OPINIÓN: Donald Trump contra los espías: ¿se avecinan fricciones?

Aunque es común que haya divisiones entre las agencias en temas como jurisdicción, análisis y políticas, las rivalidades políticas podrían impedir que se comparta la información y la cooperación.
Si la administración de Donald Trump lleva a cabo una purga del personal que aparentemente es desleal, podría afectar profundamente las capacidades de Estados Unidos, aseguran analistas.
¿Próximas medidas?  Si la administración de Donald Trump lleva a cabo una purga del personal que aparentemente es desleal, podría afectar profundamente las capacidades de Estados Unidos, aseguran analistas.  (Foto: Cortesía)
SHASHANK JOSHI

Nota del editor: Shashank Joshi es miembro investigador sénior del Royal United Services Institute (RUSI) de Londres; investigador asociado del programa Changing Character of War de la Universidad de Oxford y candidato al doctorado por el Departamento de Gobierno de la Universidad de Harvard. Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

(CNN) — De acuerdo con el jefe de su gabinete, el presidente electo de Estados Unidos, Donald Trump, finalmente aceptó la evaluación que la comunidad de inteligencia llevó a cabo sobre la interferencia de Rusia en las elecciones de 2016.

Esto ocurrió tras cuatro meses en los que el presidente electo ha minimizado repetidamente la labor de las agencias estadounidenses de recopilación de inteligencia, rechazado sus informes y menospreciado a "las mismas personas que dijeron que Saddam Hussein tenía armas de destrucción masiva".

A pesar de que reconoció a regañadientes el hackeo de Rusia, está claro que el presidente electo de Estados Unidos no confía ni tiene la confianza de los hombres y las mujeres cuya función pronto será entregarle valoraciones oportunas y precisas sobre la política mundial y la seguridad nacional. ¿Qué pasará con estas tensiones durante la presidencia de Trump?

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Tal grado de desconfianza no tiene precedentes, pero podría servir para hacer una comparación con otro presidente electo que tuvo una relación tensa con el aparato de seguridad nacional de Estados Unidos.

Bill Clinton tuvo graves fricciones con las fuerzas armadas por su historia de haber evadido el reclutamiento para ir a Vietnam; de joven reconoció que "odiaba a las fuerzas armadas" y más adelante quiso que los gays sirvieran abiertamente en las fuerzas armadas. Tan solo en 1993, el año en el que asumió la presidencia, Clinton se enfrentó a una hostilidad notable de parte de las fuerzas armadas.

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Los marinos se burlaron abiertamente de él durante una visita a un portaaviones y lo abuchearon durante un discurso que dio en el Monumento a los Veteranos de Vietnam. Se dice que obligaron a retirarse a un alto oficial que dijo que el comandante en jefe era "amante de los gais", "fumador de mota", "evasor de reclutamiento" y "mujeriego".

Así como las fuerzas armadas se resistieron y sabotearon muchas de las políticas de Clinton (como la derogación de la política "no preguntes, no cuentes" y el uso de la fuerza en Bosnia), podemos imaginarnos que las agencias de recopilación de inteligencia (cuya magnitud y complejidad implica que no pueden purgarse ni transformarse de la noche a la mañana) se resistirán a muchas de las declaraciones e iniciativas de Trump.

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Esa resistencia, a la que el politólogo Peter Feaver ha llamado "reducción", podría asumir muchas formas. Podría incluir rezagos en la implementación de políticas, filtraciones no autorizadas a la prensa, discursos subversivos de parte de altos mandos, llamados directos al Congreso y ocultamiento de información a la presidencia.

Si, por ejemplo, Trump ordenara a la CIA que cooperara con su homólogo ruso en un tema como Siria, la dependencia podría plantear montones de objeciones, enviar únicamente mandos medios o compartir información de poca importancia.

Si Trump reanudara su ataque contra la valoración que estas dependencias hicieron sobre el hackeo de Rusia, podrían optar por filtrar más información a diarios y televisoras estadounidenses con el fin de debilitar los argumentos del presidente.

