OPINIÓN. Protestas del Día de la Mujer: ¿Qué tal si Trump no es el problema?

Aunque es muy fácil culpar al patriarcado de que exista una sociedad que siga favoreciendo más a los hombres, una parte considerable de ese patriarcado está compuesto y fomentado por mujeres.
El impacto en la economía estadounidense sin un día sin mujeres
PEGGY DREXLER

Nota del editor: Peggy Drexler es autora del libro Our Fathers, Ourselves: Daughters, Fathers, and the Changing American Family and Raising Boys Without Men. Es profesora asistente de Psicología en la Facultad de Medicina Weill de la Universidad de Cornell y fue experta en género de la Universidad de Stanford. Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivas de la autora.

(CNN) — Esta semana, los organizadores de la Marcha de las Mujeres, en Washington, Estados Unidos, están llevando a cabo su siguiente acción respaldada; de hecho, se trata de un día de inacción.

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El "Día Sin Mujeres" es una huelga internacional que se lleva a cabo este 8 de marzo; un día de "manifestaciones de solidaridad económica" en el que las mujeres y sus aliados se abstienen de trabajar, ya sea con remuneración o no. También se comprometen a no comprar nada (a menos que sea de pequeñas empresas, propiedad de mujeres y de minorías) y de usar ropa roja como muestra de fuerza colectiva.

"El 8 de marzo será el comienzo de un nuevo movimiento feminista internacional que organiza la resistencia no solo ante Trump y sus políticas misóginas, sino contra las condiciones que produjeron a Trump, es decir, la desigualdad económica, la violencia sexual y racial y las guerras imperialistas en el extranjero, condiciones que han existido desde hace décadas", se lee en el sitio web de la huelga.

Pero ¿funcionará?

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Los movimientos activistas que han surgido a raíz de la elección de Trump como presidente de Estados Unidos han sido monumentales; muchas mujeres que nunca se habían considerado activistas (o siquiera privadas de ciertos derechos, si lo analizamos), se han movilizado.

Sin embargo, con la Marcha de las Mujeres, que se llevó a cabo en enero en Washington, se demostró que había millones de personas alrededor del mundo que se oponen a muchos de los mensajes inherentes a la victoria de Trump y a los primeros días de su presidencia.

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Ha habido otros movimientos de resistencia, menores pero no por ello menos significativos, entre ellos el del grupo 500 Women Scientists, que se fundó como reacción a la retórica anticiencia y antimujeres de Trump; también ha aumentado el apoyo a grupos que trabajan para lograr la elección de mujeres en cargos políticos, como EMILY's List y Elect Her.

Estos movimientos también sirven para exponer la clase de fisuras que permitieron que Trump ganara, para empezar. No lo hacen simplemente enfrentando a los partidarios y a los opositores de Trump, sino asumiendo que todas las mujeres tienen los mismos objetivos respecto a la igualdad y a cómo lograrla.

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La verdad (y el desafío al que se enfrentan los manifestantes y las mujeres) es que aunque es muy fácil culpar al patriarcado de que exista una sociedad que siga favoreciendo mucho más a los hombres, una parte considerable de ese patriarcado está compuesto y fomentado por mujeres.

¿Qué tal si Trump no es el problema, si el problema somos nosotras?

Piensen en esto: los movimientos por la igualdad de derechos no son novedad. Tres oleadas de feminismo han movilizado a las mujeres desde hace décadas. El hecho es que, sin importar si las mujeres sintieron los efectos o no, la discordia de género actual no comenzó con las elecciones y no termina allí.

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Las elecciones simplemente resaltaron lo que se había pasado por alto desde hace años: que aunque las mujeres han tenido ciertos logros en la búsqueda de la igualdad (como la cantidad creciente de directoras ejecutivas de empresas, de multimillonarias que ascendieron por sí solas, de mujeres que llegan a cargos que antes solo estaban al alcance de los hombres) y parece que su fuerza colectiva crece, hay una fuerza igual de poderosa que trabaja para derribarlas.

Y esa fuerza son las mujeres.

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En principio, pocas mujeres podrían oponerse razonablemente a los objetivos de la Huelga de Mujeres, que consisten en reconocer la importancia de las mujeres en la sociedad como trabajadoras, cuidadoras y participantes activas en el sistema económico, al tiempo que se reconoce que esas mismas mujeres viven desigualdades mayores que los hombres.

Les pagan menos y son más vulnerables a la discriminación, al acoso sexual y a la inseguridad laboral. Sin embargo, el feminismo moderno está desorganizado y es excluyente, a pesar de sus buenas intenciones. Muchas personas han empezado a señalar, en el contexto de la huelga, que dejar de trabajar es un lujo que no todos pueden darse.

"Esto me parece un poco elitista", escribió una seguidora en la publicación promocional de la Marcha de las Mujeres en Instagram. "¿Cómo es que incitar a las mujeres a no ir a trabajar ese día las empodera?", escribió otra. "Tengo un hijo con necesidades especiales y no puedo dejar de llevarlo a su terapia. Mi esposo no puede tomarse el día libre en el trabajo".

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Quienes responden a esas quejas dicen que el activismo no es práctico ni conveniente y que el cambio no llega a quienes se quedan sin hacer nada, deseando que las cosas cambien.

Pero para muchas personas, convocar a "la mujer" a la oficina o a otras actividades simplemente no es opción. Y esperar que queden fuera del movimiento si no participan es peligroso, porque esas personas que no pueden participar (o que sienten que no pueden) son las que más lo necesitan.

Una vez que sienten que el movimiento no las representa, serán las primeras en darle la espalda. Ahí es donde comienzan los juicios. Ya sea en la oficina, en el parque, en una fiesta o en un movimiento "solidario", a la gente le encanta juzgar… y dividir.

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Es inevitable que este miércoles 8 de marzo haya mujeres que atraviesen el piquete para ir a la oficina o para comprar un litro de leche en la tienda de la esquina, que está a cargo de un hombre. ¿Qué pasará entonces?

La indignación es importante, pero la sensibilización es lo que generará el cambio.

Claro que también existe la verdad más sombría que acecha detrás de los movimientos femeniles que Trump desencadenó: tal vez no funcionen porque muchas mujeres no quieren que funcionen. Se trata de mujeres que están ansiosas por demostrarles a las Sheryl Sandbergs del mundo que hacer más no significa hacerlo mejor; se trata de mujeres a las que probablemente no les molesta que sus esposos se encarguen de llevar el sustento a casa, de ascender en la vida o de enfrentar al mundo.

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Estas son las mujeres que votaron por Trump, convencidas que aportar algo no sirve de nada, o que al menos a ellas no les sirvió. Ahora, Estados Unidos tiene una administración que se está afianzando rápidamente como enemiga de las mujeres y que resultó electa en gran medida gracias a las mismas personas cuyo poder amenaza con destruir. Nosotros dejamos que eso pasara. ¿Cómo creemos entonces que podemos detenerlo?

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