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Nuestras Historias

La nueva economía envejece

¿Qué sucederá entonces con las revolucionarias promesas de las compañías tecnológicas?, cuestiona Francisco Hoyos.
sáb 09 noviembre 2019 07:00 AM
Innovación - apps- aplicaciones - tecnológicas - unicornios
Un par de burbujas tecnológicas y una monumental crisis mundial después, seguimos soñando con esos “unicornios” disruptivos que toman por asalto un mercado que nadie piensa que pueda modernizarse, opina Francisco Hoyos.

(Expansión) – Hace más de dos décadas, América Online (AOL) lanzó una campaña de mercadotecnia en la que regalaba discos compactos con su sistema operativo para abrir fácilmente cuentas de su correo electrónico, la nueva forma de comunicarnos casi de manera instantánea en ese momento.

Afuera de salas de cine, supermercados y hasta en las principales avenidas, jóvenes repartidores entregaban gratis la llave de la nueva comunicación y nos parecía un acto de locura tecnológica que auguraba una nueva era.

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Gracias a ese tipo de tácticas, AOL llegó a un tamaño de valoración tal que, en uno de los movimientos financieros más célebres de la historia moderna, anunció el 11 de enero del 2000 la compra de Time-Warner, un conglomerado de medios tradicionales que era engullido por una novedosa compañía tecnológica y no al revés. El futuro, por fin, parecía haber llegado.

Sin embargo, la empresa que fue considerada el “gigante americano” de los servicios por internet en el mundo cayó en los 10 años siguientes hasta convertirse en una moraleja sobre echar demasiado pronto las campanas al vuelo, sobre todo cuando anunciamos revoluciones financieras.

Un par de burbujas tecnológicas y una monumental crisis mundial después, seguimos soñando con esos “unicornios” disruptivos que toman por asalto un mercado que nadie piensa que pueda modernizarse, lo alteran en su núcleo, y nos vuelven a cautivar con la idea de que avanzamos en el desarrollo de una humanidad con menos problemas y mejores condiciones de vida. Hasta que la economía, y sus reglas tiranas, se imponen de nuevo.

En las últimas semanas tuvimos varios ejemplos. El más sonado, WeWork, la famosa empresa de renta de oficinas integrales, la cual hizo público un acuerdo para que su principal inversionista, Soft Bank, le inyectará cinco billones de dólares adicionales a los 10 y medio que ya había suministrado para tratar de evitar las pérdidas de la compañía.

El arreglo puso en entredicho el modelo de una de las compañías más novedosas que existen, particularmente porque había modificado un mercado -el inmobiliario de oficinas- que parecía no tener demasiadas variantes en su estructura y en su manera de generar ingresos.

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La llegada de las oficinas compartidas, diseñadas para el nuevo trabajador del milenio, no era única, aunque WeWork logró convertirla en un estándar para las y los emprendedores jóvenes, las compañías más atractivas y las firmas tecnológicas identificadas con la idea de “cambiar el mundo”.

No obstante, al llegar el momento de entrar al mercado accionario, tan solo entre enero y octubre, la compañía perdió valor neto de 47 a 7 billones de dólares, lo que prendió las alarmas de los inversionistas, quienes buscaban un retorno de inversión mucho más terrenal y en metálico; la incredulidad provocó la cancelación de una de las ofertas públicas de acciones más esperadas en años recientes y forzó la salida de su fundador, y estrella de la nueva economía, Adam Neumann.

No es el único caso. Uber ha tenido que posponer también su salida a Bolsa con todo lo que implica que la empresa no levante capital mientras batalla en el mundo para convencer a gobiernos, taxistas tradicionales y hasta a sus propios socios, de que no es una compañía obligada a reconocer relaciones laborales y los derechos que ello implica para beneficio de los conductores de su plataforma; lo que es posible que arrastre a sus competidores Cabify y Didi, es decir, al mercado completo.

Ni siquiera las grandes corporaciones que están modelando nuestro futuro inmediato, como Google o Facebook, están exentas de las críticas (cada vez más insistentes) de que es hora de revisar sus alcances y poder en la red, al punto de proponer su fragmentación de la misma forma en que se hizo con las empresas de telefonía hace un siglo.

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Y si los principios básicos de la economía siguen vigentes, al igual que sus vicios y errores, el debate internacional sobre los efectos del capitalismo salvaje que ya se reflejan en América Latina, Estados Unidos y en Europa, abre la puerta a una retirada de capitales hacia valores menos atractivos, aunque más seguros en el corto y mediano plazo, justo en el inicio de una recesión económica internacional.

¿Qué sucederá entonces con las revolucionarias promesas de las compañías tecnológicas? Posiblemente entren en una fase de hibernación por falta de liquidez y conflictos laborales o se desinflarán poco a poco, quedando de pie solo aquellas que puedan vivir en ambos mundos: el de las reglas económicas que se aplican para todos y la innovación de las ideas.

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