¿Por qué Tultepec se resiste a dejar la pirotecnia pese a la tragedia?

En las misas dedicadas a los muertos por la explosión en Tultepec y en sus entierros se tronaron poderosos cohetes.
Los artesanos están conscientes del peligro de su oficio, pero se niegan a dejarlo.
Se aferran  Los artesanos están conscientes del peligro de su oficio, pero se niegan a dejarlo.  (Foto: iStock by Getty Images)
CIUDAD DE MÉXICO (AFP) -

Los artesanos mexicanos de la pirotecnia se niegan a dejar su oficio a pesar de la enorme explosión que sufrió el mercado de San Pablito que dejó 35 muertos y decenas de heridos, una tragedia que simplemente consideran inherente a su vocación.

San Pablito, el mercado de pirotecnia más grande del país, se convirtió en una explanada de cuatro hectáreas llena de escombros calcinados tras una explosión por causas aún desconocidas. Al menos 13 de las víctimas mortales eran niños y adolescentes.

Otras 60 personas resultaron heridas, muchas de ellas niños con quemaduras de tercer grado en más del 90% de sus cuerpos.

Un sobreviviente a la explosión en Tultepec relata lo que vivió

Los artesanos de Tultepec se empeñan orgullosos en seguir con su oficio al grado de que en las misas dedicadas a los muertos de la explosión y en sus entierros, como se hace casi siempre en los pueblos mexicanos, se tronaron poderosos cohetes en su honor.

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En este municipio localizado a 28 kilómetros de la Ciudad de México todos los cohetes se hacen a mano en talleres legales, pero también hay algunos ilegales.

El comercio de la pirotecnia es de casi 10 millones de dólares (mdd) mensuales en todo el país, pero el 50% se concentra en el Estado de México, entre los municipios de Almoloya, Amecameca, Ozumba, Zumpango y Tultepec, de acuerdo con cifras del Instituto Mexiquense de la Pirotecnia.

Amor al trabajo

La mayoría de los talleres está en una comunidad llamada Saucera. Allí se fabrican desde diminutos e inofensivos cohetes que al encenderse se deslizan a ras de suelo haciendo chispas, hasta bombas de 12 pulgadas, que son esferas rellenas de canicas de pólvora y semillas de algodón que se elevan hasta 100 metros de altura formando enormes círculos multicolores en el cielo.

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"Todos los de aquí ya sabemos el riesgo que existe", dice Isaac Rodríguez, de 25 años, mientras llena con distintos tipos de pólvora una bomba de ocho pulgadas, llamada Crisantemo, en el Taller Fuegos Artificiales Buscapiés.

Isaac habla del "cariño" que siente por la pirotecnia y su intención de seguir trabajando en ese mundo mientras da pequeños golpecitos a la bomba para sellar sus dos hemisferios. Hace años que sus manos y uñas son negras. Nunca usa guantes ni mascarilla.

Cerca de San Pablito, en el municipio de Zumpango, hay otro mercado de pirotecnia que ha sufrido una baja en sus ventas después de la tragedia del martes.

El mercado está compuesto por menos de una docena de pequeños locales que están separados por seguridad 12 metros unos de otros, tal como lo estaban los 300 establecimientos de San Pablito.

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Silvia Gamboa, dueña de uno de los puestos del mercado de Zumpango, asegura que la Secretaría de la Defensa, encargada de dar los permisos para la fabricación y venta de cohetes, han acudido esta semana para volver a verificar que cada local cuente con un extinguidor de fuego, un cilindro con 200 litros de agua y otro igual de arena. Los locales de San Pablito tenían lo mismo.

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"¿Miedo? Sí me da miedo, este trabajo es muy, muy peligroso", pero "es lo que me da de comer", acepta Gamboa, casada con un fabricante de cohetes.

El Instituto Mexiquense de la Pirotecnia aseguró el 12 de diciembre que el mercado de San Pablito era el más seguro de América Latina.

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