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La imagen y la voz del empresario mexicano

No todos los empresarios son iguales, ni en origen ni en motivadores. Ser empresario en México es lidiar con inconvenientes, apunta Heberto Taracena Blé.
vie 31 marzo 2023 06:09 AM
La imagen y la voz del empresario mexicano
Los emprendedores del último lustro, en particular en el sector tecnológico, empiezan a cambiar el estigma sobre el empresariado, señala Heberto Taracena Blé.

(Expansión) - Me resulta indignante escuchar generalizaciones sobre la imagen del empresario mexicano. Hace pocos días, en medio de una plática de sobremesa entre amigos, uno de los tertulianos dejó una conclusión que me sigue generando molestia. Para señalar el dispendio, el exceso irreflexivo, el consumo para demostrarse distinto, mi amigo concluía que “…esa era la conducta típica del empresario mexicano”. La frase no parecía estar sujeta a demostraciones, era una especie de veredicto social incuestionable a la que varios asentían como si se tratase de quemar brujas en el siglo XVII.

No todos los empresarios son iguales, ni en origen ni en motivadores. Ser empresario en México es lidiar con inconvenientes: inseguridad, un sistema hacendario y de seguridad social que los exprime, intermediarios financieros que prestan a tasas desmesuradas o simplemente no prestan, políticas públicas inexistentes o amenazadoras y, por si fuera poco, caracterizaciones molestas que caricaturizan a lo peor del sector y no al empresario promedio que prospera a partir de tomar riesgos, organizar recursos, y sobrevivir en medio de ríos permanentemente revueltos.

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Según datos del IMSS, al 31 de enero del 2023 había poco más de 1 millón 60,000 patrones registrados en México. La gran mayoría, 95% según datos del Inegi, son patrones que cuentan con menos de 10 empleados en sus negocios. Más de 1 millón de pequeños empresarios que podrían ser todo menos la conclusión de un argumento con reminiscencias a la Santa Inquisición.

Abel Quezada, el gran caricaturista e historietista mexicano, para representar al empresario negociante con el poder creó un personaje odioso y entrañable; Don Gastón Billetes era un tipo engominado, vestía un traje a rayas que se ajustaba a un cuerpo entre redondo y deforme, llevaba siempre un anillo con un diamante gigantesco que, en vez de usarse en algún dedo de la mano, se ceñía a una nariz grande y puntiaguda. El origen de su riqueza estaba en duda y, aunque el caricaturista opinaba que “… la hizo con el sudor de su frente, otros dicen que no hacía tanto calor cuando se robó aquellas vacas…”. La caricatura simbolizaba al empresario idiota, en sentido etimológico aquel que es ajeno a lo público, cuya riqueza lo ciega y, sin proponérselo, sostiene una profunda, inconsciente indiferencia a una realidad contraria a su estilo de vida.

En contraste, los emprendedores del último lustro, en particular en el sector tecnológico, empiezan a cambiar el estigma sobre el empresariado. Las portadas de revistas dibujan a émulos de Steve Jobs o Elon Musk, lejanos en apariencia a la imagen cliché de los años 60 del siglo pasado. Individuos que a través de esfuerzos gigantescos logran el crecimiento exponencial de sus empresas apalancados en talento y el poco capital de riesgo disponible. Pero tampoco lo anterior es la realidad del empresario promedio mexicano.

El empresario promedio es todo menos un personaje bien entendido para los medios o la propia psique nacional. Hoy faltaría medir o recrear la imagen que el empresario tiene ante la opinión pública. No son los visitantes de los restaurantes predilectos de los políticos o los analistas de políticos. Son personajes distantes a Gastón Billetes o al emprendedor tecnológico a la modé. Son una estadística, pero no una imagen a la que poder asirse para argumentar o describir.

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El empresario típico, si es que fuese posible definirlo, no es estrategia política de nadie, ni quiere serlo. Los organismos que deberían darle voz se han quedado pequeños ante su diversidad. En la mayoría tal vez persiste la idiotez, otra vez etimológicamente hablando, esa lejanía del debate y participación en lo público que los aleja de una realidad que muerde y amenaza todos los días.

Si no participamos, si nos mantenemos indiferentes al contexto público, la imagen de Gastón Billetes, y su anillo ceñido a la nariz que le ocultaba todo aquello que deseaba no ver, nos seguirá persiguiendo como rémora de un pasado indignante para los que se destrozan el lomo para pagar una nómina, sacar un negocio honesto adelante o tener una sobremesa de amigos más amable.

Nota del editor: Heberto Taracena Blé es Licenciado en Economía por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM). Estudió la Maestría en Políticas Públicas en la Universidad de Harvard, especializándose en estadística aplicada y política comparada. Ha sido consultor en el Banco Mundial en Washington, D.C., y asociado en la empresa McKinsey & Company. Ha sido profesor en el Colegio de México y en el ITAM. Síguelo en LinkedIn . Las opiniones publicadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión.

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