Al llegar a la notaría, los abogados jóvenes, inconscientes del volumen de sus voces, exclamaron ¡Ya llegó el Diablo! ¡Huele a azufre!, lo cual fue ignorado parsimoniosamente por el aludido. Quien fuera la mano derecha de Salinas era inmune a eso y a más.
Mientras esperábamos al escribano, él y yo entablamos un debate animado sobre la situación litigiosa que enfrentaban muchos proyectos energéticos. Como ahora, hace 20 años, Bartlett mandaba a juicio permisos y contratos por doquier. También, como hoy, la decisión que les extendería su vida o los daría por muertos, dependía de los jueces.
Para no variar, el notario se demoraba, lo cual fue una afortunada inversión de tiempo, ya que me permitió entender la visión del “modelo de mercado” salinista: privatizaciones sin reguladores, ni vigilantes algunis. La CRE nació en 1993, por Decreto Presidencial de Salinas, como un “órgano consultivo” de la Secretaría de Energía (SENER) y sólo para proyectos de electricidad. En realidad, entonces la CRE no regulaba nada. Era una simulación como también lo era la independencia judicial, en particular en la Suprema Corte, donde los ministros eran elegidos con las patas del presidente.
Con su distintivo acento francés, nuestro “socio” exclamó que, desde Zedillo, se había perdido todo control de los negocios en México; que ahora toda decisión tenía que avalarse por una decena de actores y que, a pesar de eso, en lugar de amarrarse, los proyectos eran levados a juicio. Este personaje –porque no hay mejor manera de llamarlo—acusó a Zedillo de “desbaratar” todos los cimientos sobre los que descansaban todas las privatizaciones, fueran de energía, infraestructura, banca, radio o Telecomm. Bajo un sistema satelital de vigilancia regulatoria, y jueces que ya no eran designados a mano y a modo, a decir del Monsieur, Zedillo sólo puso trabas para que los proyectos salieran “rapidito” y que, de ser atacados, contaran con la protección de jueces bien “instruidos.”
¡Chispas! Justo en ese instante salió el abogado a pasarnos a firmar. El notario primero miró a mi acompañante con extrañeza, como a un alienígena, luego lo saludó distante y ceremonioso. De mí, tal vez por el shock, ni se percató. Firmamos y volvimos a pie a la oficina.