Y en el espíritu de esta celebración, ¿se ha cumplido a cabalidad con los principios y valores de la carta olímpica? Si fuese posible conocer el punto de vista del barón Pierre de Coubertin saldríamos de duda, aunque tal vez sería conveniente no averiguar. Empero, hasta que desarrollemos la tecnología para establecer comunicación con aquellos que han abandonado el plano físico, estamos solos y no nos queda más que suponer.
Ante la vista de todas y todos están los billonarios contratos por derechos televisivos de los juegos, los exorbitantes patrocinios; claro, siendo este el evento deportivo más importante del mundo y viviendo en una civilización capitalista, ¿quién no quisiera hacer llegar su marca a cientos de millones de personas alrededor del mundo? ¡Es excelente negocio! Sin duda, pero, ¿y lo deportivo?
Desde mi perspectiva, la política, la supuesta libertad y diversidad ideológica y de culto, ’n’ cantidad de teorías de la conspiración (que no serán objeto de debate en esta ocasión), y manifestaciones artísticas que, considero, culturizan de manera forzada la diversidad sexual, han robado el protagonismo; se han antepuesto a los deportes, récords y medallas.
Tal vez sea la nostalgia de un servidor y la añoranza de aquellos juegos en los que se encendía el pebetero a 90 metros de distancia con una flecha, o se comentaban las grandes hazañas deportivas de Mark Spitz, Carl Lewis, Michael Phelps y Usain Bolt, y comparábamos con Nadia Comaneci y Larisa Latynina, a cualquiera que ‘amenazara’ con ser la nueva promesa del Olimpo. Esos días quedaron atrás.
Y ya enfocados en el aquí y el ahora, en lo acontecido en la Ciudad Luz, las actuaciones deportivas y lo que proviene de la cancha, pista y campo, se han abordado en gran número desde la tergiversación, el morbo, la burla y el odio. Publicaciones fuera de contexto en medios y redes sociales cuyo principal objetivo es la viralización a base de azuzar a las masas. Para hacer un diagnóstico de esto, basta con echar un vistazo exprés al feed o al time line de la red social de tu preferencia, o hacer un comentario en algún post, y recibir altas dosis de hate.
En este sentido, y a colación, me parece que París 2024 es una muestra más de que como civilización no estamos aún preparados para manejar dos gigantescas magnitudes (si se me permite el término): la inmediatez y el alcance de las redes sociales. No nos ha quedado claro que un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Todas y todos opinamos; queremos que nos escuchen y que nos lean (como es un claro ejemplo este espacio editorial), ¡y claro! para eso tenemos voz, para ser escuchados, pero ¿desde qué postura y con qué intención?