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La desigualdad también se mide en tiempo

La carga desigual del trabajo doméstico y de cuidados limita el tiempo disponible de millones de mujeres y también condiciona sus oportunidades laborales y personales.
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La falta de tiempo no termina cuando concluye la jornada laboral. La hiperconectividad y las responsabilidades de cuidado pueden extender las obligaciones durante las horas destinadas al descanso. (Foto: Graham Oliver/Getty Images)

Hace casi un año escribí en este mismo espacio sobre cómo la falta de tiempo propio es, en el fondo, otra forma de pobreza. Me refería entonces a las horas que millones de mujeres dedican todos los días al trabajo doméstico y de cuidados, y a todo lo que termina quedando en segundo plano cuando las horas no alcanzan: descansar, estudiar, crecer profesionalmente o, simplemente, tener un rato para nosotras.

Hoy me parece necesario retomar esa idea porque el panorama está cambiando. La pobreza de tiempo está dejando de ser una vivencia cotidiana en silencio para convertirse en un tema prioritario en la conversación pública y legislativa.

Por mucho tiempo asumimos que la falta de tiempo era un problema de organización personal. Nos repetimos la narrativa de que solo hace falta priorizar mejor, aprender a delegar o ser más eficientes. Sin embargo, llega un punto en el que ningún método de productividad o agenda apretada funciona cuando la mayor parte del día ya está comprometida antes de que podamos tomar cualquier decisión.

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De eso hablamos cuando nos referimos a la pobreza de tiempo. No se trata únicamente de pasar por una semana pesada o andar a las prisas, sino de vivir atrapadas en un margen mínimo para disponer del propio tiempo.

Aunque este fenómeno puede afectar a cualquiera, las brechas son evidentes. En las mujeres pesa especialmente la carga del trabajo de cuidados y tareas del hogar, que sigue absorbiendo una parte desproporcionada del día. Por eso, hablar de disponibilidad de tiempo es hablar, de manera directa, sobre desigualdad.

Que esta discusión haya llegado al Congreso me parece un paso fundamental. En agosto se presentó una iniciativa para crear la Ley General para la Prevención y Erradicación de la Pobreza de Tiempo, un proyecto que busca visibilizar esta problemática y atender sus causas estructurales. La propuesta plantea desde una distribución más equitativa del trabajo de cuidados hasta medidas para fortalecer la desconexión digital y mitigar el impacto que tienen las jornadas laborales prolongadas y los tiempos de traslado en la vida cotidiana.

Los datos ayudan a dimensionar este desequilibrio. De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo 2024 del INEGI, incluso entre quienes trabajan 40 horas o más a la semana en empleos remunerados, las mujeres destinan 12.7 horas más que los hombres al trabajo doméstico. Es tiempo que se acumula tras la jornada laboral y que, inevitablemente, se resta de la salud o del descanso.

El verdadero problema surge cuando esta falta de margen se vuelve permanente. Con menos control sobre nuestro tiempo, se reducen las posibilidades de desarrollo profesional, de generar mayores ingresos o de participar en otros espacios. La discusión de fondo no es solo de cuántas horas disponemos, sino de cuánto poder de decisión tenemos sobre ellas.

En las empresas, esto nos obliga a replantear qué entendemos por "estar disponibles". Durante años normalizamos contestar correos fuera de horario, atender mensajes de WhatsApp a deshoras y asumir que la hiperconectividad era la única prueba de compromiso. Pero cuando la jornada laboral termina y los pendientes siguen entrando por la pantalla, el descanso pasa a ser una ilusión.

Además, garantizar la desconexión no significa solo apagar el teléfono; requiere construir entornos donde atender la vida personal no castigue el desarrollo profesional. Si queremos hablar de corresponsabilidad, las organizaciones tenemos que revisar tanto las políticas internas como las señales que enviamos en el día a día.

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Para que esta conversación se traduzca en cambios de fondo, vale la pena avanzar en al menos cinco frentes:

  • Medir lo que hoy no se ve. Lo que no se mide difícilmente entra en la agenda prioritaria. Contar con datos periódicos sobre la disponibilidad real de tiempo según el género o la región permitiría diseñar políticas públicas mucho más atinadas y darles seguimiento.
  • Sostener un verdadero sistema de cuidados. Mientras cuidar a niños, adultos mayores o personas con discapacidad recaiga principalmente en las familias —y, dentro de ellas, en las mujeres—, la brecha de tiempo difícilmente se va a cerrar. Necesitamos servicios públicos accesibles y una corresponsabilidad real entre hogares, empresas y gobierno.
  • Redefinir el compromiso laboral. La desconexión digital es un paso importante, pero también lo es desmantelar aquellas culturas de trabajo donde la presencia prolongada o la respuesta inmediata se confunden con efectividad o talento.
  • Revisar los tiempos de traslado. En muchas ciudades, ir y venir del trabajo consume varias horas diarias. Mejorar la movilidad urbana, acercar servicios y flexibilizar esquemas de trabajo siempre que sea posible devolvería tiempo valioso a las personas.
  • Empezar la corresponsabilidad en casa. Ningún marco legal ni política empresarial resolverá este desafío si en la vida diaria continuamos asumiendo que organizar y sostener el hogar es tarea principal de las mujeres. La equidad también se construye en los acuerdos cotidianos dentro del hogar.

No se trata de aspirar a que todas las personas tengan exactamente el mismo número de horas libres. Se trata de asegurar que el tiempo para cuidarnos, desarrollarnos y convivir no dependa de quién terminó asumiendo, casi por inercia, las responsabilidades de la vida cotidiana.
Hablar de pobreza de tiempo es, en el fondo, hablar de libertad. De la posibilidad de decidir cómo queremos vivir, qué queremos priorizar y cuánto espacio podemos reservar para nosotras mismas. Si aspiramos a una sociedad con mayores oportunidades para las mujeres, también tenemos que preguntarnos cuánto tiempo tienen realmente para aprovecharlas.

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