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La idea de Bolívar de unir América Latina: del sueño a la acción

La crisis por el COVID-19 nos dejó ver que nadie en el mundo cuidará de América Latina y plantea la necesidad de articular la integración en un marco equiparable al de la Unión Europea.
mié 28 julio 2021 10:31 AM

Las reacciones no se hicieron esperar cuando, en la XXI Reunión de Cancilleres de la Celac que se llevó a cabo en el Castillo de Chapultepec, el presidente López Obrador y varios ministros consideraron la posibilidad de retomar la integración latinoamericana al estilo Unión Europea. Hubo quien calificó esta propuesta de castrista y bolivariana, y hubo quien despertó su nostalgia chavista de principios de siglo. Es normal que los discursos y las canciones hagan prevalecer las emociones, pero vale la pena analizar la viabilidad de la propuesta.

La crisis por el COVID-19 nos dejó ver que ningún ente en el mundo verá por América Latina. Cuando de defender la vida se trata, somos nosotros mismos los únicos que estaremos ahí para cuidarla. La urgencia por conseguir vacunas e insumos médicos en medio de su injusta distribución global exige replantear la necesidad de articular la integración en un marco equiparable al de la Unión Europea.

Sin embargo, la historia nos ha mostrado que ninguna integración ha surgido de buenos deseos, por muy adverso que sea el panorama. La concepción de la UE vino después del agotamiento que dejó el interminable conflicto entre Francia y Alemania, pero no fue un paso natural. En Europa la conjugación del poder creativo de Jean Monet, el pragmatismo político de Robert Schuman y una constante presión de éstos sobre la clase política europea dio como resultado una incipiente integración económica.

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¿Tenemos en América Latina un Schuman o un Monet? No lo sabemos, pero al menos hay señales de voluntad y pragmatismo. La vacante de liderazgo que dejó Brasil con su política de aislamiento le da a México la oportunidad de retomar la posición que alguna vez encabezó. Ocupar la Presidencia 'pro tempore' de la Celac no significa que se lidera toda la región. Sin embargo, la posición estratégica que ocupa México como país puente entre Norte América y Latinoamérica le da una ventaja que ni un Brasil recuperado puede tener.

El TMEC y la cada vez más profunda integración de las cadenas de valor ente México, Estados Unidos y Canadá son un anzuelo tentador para posicionarse como puerta de entrada al mercado norteamericano. Paradójicamente, la integración latinoamericana pasa por integrarse cada vez más al norte. En los últimos 200 años, se pensó en la integración de los Estados Latinoamericanos y Caribeños como un contrapeso al creciente poder estadounidense. Sin embargo, el ascenso de Asia como una potencia económica reconfiguró el escenario. De no actuar rápido, Asia se convertirá en la mayor potencia comercial del mundo y el papel de América Latina pasaría a ser todavía más irrelevante.

El mismo presidente López Obrador reconoció en su discurso del sábado que una relación saludable con Estados Unidos es imprescindible para el fortalecimiento de toda la región. La idea no es muy atractiva, pero será mejor contribuir a la creación de un mundo multipolar que claudicar a la idea de tener una nueva hegemonía. A Estados Unidos tampoco le encanta la idea, pero tener una relación sólida con su hemisferio favorece sus acciones de confrontación con Rusia, China e Irán.

Monet y Schuman trazaron un mapa para una Comunidad Europea, pero fue el trabajo técnico y tedioso el que construyó lazos de confianza, removió discrepancias y articuló compromisos concretos. Una comunidad de Estados Latinoamericanos debe pasar por ese proceso. Los discursos emotivos y las añoranzas del siglo XIX deben dar paso a aburridos pero fecundos procesos técnicos.

 

¿Por dónde empezar? Por lo más urgente: conseguir vacunas e insumos médicos. Se ha avanzado en el tema al coincidir en espacios multilaterales sobre la necesidad de contar con una justa distribución de vacunas a nivel global y alcanzar acuerdos para la producción de vacunas, como es el caso de México y Argentina.

Sin embargo, el área de oportunidad es inmenso. Usando la crisis de la pandemia, se pueden establecer compromisos concretos que ayuden a superar los principales obstáculos históricos para la integración: las ideologías y los cambios de gobierno en cada país.

Paso seguido, será importante que cada gobierno designe un grupo de funcionarios de tiempo completo que tenga como principal tarea asegurar el cumplimiento de los compromisos. Este trabajo técnico y constante, en el largo plazo, puede derivar en la consolidación de una integración que vaya más allá de los discursos.

El sueño de Bolívar no es una locura, es una exigencia técnica que puede traer bienestar. El mayor reto no es geográfico ni cultural, sino contar con una clase política visionaria y pragmática capaz de involucrar a otros más y consolidar un proceso administrativo constante y productivo.

Nota del editor: José Luis Barrera Ruiz es asesor legislativo en el Senado de la República, además de internacionalista y administrador público.

 
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