OPINIÓN: Como ciudadanos de EU, ¿haremos a otros lo que queremos que nos hagan?

Los decretos de Trump no solo no ayudan a resolver los problemas de seguridad, sino que expanden las prioridades para la administración de justicia y socavan esfuerzos de corporaciones policiales.
Ante la incertidumbre por el decreto inmigratorio, ciudadanos realizaron el pasado 19 de febrero la marcha "I am muslim too" (También soy musulmán) en Times Square, Manhattan, Nueva York.
Apoyo  Ante la incertidumbre por el decreto inmigratorio, ciudadanos realizaron el pasado 19 de febrero la marcha "I am muslim too" (También soy musulmán) en Times Square, Manhattan, Nueva York.  (Foto: Reuters/Archivo)
Ali Noorani

Nota del editor: Ali Noorani es director ejecutivo del Foro Nacional de Inmigración de Estados Unidos, una organización en Washington que defiende el valor de los inmigrantes. También es autor del libro There Goes the Neighborhood: How Communities Overcome Prejudice and Meet the Challenge of American Immigration. Síguelo en Twitter como @anoorani. Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

(CNN) — Mis padres emigraron de Paquistán a Estados Unidos a principios de la década de 1970. Trabajaron duro, ahorraron y criaron una familia. Abrieron un exitoso consultorio de fisioterapia que atendía a todo el mundo: jornaleros, jugadores de las ligas menores de béisbol y personas con discapacidad.

Recuerdo a los pacientes que venían al consultorio y recuerdo que mi padre hacía visitas domiciliarias a quienes no podían salir de su cama. Pero lo que quedó bien grabado en mi mente es la pintura que daba la bienvenida a quien entrara al consultorio: La regla de oro, de Norman Rockwell.

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La diversidad de personas y religiones que Rockwell retrató, la introspección que exige la máxima "Haz a otros lo que quieras que te hagan a ti" dejó una honda huella. Fue un principio que los líderes de Estados Unidos de ese entonces estimaban mucho. De hecho, la primera dama Nancy Reagan obsequió el mosaico original restaurado a Naciones Unidas en 1985 en nombre de Estados Unidos.

Viajemos hacia adelante, a la actualidad. Tras casi dos meses en el cargo, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha emitido decretos inmigratorios en los que pide un muro en la frontera con México y la expansión masiva de los recursos destinados a las deportaciones.

Si no fuera por la orden de suspensión temporal que un juez federal de Hawai emitió el miércoles 15 de marzo, el decreto con el que el presidente prohibiría la entrada a Estados Unidos de las personas de seis países mayoritariamente musulmanes y congelaría el programa estadounidense de refugiados se habría implementado unas horas después.

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Con sus actos, Trump ha llevado a Estados Unidos al momento decisivo: como ciudadanos ¿le haremos a los demás lo que queremos que nos hagan? Nuestra respuesta significa mucho para nuestro futuro.

Con la suspensión temporal, el juez federal de distrito, Derrick Watson, reconoció que, a pesar de las modificaciones, la prohibición migratoria y a los refugiados seguiría siendo el primer paso hacia "el cierre total y completo para evitar que los musulmanes entren a Estados Unidos", llamado que Trump hizo el 7 de diciembre de 2015.

Un decreto basado en tales intenciones discriminadoras no solo es probablemente anticonstitucional, sino que da cierta impresión al mundo, socava nuestra seguridad nacional, desestabiliza nuestra economía y pone a nuestros soldados en riesgo.

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Richard Clarke, quien trabajó en el Consejo de Seguridad Nacional en las presidencias de Bush y Clinton, habló en febrero del decreto original desde la perspectiva de la seguridad nacional. "Con mucha frecuencia parece que los problemas (de seguridad) que tratan de abordar según su prioridad ni siquiera existen. Solamente creen que existen.

Siguen pensando que los mexicanos entran a raudales por la frontera cuando, de hecho, el tránsito va en sentido contrario. Creen que hay un problema con los refugiados de los siete países (prohibidos) que llegan a Estados Unidos y que ha habido ataques terroristas cuando nada de eso ha ocurrido".

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Si los vemos como un todo, los decretos de Trump no solo no ayudan en mucho para resolver los problemas de seguridad nacional, sino que expanden radicalmente las prioridades para la administración de justicia y socavan los esfuerzos de las corporaciones policiacas locales.

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Estas prioridades ahora abarcan no solamente a quienes hayan cumplido condenas por "cualquier delito" (ya sea menor o grave), sino también a las personas que simplemente cometieron actos que pueden desencadenar una acción judicial, lo cual es una afrenta al principio de "inocente hasta que se demuestre lo contrario".

Para hacerlo más simple, para el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos, el jardinero indocumentado tiene la misma prioridad que un delincuente violento indocumentado.

Hay una forma mejor de mantener a salvo al país: centrar los recursos de administración de justicia a nivel local y federal en las personas que representan una amenaza a la seguridad pública. Garantizar, a través de nuestros programas para refugiados (que exigen dos años de evaluaciones de seguridad intensas), que Estados Unidos siga siendo un faro de libertad para el mundo y despierte la confianza de aquellas personas de las que dependemos en países inestables y peligrosos.

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Actualmente, los inmigrantes temen llevar a sus hijos ciudadanos estadounidenses a la escuela; tienen miedo de ir a la iglesia, temen abrir la puerta de su casa. Firman documentos para asegurarse de que sus hijos tengan un hogar en caso de que los detengan.

Los refugiados viven en campamentos en todo el mundo preguntándose si la tierra de la libertad es para ellos. Son millones de inmigrantes indocumentados que trabajan y contribuyen en ciudades y pueblos de todo el país, miles de familias de refugiados que las iglesias evangélicas ayudaron a reubicar.

Todos conocemos a estas familias. En la iglesia, se sientan en una banca más allá; son los mejores amigos de nuestros hijos, son los vecinos que viven en la casita bien cuidada al final de la calle. Estas son las familias de inmigrantes y refugiados que la mayoría de los estadounidenses ha llegado a conocer. Estas son las familias a las que no podemos olvidar.

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Así que preguntémonos: ¿creemos en la regla de oro?

Conforme la opinión pública estadounidense se da cuenta de que esos vecinos, esos tenderos, esos jornaleros, estudiantes y amigos hoy viven con miedo al gobierno estadounidense, nos enfrentamos a esta pregunta con un propósito claro.

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La lección que mis padres inmigrantes me enseñaron no pasa desapercibida para la mayoría de los estadounidenses: debemos hacer a los demás lo que queremos que nos hagan.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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