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Tal vez la forma más fácil en que una agencia de recopilación de inteligencia podría herir a un presidente es filtrar que, en cualquier crisis, se ignoraron sus advertencias. Como Trump tiene antecedentes de rechazar informes, esta acusación se creería fácilmente.

Un enfoque más abierto sería que los directores de las dependencias o el director de inteligencia nacional (DNI, por sus siglas en inglés) dieran discursos públicos en los que difirieran sutil o más descaradamente de la línea de la presidencia en temas controvertidos.

Podrían destacar la importancia de la OTAN y contradecir el desprecio del presidente por sus aliados, o advertir de las consecuencias de decisiones tales como abandonar la política de "Una sola China", la cual Trump ha cuestionado.

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Las autoridades de las agencias de inteligencia también pueden saltarse a la Casa Blanca y dirigirse directamente al Congreso. Los oficiales militares hicieron justo esto durante la guerra de Bosnia, en la presidencia de Clinton, al igual que lo hicieron los generales de Dwight E. Eisenhower en la década de 1950 con la intención de socavar sus reformas ambiciosas. La comunidad de los servicios de inteligencia tiene más de 1,000 reuniones al año con los legisladores y su personal, lo que les da muchas oportunidades para promover sus intereses.

Finalmente, el control de la información es un instrumento burocrático poderoso. Las dependencias podrían retener información para moldear la postura del presidente o, en vista de la locuacidad del presidente en Twitter, para prevenir filtraciones.

Un ejemplo de ello es el reporte sobre la tortura que la Comisión de Inteligencia del Senado estadounidense publicó en 2014, en el que se señaló que la "CIA proporcionó repetidamente información incompleta e imprecisa al personal de la Casa Blanca" para proteger su programa de tortura.

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Muchas de estas medidas representan una forma de rebelión menor que surge en cualquier administración. El presidente Obama sospechaba mucho de los intentos de los militares por orillarlo a aumentar la cantidad de soldados en Afganistán en 2010 y su asesor de Seguridad Nacional, Tom Donilon, dijo que las fuerzas armadas eran "insubordinadas" y que estaban "sublevadas". Pero es probable que esta dinámica sea particularmente marcada durante la presidencia de Trump dado su estilo agresivo y su conducta errática.

Aunque el presidente podría prevalecer en el caso de cualquier política, podría tener que despedir a altos funcionarios, lo que llamaría la atención sobre la disfunción y dificultaría que los republicanos respaldaran al presidente electo.

También deberíamos tomar en cuenta que las diferentes agencias de inteligencia probablemente reaccionen de forma diferente. En varios informes se indica que Trump cuenta con un gran apoyo en el FBI, por ejemplo.

Otros funcionarios del sector podrían ver con buenos ojos que pretenda presionar más a Irán e intensificar las acciones contra ISIS.

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Aunque es común que haya divisiones entre las agencias en temas como jurisdicción, análisis y políticas, las rivalidades políticas podrían impedir que se comparta la información y la cooperación, lo que tendría efectos adversos en la lucha contra el terrorismo y en otros ámbitos.

También se dice que el equipo de transición de Trump está analizando maneras de limitar el poder del DNI. Esto podría perturbar aún más la coordinación entre dependencias, misma que ha mejorado considerablemente en los 15 años que han pasado desde los ataques del 11-S.

También es probable que las críticas constantes del presidente hayan desmoralizado a muchos agentes y analistas de los servicios de inteligencia, lo que podría obstaculizar el reclutamiento, la retención y el desempeño del personal. Si la administración de Trump lleva a cabo una purga del personal que aparentemente es desleal, podría afectar profundamente las capacidades de Estados Unidos.

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Si la relación de Clinton con las fuerzas armadas mejoró con el tiempo, Trump también podría llegar a una relación cordial con sus espías.

Mientras se enfila hacia la presidencia, podría empezar a ver la cuestión del hackeo de Rusia como una amenaza política a su legitimidad cada vez más débil y por lo tanto tendría menos razones para dudar de las valoraciones oficiales.

Al igual que muchos líderes, también podría llegar a apreciar el valor de la información secreta y su valor para fincar políticas sólidas. Pero será difícil superar la atmósfera venenosa que ha reinado los pasados meses.

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