OPINIÓN: Una prensa que vencerá sola a Trump, el mito que creó Watergate

La idea de que los periodistas pueden enfrentarse solos al presidente de EU es una falacia peligrosa que da a muchos políticos una excusa para evadir sus responsabilidades.
Trump en la mira  Los periodistas han revelado información sobre cómo Trump supuestamente manejó mal información de inteligencia confidencial.  (Foto: AFP)
Julian Zelizer

Nota del editor: Julian Zelizer es profesor de Historia y Asuntos Públicos en la Universidad de Princeton, además de miembro numerario de New America. Escribió los libros Jimmy Carter y The Fierce Urgency of Now: Lyndon Johnson, Congress, and the Battle for the Great Society. También es conductor del podcast Politics & Polls. Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivas de su autor.

(CNN) — Como los escándalos del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, aumentan a ritmo veloz, está claro que los medios de comunicación tendrán una función vital en el desarrollo de este momento histórico. Tras los acontecimientos dramáticos ocurridos a mediados de mes, se está poniendo a prueba la fuerza de las instituciones democráticas estadounidenses.

Hay quien saca el tenebroso tema de la destitución, mientras que otros piden cautela. Esto es clave porque hay muchísimo en juego. La destitución de un presidente es el arma más potente del arsenal del Congreso. Solo debería usarse cuando no queda alternativa.

El Congreso debería intervenir pero está estancado; a falta de investigaciones independientes, los medios de comunicación se han vuelto el vehículo principal de la investigación.

Los periodistas han forzado el avance de esta historia revelando información sobre cómo Trump supuestamente manejó mal información de inteligencia confidencial y sobre el memorando de Comey en el que supuestamente se demuestra que Trump trató de poner fin a la investigación federal sobre el exasesor de seguridad nacional, Michael Flynn. La Casa Blanca niega estas acusaciones.

El problema es que la prensa no puede hacerlo sola. La noción de que una prensa agresiva puede asumir esta responsabilidad por su cuenta descansa en el mito de la prensa de la época del escándalo del Watergate, como lo llamó el sociólogo Michael Schudson. Según esta postura nostálgica, reporteros como Bob Woodward y Carl Bernstein hicieron caer por su cuenta a la presidencia corrupta de Nixon. Su disposición de ir a donde los líderes políticos del país no querían ir no fue la razón por la que terminó la larga pesadilla política estadounidense.

La verdad es que las instituciones gubernamentales fueron vitales para exponer los malos manejos de Nixon y para derribarlo. Como los historiadores han demostrado, la prensa hizo bien al trabajar dentro del contexto de las instituciones gubernamentales funcionales que también hicieron su parte.

Al mando del senador Sam Ervin, de Carolina del Norte, la Comisión Extraordinaria del Senado para las Actividades de la Campaña Presidencial llevó a cabo una investigación metódica que reveló que la presidencia de Nixon había abusado de su poder. El país supo que el presidente había grabado sus conversaciones, mismas que fueron la prueba definitiva que lo hizo caer. Independientemente de la comisión del Senado, republicanos como el diputado William Cohen, de Maine, y el senador Barry Goldwater, de Arizona, rompieron con su partido y se opusieron a un presidente que ya no era apto para el cargo.

De igual forma, los tribunales fueron cruciales. El juez John Sirica fue el motor que llevó a descubrir la historia detrás del allanamiento de las oficinas centrales del Comité Nacional Demócrata y a forzar el descubrimiento de las cintas, aun cuando la Casa Blanca hizo todo lo que pudo para impedirlo, incluso despedir al fiscal especial, Archibald Cox. Por decisión unánime, la Suprema Corte también entró en acción y falló que Nixon estaba obligado a entregarle las cintas al Congreso.

Finalmente, el FBI también hizo su parte con una investigación que sirvió para revelar los lazos entre los ladrones que entraron al Watergate y la Casa Blanca, razón por la que Nixon trató de detenerla.

Cuando las instituciones gubernamentales no han funcionado bien, hemos podido ver hasta dónde puede llegar la prensa. Cuando el fiscal independiente, Kenneth Starr, exageró en su diligencia y los republicanos intensamente partidistas de la Cámara de Representantes propusieron someter a juicio político a Bill Clinton sin haber hecho una investigación bipartidista seria sobre si se habían cometido delitos y faltas graves, la disfunción de la prensa se hizo patente.

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En una época de noticias las 24 horas, los reporteros, los editores y los productores estaban demasiado ansiosos por dar a conocer cualquier dato que surgiera, sin importar su precisión o importancia. En muchas ocasiones, la prensa permitió que los republicanos la usaran como mecanismo para hacer circular material obsceno que sacó el escándalo sexual de toda proporción. Ansiosos por ser los primeros en dar a conocer una noticia, los periodistas saltaban unos sobre otros para cubrir el escándalo sexual a costa de todos los demás temas.

Es cierto que el periodismo de la época del escándalo del Watergate sigue siendo el estándar máximo para la prensa, y así debería ser. Pero no podemos permitir que los recuerdos de ese momento glorioso del periodismo opaquen una realidad crucial: necesitamos que todas las instituciones gubernamentales funcionen en este momento crítico. Si el Congreso no organiza una investigación seria, y si los tribunales no sirven de contrapeso a un poder ejecutivo agresivo, el sistema fallará.

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La prensa tiene muchos problemas inherentes, entre ellos el partidismo y la información falsa, como para depender de que se encargue de la misión por sí sola. La cuestión es demasiado grave como para depender de una sola institución. Para empezar, el Congreso tiene que insistir en que el próximo director del FBI sea independiente; si designan a un fiscal especial, que no sea alguien que replique la conducta tendenciosa de Starr. Si el Congreso convoca una comisión, debe contar con las personas más íntegras.

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El buen periodismo depende de un gobierno sano aunque ese gobierno tenga partes podridas. La idea de que los periodistas pueden enfrentarse solos a Trump es una falacia peligrosa que da a muchos políticos una excusa para evadir sus responsabilidades.

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