De eso hablamos cuando nos referimos a la pobreza de tiempo. No se trata únicamente de pasar por una semana pesada o andar a las prisas, sino de vivir atrapadas en un margen mínimo para disponer del propio tiempo.
Aunque este fenómeno puede afectar a cualquiera, las brechas son evidentes. En las mujeres pesa especialmente la carga del trabajo de cuidados y tareas del hogar, que sigue absorbiendo una parte desproporcionada del día. Por eso, hablar de disponibilidad de tiempo es hablar, de manera directa, sobre desigualdad.
Que esta discusión haya llegado al Congreso me parece un paso fundamental. En agosto se presentó una iniciativa para crear la Ley General para la Prevención y Erradicación de la Pobreza de Tiempo, un proyecto que busca visibilizar esta problemática y atender sus causas estructurales. La propuesta plantea desde una distribución más equitativa del trabajo de cuidados hasta medidas para fortalecer la desconexión digital y mitigar el impacto que tienen las jornadas laborales prolongadas y los tiempos de traslado en la vida cotidiana.
Los datos ayudan a dimensionar este desequilibrio. De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo 2024 del INEGI, incluso entre quienes trabajan 40 horas o más a la semana en empleos remunerados, las mujeres destinan 12.7 horas más que los hombres al trabajo doméstico. Es tiempo que se acumula tras la jornada laboral y que, inevitablemente, se resta de la salud o del descanso.
El verdadero problema surge cuando esta falta de margen se vuelve permanente. Con menos control sobre nuestro tiempo, se reducen las posibilidades de desarrollo profesional, de generar mayores ingresos o de participar en otros espacios. La discusión de fondo no es solo de cuántas horas disponemos, sino de cuánto poder de decisión tenemos sobre ellas.
En las empresas, esto nos obliga a replantear qué entendemos por "estar disponibles". Durante años normalizamos contestar correos fuera de horario, atender mensajes de WhatsApp a deshoras y asumir que la hiperconectividad era la única prueba de compromiso. Pero cuando la jornada laboral termina y los pendientes siguen entrando por la pantalla, el descanso pasa a ser una ilusión.
Además, garantizar la desconexión no significa solo apagar el teléfono; requiere construir entornos donde atender la vida personal no castigue el desarrollo profesional. Si queremos hablar de corresponsabilidad, las organizaciones tenemos que revisar tanto las políticas internas como las señales que enviamos en el día a día.