OPINIÓN: El país necesita una disciplina fiscal libre del manejo político

Es necesario corregir el manejo de la política fiscal de tal forma de aislar las cuentas públicas de los vaivenes del ciclo económico y de la volatilidad de los ingresos petroleros.
Regla fiscal  La regla fiscal estructural debe determinar el ingreso público en base al crecimiento potencial de la economía.  (Foto: iStock)
Alfredo Coutiño

Nota del editor: Alfredo Coutiño es director para América Latina en Moody’s Analytics. Síguelo en su cuenta de Twitter @AlfredoCoutino. Las ideas expresadas en esta columna son exclusivas de su autor.

(Expansión) — En México la política fiscal, por su naturaleza, no sirve para determinar el crecimiento económico. Las finanzas públicas son un instrumento dependiente del crecimiento en lugar de ser un determinante. Esto se debe a su carácter procíclico. Es decir, no cumple su función de ser una herramienta para moderar las alzas y bajas del ciclo económico. Dada su prociclicalidad, es necesario dotarla de poder contracíclico.

Cada vez que la economía enfrenta un choque negativo, interno o externo, la política fiscal no solo no puede hacer mucho sino que incluso agrava la debilidad de la economía. Esto hace que, a diferencia de otras economías donde la política económica se flexibiliza para ayudarle a la economía, en México la política fiscal sea forzada a restringirse para evitar un desastre fiscal.

Así, cuando la economía se cae, la política fiscal debe apretarse en lugar de aflojarse, lo cual profundiza la caída. Asimismo, cuando la economía marcha muy bien, la política fiscal se expande a través de mayor gasto en lugar de generar ahorro, por lo que se presiona a la economía más allá de su capacidad productiva. Esta naturaleza procíclica en lugar de beneficiar a la economía, la perjudica en ambos casos. En el primero la debilita y en el segundo la sobrestimula.

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El problema de ello está en que la política fiscal se determina en función de un objetivo coyuntural de déficit público como proporción del producto (PIB), lo cual genera una completa dependencia de las cuentas fiscales con respecto al ciclo económico, o sea del crecimiento esperado de la economía. Por un lado, si la economía se desacelera o contrae, los ingresos públicos disminuyen, por lo que para mantener el objetivo de déficit se necesita recortar el gasto.

Por otro lado, si la economía reporta buen crecimiento, los ingresos aumentan y dado que el déficit está fijo entonces los gastos aumentan automáticamente. Bajo este esquema, nada obliga al gobierno a mantener el gasto y ahorrar los ingresos extras derivados de un mayor crecimiento, puesto que su compromiso es entregar un déficit público como el prestablecido y autorizado por el Congreso.

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Esta prociclicalidad fiscal es la que hace que la economía se agrave en tiempos de crisis y se sobreestimule en épocas de auge. Para romper con este círculo vicioso es necesario corregir el manejo de la política fiscal de tal forma de aislar las cuentas públicas de los vaivenes del ciclo económico y de la volatilidad de los ingresos petroleros.

Esta corrección se logra a través de una disciplina estructural en el ejercicio de la política de ingresos y del presupuesto federal. Dicha regla fiscal estructural determina el ingreso público en base al crecimiento potencial de la economía, en lugar del crecimiento esperado, y en base al precio estructural del petróleo y no aquel políticamente determinado por el Congreso. Enseguida, la regla determina el gasto público como una proporción fija de los ingresos estructurales.

Así, la regla estructural produce dos resultados positivos que hasta ahora han estado ausentes. Primero, cualquier ingreso extra derivado de un mayor crecimiento o mayor precio del petróleo, se canaliza a ahorro público. Segundo, independientemente de cual sea el crecimiento económico esperado u observado, el gasto público no cambia. Es decir, si la economía se cae, el gasto público no se recorta; pero también si la economía crece más, el presupuesto federal no aumenta.

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En general, la regla fiscal estructural produce superávits en épocas de auge económico y permite que dichos ahorros se utilicen en tiempos de crisis o bién que el gobierno obtenga deuda transitoria para compensar el gasto, con el firme candado de producir ahorros futuros para cancelar la deuda contraída.

De esta forma, la regla evita que en tiempos de crisis las finanzas públicas hagan caer más a la economía, pero también permite que la política fiscal funcione como verdadero instrumento estabilizador del presupuesto federal a través de un financiamiento sano, consistente, y sostenible en el largo plazo.

Por supuesto, la aplicación de la regla fiscal conlleva costos políticos porque afecta intereses y mete en disciplina a los gobiernos estatales, además de que evita la tradicional manipulación del precio del petróleo en el Congreso.

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Es por esto que la introducción de la regla fiscal enfrenta resistencias y solo puede ser llevada a cabo por un gobierno con fuerte compromiso y genuina reponsabilidad fiscal.

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