En lo que va de 2025, la Inteligencia Artificial (IA) ya toca casi 4 de cada 10 puestos en el mundo. El Fondo Monetario Internacional estima que 40% de los empleos globales están expuestos—60% en economías avanzadas—y que la mayor tensión se concentra en tareas cognitivas rutinarias.
El Future of Jobs Report 2025—basado en una encuesta a más de 1,000 empresas de todos los sectores—prevé que, de aquí a 2030, desaparecerán 92 millones de puestos porque sus tareas serán automatizadas o absorbidas por otros cargos, mientras surgirán 170 millones de nuevos roles ligados a tecnologías emergentes, economía verde y atención a las personas. El resultado sería un aumento neto de 78 millones de empleos, pero para convertir esa ganancia potencial en realidad será necesario recapacitar al 23% de la fuerza laboral mundial antes de 2027.
Aun así, la inversión no se detiene: Goldman Sachs proyecta que la IA podría añadir 7% al PIB mundial durante la década. En resumen, 2025 confirma un patrón doble: automatización acelerada y, al mismo tiempo, nuevas avenidas de productividad.
Mirando hacia adelante, los números se vuelven más desafiantes. Los encuestados por WEF anticipan que para 2026 la adopción masiva de agentes generativos multiplicará por dos la demanda de habilidades analíticas y de diseño algorítmico. Para 2027, el propio WEF calcula que 69 millones de puestos nacerán—ingenieros de “modelos vivos”, entrenadores de datos sintéticos, psicólogos de comportamiento digital—mientras 83 millones desaparecerán. ¿Y 2030? McKinsey advierte que hasta 30% de las horas trabajadas hoy podrían automatizarse en su escenario intermedio, con oficinas de apoyo, atención al cliente y hostelería entre los más proclives a la automatización; la contracara será un auge en ciencia, creatividad y liderazgo ético.
De cara a 2030, la OCDE estima que los países que destinen al menos el 1% de su PIB a programas de formación y reconversión laboral podrán neutralizar hasta 60 % de la caída prevista en los salarios reales. Esa “red de contención” financiera ya es tema de debate en los parlamentos de la Unión Europea.
Pero hay límites que ningún algoritmo cruza. La intuición instintiva—información depurada por 4,000 millones de años de evolución—opera por debajo del lenguaje y permite a un líder “oler” la desconfianza en una sala antes de que aparezca en un dashboard.
Además, la consciencia, ese “problema difícil” de Chalmers, sigue sin fórmulas; por muy grande que sea un modelo, no experimenta ni dolor ni belleza. Igualmente, los deseos biológicos, como el de pertenecer y dominar, continúan moviendo voluntades: Alejandro Magno habría sentido una inmensa soledad si todo su imperio no hubiera sido más que robots sin alma.