Más allá de los impactos económicos previsibles (como el alza del petróleo, la consecuente inflación y la inestabilidad de los mercados), hay una dimensión que muchas veces ignoramos: la forma en que los medios informan o deforman estos escenarios de guerra, y cómo eso condiciona la percepción pública, las decisiones diplomáticas y hasta la cohesión social en países como el nuestro.
En México, el debate público en torno a los conflictos internacionales tiende a simplificarse o polarizarse: buenos contra malos, víctimas contra verdugos. Pero cuando el conflicto es tan complejo, tan cruzado por historia, religión, geopolítica y propaganda, la responsabilidad de los medios no es tomar partido, sino ofrecer contexto, profundidad y responsabilidad narrativa.
Es posible observar, con preocupación, cómo proliferan en redes sociales imágenes sin verificar, cuentas automatizadas con discursos de odio y análisis superficiales disfrazados de opinión experta: “Israel está limpiando el planeta de terroristas radicales. Grande Israel”; “Vamos chairos hagan su trabajo y salgan a defender a IRAN” o “Denles duro, Israel. Los iraníes los apoyan” emitidos en “X”, antes Twitter, tomados meramente al azar, son el botón de muestra.
Esta desinformación no solo deforma el juicio del público, también fomenta divisiones internas, manipula emociones y, en casos extremos, puede detonar actos de violencia simbólica o real.
Por ello, en un escenario de guerra, aunque sea al otro lado del mundo, los medios informativos juegan un papel geoestratégico. Deciden qué imágenes mostrar y cuáles no. Qué voces amplificar. Qué verdades convertir en tendencia. Y en tiempos de sobreexposición digital, editoriales y algoritmos pueden ser tan peligrosos como las armas, si se activan al servicio de la polarización y la propaganda.