El eslogan de “Primero los pobres” es muy cuestionable frente a estas cifras. Sólo alrededor de 4 de cada 10 personas reciben algún apoyo en las zonas más pobres, una cifra bastante decepcionante que evidencia un amplio déficit de atención. Asimismo, el hecho de que 2 de cada 10 personas reciban un apoyo en los municipios menos pobres es bastante sorprendente, pues la cifra no es tan diferente a la de territorios mucho más desfavorecidos y pone en duda la progresividad en la distribución de los apoyos.
En términos generales, los bajos niveles de concentración de personas beneficiarias en los municipios más pobres pueden explicarse desde el diseño de los programas, pues la mayoría no cuenta con criterios específicos para orientar los apoyos a las zonas pobres. En otras palabras: en las reglas de operación de los programas, que dictan su forma de operar, solo uno de ellos especifica que los apoyos serán dirigidos de forma prioritaria a personas en situación de pobreza. Los otros programas hablan de adultos mayores, jóvenes, campesinos, mujeres, etcétera, sin condicionar el apoyo al nivel de pobreza del beneficiario.
Ello, a pesar de que en nuestro país ha operado durante más de dos décadas uno de los programas faros en términos de reducción de la pobreza en América Latina: Progresa-Oportunidades-Prospera. Dicho programa contaba con metodologías sólidas para poder identificar a personas en situación de pobreza y de pobreza extrema. A lo largo de los años, se había construido un padrón sólido que concentraba a la mayor parte de la población en situación de pobreza extrema.
Este programa fue sacrificado debido al desdén de esta administración frente a lo tecnocrático. Eso ha sido un golpe muy duro del gobierno hacia las personas más vulnerables del país, acentuado por la tragedia de la pandemia.
Aunque hay que tener claro que los programas sociales no son la panacea para resolver un problema tan complejo como la pobreza, sí pueden ayudar a mitigarla si los esquemas de intervención están bien pensados. Aunque es totalmente válido ir probando varios modelos de política social, es necesario garantizar que, efectivamente, se beneficie “primero a los pobres” con estos programas.
Nota del editor: Laure Delalande y Néstor Génis laboran en ‘Inclusión y Desarrollo Sostenible’ de Ethos Innovación en Políticas Públicas. Las opiniones publicadas en esta columna pertenecen exclusivamente a los autores.
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