de Polonia, los Verdaderos Finlandeses y el conservador de Theresa May que contrastan con otra familia política llamada Europa de la Libertad y Democracia Directa que incluye al Movimiento Cinco Estrellas (M5S) en Italia, el Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP), los Demócratas de Suecia (SD) y la Alternativa para la Alemania (AfD), éste último un partido que logró conquistar casi el 13% de la votación total del Bundestag en las elecciones del 2017.

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Adicionalmente cabe mencionar que las elecciones europeas buscan ser influenciadas por Steve Bannon, el autor intelectual del fenómeno Trump. Mediante la conexión tripartita entre el abogado belga Michel Modrikamen, el autor del brexit, Nigel Farage, y el Ministro del Interior del gobierno italiano Matteo Salvini se busca deconstruir el orden liberal europeo que se forjó como producto del fin de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, la Cumbre de Milán –convocada por Salvini- el 8 de abril no dio los resultados esperados: Marine Le Pen y Víktor Orbán se ausentaron, al igual que el partido español VOX, que logró conquistar más del 10% de los escaños en las pasadas elecciones del 28 de abril, bajo su grito nacionalista, antiinmigrante y defensor de la dictadura de Franco.

En el ámbito de la política exterior las contrariedades se ensanchan entre los grupos nacionalistas y populistas. Mientras que Matteo Salvini es partidario de levantar las sanciones contra Rusia por la anexión de Crimea y el apoyo a los separatistas ucranianos, el Partido Ley y Justicia en Polonia promueve una posición anti-Rusia, anti-Kremlin y anti-Moscú por cuestiones históricas.

De esta manera, se espera una Europa más fragmentada, lo que obligará a generar distintas alianzas dentro de la Eurocámara, la consigna que deberá sortear con toda astucia la nueva dirigencia europea.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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