Ataúdes, una industria desahuciada

La competencia desleal que desata el aumento de cremaciones y la escasa regulación del sector pone a los fabricantes de ataúdes al borde de la extinción.
Anualmente se requieren alrededor de 120,000 ataúdes para cubrir solo 20% de los decesos totales. Los demás optan por la cremación.
A pique  Anualmente se requieren alrededor de 120,000 ataúdes para cubrir solo 20% de los decesos totales. Los demás optan por la cremación.  (Foto: Expansión)
Por: DIEGO HERNÁNDEZ CASTILLO

Nota del editor: El artículo fue publicado orignalmente en la edición 251 de la revista Manufactura, El libre comercio, en riesgo, correspondiente a octubre de 2016.

(Manufactura) — Pedro Jaramillo es biólogo, pero decidió enfocarse en la última etapa del proceso vital cuando ingresó al negocio de la manufactura de ataúdes y seguir con la tradición familiar que inició su abuelo hace 65 años.

En 2005 dio un paso más hacia su crecimiento en el sector y constituyó Litomexsa, una de las pocas firmas mexicanas dedicadas a esta actividad que tiene maquinaria propia.

“La producción de ataúdes, en su mayoría, sigue siendo artesanal, ya que se utilizan tijeras y dobladoras manuales. El primer riesgo que tomamos fue fabricar maquinaria: empezamos a mecanizar el negocio e iniciamos como una microindustria, aunque actualmente ya es una pequeña industria”, cuenta Jaramillo.

Del total de su producción 80% es metálica y 20% de madera. Semanalmente fabrican 200 ataúdes a un costo unitario promedio de 1,500 pesos; que al año representan cerca de 9,600 féretros e ingresos cercanos a 15 millones de pesos.

Entre sus clientes se encuentran el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), el Ejército Mexicano y el Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (ISSSTE), además de particulares, funerarias y panteones. Jaramillo estima que su fábrica cubre cinco por ciento del mercado nacional.

Igual que otras empresas, Litomexsa no inició con un plan de negocios bien establecido. Creó sus procesos operativos y administrativos en el camino a partir de ensayo y error, una práctica común en un sector donde hoy domina la informalidad, la baja regulación y nula organización gremial.

En penumbras

La informalidad prevaleciente en esta industria dificulta tener datos concretos. Según los fabricantes consultados por Manufactura —que en muchos casos pidieron el anonimato— y la Asociación Nacional de Directores de Funerarias (ANDF), existen alrededor de 150 fábricas de ataúdes en el país, incluidos cerca de 50 talleres no constituidos jurídicamente.

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Estiman que las ventas anuales alcanzan los 2,600 millones de pesos; sin embargo, la manufactura de ataúdes tiene muchos bemoles. “Se piensa que como todos vamos a morir será un negocio rentable y eterno, pero no es así”, asegura Jaramillo.

Según Grupo Gayosso, la mayor empresa funeraria de México, en los últimos cinco años, 80% de los difuntos pasa por la cremación o incineración, y el resto es inhumado o enterrado.

De acuerdo con fabricantes consultados, en esos casos, por cada fallecido se utiliza un féretro, ya sea comprado o rentado. El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), por su parte, indica que anualmente se registran 600,000 decesos anuales, lo cual implicaría una necesidad de 120,000 ataúdes al año.

La tendencia a la incineración, de acuerdo con el análisis de Gayosso, se debe a la saturación de los panteones y a los elevados precios de la inhumación, que puede ser hasta 30% más cara. Esto tiene repercusiones negativas en todas las empresas del sector, que buscan medios para sobrevivir.

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Diversificación

Formalmente establecida en la década de los noventa por los hermanos Justino y César Herrera —quienes siguieron el legado de su padre y su tío, Justino y Tomás, respectivamente— Artículos Metálicos Pantitlán (Armepsa) ostenta cerca de 10% del mercado. Junto con Litomexsa e Industrias Arga, encabeza el segmento.

Arrancó con una producción de 250 ataúdes a la semana y a la postre se convirtió en uno de los principales proveedores de las funerarias más grandes del país.

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Para eso llegó a invertir 1.5 millones de dólares anuales en activos como dos prensas a la estadounidense Welch Corp, con el objetivo de automatizar su línea de producción, de acuerdo con información que compartió la empresa.

Hoy es parte del grupo Funerales Neza (Funeza), una cadena de velatorios de lujo con seis sucursales en la Ciudad de México y que fue fundada en 1975 por el padre de los hermanos Herrera.

“Actualmente, su principal negocio no es la manufactura de ataúdes, sino las empresas funerarias y hasta un panteón”, afirma un competidor que pidió el anonimato.

Otro ejemplo destacable es Industrias Arga. Aunque hace cuatro años dejó de fabricar en el país, su gerente general, Juan Aguilar, calcula que posee 20% del sector.

Fundada en 1959, se mantuvo por más de medio siglo como uno de los fabricantes de féretros líderes en México. A lo largo de su historia, cambió varias veces de dueños, e incluso formó parte de Grupo Gayosso, a inicios de los noventa.

En esa época logró una alianza comercial con el principal fabricante de ataúdes estadounidense, Batesville Casket, para importar ataúdes finos tanto de madera como de metal, y distribuirlos especialmente a funerarias de prestigio como Gayosso o Juan García López. En 2012 decidió cerrar su fábrica principal en la Ciudad de México y formar parte de la firma con sede en Indiana.

Las razones: el descenso de las inhumaciones en el país y la competencia desleal que implicó el mercado negro de féretros, que provocaron una crisis financiera en la empresa.

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De luto

Como Industrias Arga, fábricas y talleres de ataúdes cierran sus puertas por el peso del mercado negro. Los empresarios consultados señalan que la principal práctica desleal es la reutilización de ataúdes —una o más veces— sobre todo para transportar los cadáveres que serán incinerados.

Afirman que en la práctica se involucran tanto fabricantes como funerarias, desde las denominadas ‘patito’ hasta las de prestigio.

Según explica Jaramillo, los crematorios almacenaban los féretros de los fallecidos y, sin consentimiento de sus familiares, luego los vendían a funerarias pequeñas para su reutilización.

De acuerdo con las fuentes, con el paso del tiempo, algunas funerarias y panteones se sumaron a la práctica.

Al principio, estas empresas enviaban ataúdes usados a los manufactureros para que los repararan, pero después decidieron hacerlo por sí solos.

“La cremación vino a fastidiar la fabricación de ataúdes, y después nos remató el mercado negro”, asegura Jaramillo.

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“Conocemos perfectamente el mercado negro, y de algún modo nos está afectando con nuestros clientes en el centro de país, pero principalmente en la capital, que es donde se da más entre los crematorios y funerarias”, cuenta Sandra Sapiain, gerente general de Eternity, un fabricante de féretros con sede en León, Guanajuato.

Ante ello, un grupo liderado por fabricantes, distribuidores y funerarias impulsó ante diputados, las secretarías de Economía y Medio Ambiente, así como la Procuraduría Federal del Consumidor (Profeco) y el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), la Norma 036 del Servicio Funerario que busca, además de regular el segmento (fabricantes, funerarias, crematorios y distribuidores), mantener informados a los consumidores, quienes podrían ver una disminución de los costos. El reglamento fue aprobado en 2016 y se espera que sea publicado en el Diario Oficial de la Federación (DOF), para que entre en vigor este mismo año.

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