Pensilvania, la tierra de minas vacías que votará por Donald Trump

El magnate ha asegurado que reactivará la principal industria de esta región estadounidense, donde los niveles de desempleo alcanzan hasta 8%.
Trump ha indicado que, de llegar a la Casa Blanca, reactivará la actividad minera y acerera en la región.
Ánimos exaltados  Trump ha indicado que, de llegar a la Casa Blanca, reactivará la actividad minera y acerera en la región.  (Foto: Expansión)
JOHNSTOWN, Pensilvania (Reuters) -

Los montes Apalaches del estado de Pensilvania esconden uno de los caladeros de votos más fieles al candidato presidencial republicano, Donald Trump, quien ha prometido devolver la dignidad y el respeto a unas ciudades fantasma de Estados Unidos golpeadas por el desempleo y la nostalgia por un pasado mejor.

Johnstown tenía algunos de los peores atascos de la región. Mientras las fábricas del acero sacaban su cargamento, las camionetas se amontonaban durante horas por sus estrechas calles a los pies de los montes Apalaches, en la que fue una de las zonas más prósperas del estado de Pensilvania.

Irónicamente, Anthony Sherron, de 85 años, echa de menos aquellos atascos, que eran sinónimo de los "buenos tiempos", cuando los jóvenes podían encontrar un trabajo bien pagado en la industria del carbón y el acero en el condado de Cambria, a unos 500 kilómetros al oeste de la ciudad de Nueva York.

Él bajó por primera vez a una mina de carbón en 1948, con 18 años, trabajó duro y cree que sus nietos merecen "el mismo país" en el que él creció. Luce una gorra, una camiseta blanca y una chapa con el lema de campaña de Donald Trump: 'Hagamos a Estados Unidos grande de nuevo'.

"Donald Trump es la única persona que habla como yo, directamente desde el corazón", dice Sherron mientras se tambalea sobre su bastón. Para él una derrota en las elecciones del 8 de noviembre es inconcebible y avisa: "Si Hillary Clinton es elegida, habrá disturbios en las calles", aseguró.

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"Nuestro acero va a volver, nuestra energía será protegida. Habrá una situación completamente diferente, ya no seremos considerados gente tonta, seremos los genios, créanme", prometió Trump unas semanas antes de las elecciones a los habitantes de Johnstown. "¡Voy a poner a los mineros a trabajar de nuevo!", clamó.

En cada mitin, Trump rememora los buenos tiempos, identifica al enemigo que los destruyó y explica cómo vencerlo. Demoniza al presidente, Barack Obama, y echa la culpa del desempleo a su plan de energía limpia. "Juntos vamos a destrozar a los políticos corruptos y vamos a dar lo justo a los olvidados", promete Trump.

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Por supuesto, para Trump, el enemigo número uno es "la corrupta" Hillary Clinton. La candidata presidencial demócrata ha prometido invertir 30,000 millones de dólares en formación para los mineros, pero unos desafortunados comentarios en Columbus, Ohio, fueron interpretados por muchos como una amenaza.

"Vamos a poner a muchos mineros del carbón y a muchas empresas fuera del negocio", dijo en marzo Clinton, en un comentario sobre la necesidad de impulsar las energías renovables.

No obstante, el declive de la industria en Pensilvania va más allá de los cristales rotos o los tablones que tapan las puertas de las fábricas. La desintegración penetra directamente en la vida de las comunidades mineras de Johnstown y del condado de Greene, donde las minas se han reducido de 12 a 5 en los últimos años.

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Dejar la mina supone perder poder adquisitivo pues los mineros cobraban una media de 100,000 dólares al año, pero también significa dejar atrás una parte de la identidad.

"Cuando eres un verdadero minero está en la sangre. Cuando bajo al pozo siento que ese es mi mundo", cuenta Tanya James, una mujer de 56 años que comenzó a trabajar en el carbón junto a su madre en 1979, en una época en la que el mundo de las minas estaba reservado a hombres robustos.

Tanya James tenía 19 años cuando su padre, quien era minero, murió y la familia tuvo que buscar un medio de subsistir. "Fue muy duro en algunas ocasiones y llegó a suponer un peligro físico, te ponían en una situación peligrosa a propósito o trataban de ponerte las manos encima", recuerda James en Uniontown, en el condado de Greene.

Rubia y menuda, James fue una pionera de su tiempo, tuvo que romper todo tipo de barreras y, en parte, por eso votará en menos de una semana por Hillary Clinton. "Creo que Donald Trump es una pistola cargada de gatillo fácil", resume la minera.

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Pese a todo, se siente decepcionada por Obama. "Voté por él en 2008, nos prometió la luna. Le apoyamos para su primer mandato, pero en el segundo ya no nos necesitaba".

Trump no conseguirá una victoria unánime, pero sus promesas de una Tierra Prometida pueden darle la victoria entre los votantes blancos, obreros y personas con un nivel bajo de estudios.


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En cinco años 30,000 mineros han perdido su empleo en Estados Unidos y la situación es crítica en los condados de Greene y Cambria, donde el desempleo alcanza 8%, frente al 5% nacional, y una cifra que no incluye a quienes han abandonado la búsqueda de oportunidades.

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Mientras Hillary Clinton ofrece pragmatismo, Donald Trump apela a lo más profundo del corazón obrero y promete devolver un pasado idealizado. Promesas utópicas que ofrecen recuperar el rumbo de una vida y un país que avanza en otra dirección.

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